domingo, 5 de febrero de 2017

La captura de un instante


El recinto antiguo, de largos pasillos deslustrados y tristes. Y se adentró en él, con los auriculares haciéndole saber que se podía vibrar entre las sombras. Hálito de vida, una voz profunda se expande en frases incisivas hacia el interior de su mente. Ahí donde se forman los significados. Paso acelerado, a ambos lados figuras humanas transitando o conversando. La luz ha decaído y se atisba la llegada de la noche temprana. Pasillos profundos. Girar, bajar escaleras. La mirada se detiene ante una mujer, cabello largo, gafas de bonita montura y falda sobre la rodilla que permite ver el dibujo de unas hermosas piernas bajo medias color carne. Ella le mira inquisitiva. Él se recoge sobre su caparazón. La levedad del instante en que dos figuras se cruzan en la vida mundana. Sigue él su camino, fantasea con la oportunidad perdida, elucubraciones sobre castillos de naipes: sus piernas eran bonitas. El instante en su memoria. El corazón le palpitó más aceleradamente por unos instantes que, llegado a su despacho, se sienta para inmortalizar a través de la palabra escrita. Teclea acelerado, buscando su esencia. Piensa en ella. Recuerda, recuerda… el instante fugaz de escasos minutos atrás. La página se llena, ha elegido no quitarse los auriculares: la música resuena. La obra se va cerrando sobre sí misma, parece que ha captado el alma de cierta forma personal de expresar arte. Se siente en plenitud, con el texto concluido. Nota que ella flota en el aura del despacho. Y se considera un maestro. 

domingo, 22 de enero de 2017

Vientos de esencia


Enredado entre vueltas y vueltas de ventoso torbellino, apariencias de lo sentimental sin cuajar en la nitidez de una mirada que haga todo el recorrido, al menos desde un inicio como un comienzo, hacia mi más íntima esencia. Quizá, un día, sentado en un café acompañado de una buena conversación que no tuvo comprometidas pretensiones de principio, lo estuviera empezando a hallar. Una figura femenina que, a través de sus palabras, preguntas y atenciones, vaya empezando a extraer eso que es más íntimo de ti. Un cabello que ansiar tocar con el remanso de la tarde alejado de su figura, la imagen de dos jóvenes acurrucados en una escena de la televisión prende tu atención. Procuras bailar bien el vals de la asimilación, no un paso precipitado en tu pensamiento, tampoco quedarte parado. En cualquier caso, esta vez, será ella quien te tome del brazo y marque el ritmo. Crees que vas saliendo del ventoso torbellino, vueltas y vueltas ahora en una sinfonía armónica, el viento en la música de sus instrumentos. Pausa, movimiento: cadencia. Camino, camino…

viernes, 6 de enero de 2017

De vidas y tormentas


Su vida llegó a la edad media de tiempos pretéritos, cuando no se alcanzaba la cuarentena. Tenía una tez blanquecina, los ojos se le achinaban cuando sonreía y llevaba el cabello negro en una melena revuelta. A su marido le conté mis secretos sobre el amor, que él encauzó dándoles luz. Una luz que ella temía y adoraba: gozaba de la invasión de un rayo matinal en su piel con lunares, y luego le invadía cierta incertidumbre. Ese recurrente temor. Me la encontraba, en las mañanas de aquella tormentosa juventud, dando atenciones a mis seres cercanos. Más allá de lo que un salario estipula, ella ofrecía cariño natural. Luego, llegó la tormenta esperada que se llevó una vida por los senderos del misterio ultraterreno. Aquella mujer de tez blanca, lunares y cabello negro, siguió participando de esa lejana etapa de nuestras vidas, cada vez más espaciadamente. La última vez que la vi, lucía un cabello corto a la luz de una esplendorosa tarde junto a la gran ventana de nuestra cocina. Luego, desapareció dejando tras de sí el rastro del misterio como única huella. Al cabo de un tiempo estimable, aquel que permite al ser querido asentar la asimilación del fuerte impacto, sonó el teléfono en la habitación contigua de nuestro hogar ya más chiquito y sin aquella hermosa cocina. Era su marido, que llamaba desde el sosiego para transmitir la pérdida del ser querido. Dos vidas se fueron, así, con sendas tormentas, pero su recuerdo se asentó en quienes les quisieron.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Premonición de la Navidad


Paseando por desiertas calles otoñales, haciéndose camino entre las hojas caídas, fue recomponiendo su alicaído estado de ánimo. Una leve punzada y ciertas expectativas le habían reconfortado ya un poco. Algo de reflexión serena y le vino a la mente la cercana Navidad. Perplejo porque la costumbre le llevaba habitualmente al decaimiento en tales fechas, esta vez su ánimo se iba agitando al pensar en las reuniones familiares con padres, hermanos y descendencia varia. Vibraciones de su atmósfera emocional: señales palpables o premoniciones dotadas de espiritualidad, el caso era que sentía ya esa morriña por la familia antaño arrinconada. Adiós, se decía, a pensar en su profesión de pensador del pensar de los demás durante un par de semanas; adiós a curar las penas del alma con la destreza de un bisturí que no permitiera agrietar con ellas la propia. Serían, sí, días de placer junto a la chimenea, escuchando a Mozart mientras tertuliaban con puros y cognac y la jarana de los chavales muy al fondo. Parecía que, esta vez sí, se acercaba de nuevo la Navidad. Tomó conciencia, las teclas de su corazón empezaron a resonar con ritmo vivo… seña de que la melodía del cariño se estaba afinando ya para tan señaladas fechas.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Una visita


Con la mente envuelta en tempranas telarañas, de valores y sueños, camino por la calle siguiendo una simple inercia. Dejándome llevar, soñando con un paraíso despejado. A lo lejos, veo nítidamente tu edificio, y sé que esa inercia ha sido fruto de un inconsciente que me ha llevado a las proximidades de tu existencia. De modo que me acerco más y más, con la certeza de que estarás en casa. Allí, en la penumbra, te veo oculta tras unas gafas de sol que te protegen de la muy escasa luz natural que logra colarse en el salón. Preguntabas “¿Quién es?”, con tu carácter decidido y algo de mala leche, y no pudiste dar un brinco cuando reconociste mi voz porque los huesos no te responden. Pero, ay, la alegría de tu voz.

Conversamos en torno a unas pastitas que había comprado en la panadería de abajo. La de siempre, la que te gusta por su sabor agradable y familiar. Te enseñé algún vídeo de tus nietas, ampliado para que pudieras discernir algo con tu herida mirada. Te dije “Ya en los noventa…”, y tú erre que erre, que no hubieras deseado llegar a esa edad, que no se te ha perdido nada en este nuevo mundo que ha tomado el relevo al tuyo, que tu vida ya pasó. Te confieso mis penas y tu mente todavía lúcida aclara mis neblinas interiores, en un intercambio de afectos que ha surcado nuestras existencias desde su primera confluencia, cuando tú me cogiste en brazos en el hospital porque mi padre no pudo asistir al parto.

Avanza la tarde, los dos empezamos a estar cansados y me pides que te coloque bien los cojines de la espalda en tu amplio sillón. Te doy un beso en la frente, me dices “Acércate, que no llego” y me correspondes con otro en mi mejilla. Cierro la puerta tras de mí, le echo el cerrojo y vuelvo a casa con los valores afirmados.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Hedonista


En su piso, decorado con delicados muebles, hermosura espera ignorando la palabra pecado. Está relajada, y se envía un guiño a través del espejo de la entrada cada vez que oye el timbre. Es un ritual. Aprendió temprano a luchar contracorriente, inteligente y placentera. Recuerda que, cuando despuntó su adolescencia, reconoció en sí el inicio de la senda hacia una mujer hermosa. Años de cuidados y experiencias, la condujeron por un camino que ya estaba en su mente. Vida placentera, dar y recibir. Y ahí se encuentra hoy día, ya ha llegado su nuevo cliente: se puede considerar una mujer de éxito, tarifas altas y servicio exclusivo. Sofisticada, celebra una vez más el juego, muestra sus pecas, acariciada en su cabello pelirrojo. Unos no la pueden ni ver, oscurantismo de una profesión a veces indigna; otros, la adoran hasta la irreflexión, algunos la aman en el sosiego. Pero ella vive ya, el esbozo del pensamiento adolescente convertido en la figura del hedonismo maduro.

domingo, 23 de octubre de 2016

Quisiera


Quisiera ser capaz de ver en unos ojos transparentes a mi mirada. Darles lo que no encontré, buscar en ellos lo que no tuve. Quisiera poder vivir. En estado compartido, confluir con su mano deslizando un dedo sobre una fotografía en la estantería. Formar un hogar, en el que poder tomar el sol durante los veranos a ras de hierba en el jardín, observando un ciruelo crecido. Mirar durante espacios sin tiempo a través de la ventana en espera de su llegada. Yo quisiera. Realizar los sueños del espíritu más abstracto, alzar mi pensamiento sobre los sentidos, volar a otros territorios con el tiempo de un ocio que gasta más imaginación que dinero. Alzo la mirada, hacia un cielo claro, y me digo: ansiedad por lo no alcanzado, confusión y ligera desesperación. Y, sin embargo, certeza de que ese momento llegará.