sábado, 14 de abril de 2018

Un banco junto al mar



La nostalgia me invadía sentado en el banco junto a la desembocadura del río el en el vasto mar. El cielo gris y mis recuerdos emergían, sin dar sosiego a la desmemoria. Los años transcurridos, el tiempo perdido. Anclado como había estado durante años a una experiencia que dejaría la profunda huella de un nuevo gesto en la expresión de mi cara. Una sonrisa antaño vivaz se tornó taciturna, una ceja arqueada con ironía perdió su brío. Joaquín fue hombre cultivado, gran amigo con quien compartir afinidades en desuso. Marga, su esposa, una muestra de agudeza para la percepción del mínimo detalle en las interioridades, fortalezas y flaquezas, de esta nuestra compleja condición masculina, que apenas nos es dada conocer.

En la armonía de una amistad profunda entró la marejada de aquella sutil feminidad, curiosa hasta el peligro con tal de asir la esencia de la vida. Y fue así que primero llegó su presencia atenta, luego la persuasión de sus palabras y, finalmente, el fulgor de sus labios y mi ansiedad por las formas de su cuerpo. El triángulo dejó al descubierto sus aristas y el brillo de la cómplice amistad viró en suspicacia e inseguridad. En un territorio dominado por una mujer que nos había conquistado a los dos, quienes la adorábamos en la soledad del teclado de nuestros escritorios. Con la única inspiración de un vínculo salvaje que nos arrastraba en su deriva hacia el mar al que iban a dar las aguas de aquel río que entonces me acercaba a contemplar entre suspiro y suspiro y hoy contemplo desde el invierno de mi vida, en un banco que ya empieza a humedecerse por una llovizna que amenaza con convertirse en tormenta. El cauce de una vida cuyas aguas se hundirán definitivamente, cualquier tarde, desde una habitación con vistas a este lugar en medio de un recuerdo marcado. La señal de que he vivido; la amistad, la pasión y su tormento.

viernes, 30 de marzo de 2018

Retrato



Una jornada particular. Tras compartir una bebida tonificante con los amigos de este ambiente formado por pintores taciturnos, arquitectos que enraízan su origen en el trabajo humilde de albañil y escritores entre seductores y místicos, me evado de la atmósfera de humo y alcohol para dirigirme a la soledad del lienzo. No busco que brote de ahí una naturaleza muerta, un retrato de sociedad o unos rasgos fieles a la realidad. Exploro pero en el fondo busco la esencia de mí mismo. Y así va plasmándose una figura ensoñada por la idealización de mi memoria que no es otro sino quien yo desearía ser en un futuro.

domingo, 11 de marzo de 2018

La voz de mi memoria



En la soledad de mi rinconcito, el lugar que me invita a soñar, huir de este mundo que me mira como a un extraño, para crear la arcadia del encuentro feliz, escucho de fondo una voz inconfundible. Es la del viejo amigo, que quedó atrás con los azares de la vida: traslados, cambios de ciclo y su nombre siempre en el recuerdo. Es su recuerdo el que me habla, la voz de mi memoria que le sabe en algún lugar, acompañado de su eterno cigarrillo mientras consume su vida torrencial en una dinámica de amores efímeros escogida por propia voluntad. El recuerdo es la biografía de un sendero, el que nos ha conducido por esta vida aún por transitar que, aunque probablemente nunca más dé lugar al encuentro con el pasado de montañas nevadas en días de esquí, deja por siempre su huella perenne, fruto de la semilla que generó la feliz, tortuosa y al cabo cómplice amistad juvenil. Alimento de la edad adulta.

sábado, 17 de febrero de 2018

Experiencia


En su juventud floreciente, Carlos elaboró grandes sueños en su mente. Lo hacía mientras charlaba con los amigos a  la salida de un trabajo mal remunerado y duro. Se sentaban en un banco del paseo marítimo y, agradeciendo la brisa que les hacía sentir un poco más vivos, aventuraban planes, compartían opiniones y buscaban, entre todos, el medio de salir del submundo en que vivían.

Carlos, sin embargo, maduró en aquel ambiente gris y falto de promesas. Cuando alcanzó la treintena, era ya un vagabundo que no había tenido ocasión de aprender a leer ni escribir. La única vía que tenía para desarrollar sus sueños era el instinto vital, que se traducía en movimiento, supervivencia al límite y la calidez de una hoguera en compañía de conflictivos desposeídos a los que, gracias a su instinto, era capaz de sacar un gesto de afecto: una sonrisa amable, un golpe ingenioso.

Cuando llegó a los cuarenta años, Carlos era ya un hombre viejo, con unas facciones muy arrugadas que dibujaban un marcado carácter. Fue entonces cuando, al recoger unos zapatos viejos que alguien decidió abandonar a un destino incierto en una papelera, le reconoció un viejo amigo de la juventud. Sorprendido de que le observaran tan detenidamente, tantos años habían pasado, su espíritu adormecido vio cómo se le presentaba el viejo amigo. Su voz y sus gestos hicieron el resto para que el desafortunado vagabundo supiera de qué le hablaban. El amigo había tenido más suerte en la vida. Le había sonreído la fortuna y tenía un bonito piso en propiedad, familia y un buen trabajo. Se lo llevó consigo, hizo que le atendieran los servicios sociales y la fuerza de la amistad que un día creyeron sueño del pasado les llevó a dar largos paseos por las tardes, lo que suponía un estímulo añadido para Carlos en sus esfuerzos por entrar en ese mundo del arraigo tan extraño para él.

Su amigo tenía cierta facilidad para escribir, y él nunca había dejado de soñar. Además, su característico instinto para vivir le había llevado en mil ocasiones a bajar su ingenio del mundo de la imaginación al de la más resolutiva vida real. Y fue así que él le iba narrando sus andanzas, mezcladas con algún sueño de gloria, a su entrañable amigo, que tomaba nota y luego encajaba las piezas elaborando un bello texto en casa.

Pasó el tiempo y la narración de las andanzas del Carlos llegó a su fin, su compañero articuló un libro completo con las mismas y ambos estaban felices; el uno porque había conseguido que el amigo se reinsertase en la sociedad, el otro por haberlo logrado. No sabían qué hacer con aquella historia, sin embargo. Finalmente, Carlos se vio circulando de biblioteca en biblioteca, colegios, centros cívicos y residencias de ancianos, trasladando a unos y a otros sus experiencias. Sus últimos años fueron felices, porque la comunicación de sus vivencias provocaba un agradecido afecto por parte de su auditorio. Y así, en su temprana vejez, llegó a ser una persona muy querida que, lastrada por una dura vida, murió tras respirar henchida por última vez y dibujar su última sonrisa.

sábado, 3 de febrero de 2018

Barcelona


Pienso en la ciudad que me ha ofrecido tantos amaneceres, tantas tardes de paseos en sus calles. He visto a turistas atiborrarse de sidra en Las Ramblas, otros embelesados por la impresión de ver las obras de Gaudí y aquellos que se adentraron en barrios cucos de la ciudad, procurando impregnarse de su ambiente. Tuve yo, también, tiempos de atracción por lo exótico en esta ciudad, producto de una visión primeriza. El paso del tiempo me invitó a ver que no sólo existía el mercado de La Boquería o el parque Güell, y que quizá se me hacía más interesante escuchar hablar a alguno de esos incesantes turistas en su idioma nativo, verlos con sus fisonomías, ropas y gestos distintivos. Me adentré en la lengua del lugar, procurando no caer en el error de catalanizar el castellano ni castellanizar el catalán y fui, así, conociendo a sus gentes, con sus diferentes hábitos. Los barrios más acomodados, los barrios humildes y aquel más cultural. Viví tiempos de armonía y tiempos de tensión. Y, dándome cuenta  de que ya ha transcurrido un buen puñado de años, creo que esta ciudad ofrece los mismos amaneceres, las mismas tardes a una persona que sigue paseando por sus calles con la mirada distraída o atenta, pero cuyos ojos ven ya desde dentro este lugar que no es tan bello como lo pintaron, ni tan oscuro como algunos lo vean hoy, pero que, indiscutiblemente, cobra su propia aura para quien logra palpitar con sus calles. Un lugar que fue desconocido, hoy me resulta conocido y del que mañana seguro me quedarán cosas por conocer.

domingo, 14 de enero de 2018

La realización


Desayuno con mermelada de ciruela. Voy saliendo del adormecimiento mientras mi paladar se deleita y los sueños se funden con la vigilia. Utopías del pasado maduradas en una noche de descanso se convierten en proyectos palpables. Así, donde ayer temblaba la supervivencia del alimento, hoy se crea el espacio para que una persona haga crecer su nido. Ella duerme, yo me voy acabando la tostada y el café, y noto como la temblorosa inseguridad de antaño se convierte en pulso firme. El pulso de quien se atrevió a idear, a madurar planes contra viento y marea y, por fin, tras mucho bregar en solitario, impulsado tan sólo por la fuerza del convencimiento y el calor del amor, bajó del carro de su obligado individualismo y se atrevió a tender su mano al prójimo para confiarle la brújula hacia el mapa de la tierra firme. Y es así como salgo de casa, enlazo ideas, se crean diálogos constructivos, lazos del progreso y vuelvo a casa con prendas de abrigo, comida y satisfacción.

Ella me da un beso y me pregunta por qué no cocino. Mis proyectos en marcha en este patriarcado que, paso a paso, va dejando de serlo, ella se sienta en mi despacho, crea espacio entre tantos papeles y empieza a plasmar su propio proyecto. Poco a poco, me veo dando de comer a la criatura que el impulso de mi determinación logró hacer viable. He bajado del mundo de los proyectos ideados y realizados a la tierra firme de la vida cotidiana, y ahora es mi amor quien se columpia entre fantasías de ensoñaciones emprendedoras mientras se le encienden los ojos de ilusión. Un día algo se mueve junto a mí en la cama y noto que es ella, que se ha despertado temprano. Sigo durmiendo y no la veré hasta la tarde, cuando me dirá que, esa mañana, la mermelada de fresa le ha sabido a capricho divino, que su ensoñaciones por fin han cuadrado, y se me muestra henchida, radiante y realizada por haber podido plasmar, ella también, sus un día utópicos proyectos en una realidad concreta, que amplía nuestro nido, da más sentido a nuestro hogar y nos colma de felicidad.

viernes, 29 de diciembre de 2017

La verdadera enseñanza


Un buen día, me enseñaron algo que nunca había descubierto por mí mismo. Ensimismado, llevaba tiempo reservándomelo todo para mí. Y fue un buen día, sin comerlo ni beberlo, aunque lo cierto es que estábamos compartiendo un café con su dulce. Sin comerlo ni beberlo, llegó la enseñanza con el estómago trabajando. Me pregunto si tantas teorías, si tantas reflexiones y análisis de los sentimientos tuvieron algún efecto más allá de otorgarme cierta predisposición al entendimiento. Porque lo cierto es que el reflejo de las enseñanzas librescas lo vi claramente en sus ojos, en sus gestos y en el discurso de su voz. En aquellos momentos, me di cuenta de que la verdadera enseñanza provenía de una mañana de invierno, de una cafetería en una mesa de dos, de su grata compañía y el arte de vivir.