sábado, 17 de septiembre de 2016

El ayer


Sentados ante una mesa del Café Oriental, ella me decía, con la mirada húmeda, que el ayer no tenía nada para mí. Y, sin embargo, el ayer… llamaba a mi puerta. Me giraba hacia atrás y lo veía allí, en forma de una mujer veinte años más joven, dos noches y ya, parecía, una cuerda firme que nos unía.

Por qué entró en el local con aquel desparpajo, sabiendo que desafiaba el castillo de mi pasado, la construcción de una vida más pretérita que un ayer que venía para convertirse en futuro, lo intuí en el corazón marchito de Anaís y sus lágrimas, y se me reveló finalmente al darme la vuelta y ver directamente sus ojos, aquella actitud de decidida espera, determinada y determinante: Juliette. Dejé atrás el castillo que construyó mi vida y me fui con la pluma que venía para escribir sobre mi cuerpo los episodios del futuro.

domingo, 28 de agosto de 2016

El sastre


El invierno llegó. Recordaba el sastre que aquella mujer de porcelana jugaba con un cigarrillo mentolado en la comisura de los labios. Llevaba años perdido en la sensación de deriva desde que llegara a la ciudad y entrara a trabajar en la sastrería. Se decía que algún día crearía su propio negocio: era conocida su destreza para adornar el cuerpo femenino. Y, acostumbrado a ver mujeres de mundo, elegantes y cuidadas, a quienes tomaba medidas con seguridad, se mostró sorprendido ante aquella dama. Amaneció entre ellos una sincronía a primera vista, en lo que parecía un encuentro largamente esperado. Sintió Guillermo que volvía a tocar el suelo con los pies, y, de repente, el impulso le llevó a sentir su cabello entre las manos. Nunca se había atrevido a cruzar la frontera del deseo con sus clientas, y sin embargo.

 Embargado de pasión, fue quitando las piezas del vestido de su cuerpo, acariciando las formas de su piel suave. Pensó, viéndola como vino al mundo, tras el arrebato de la pasión y con una copa de champán, que la carne morena que daba forma a su cuerpo, de constituidas caderas y proporcionado pecho, descubría la verdadera belleza que sugerían los vestidos que, habitualmente, cubrían cuerpos de clientas que, como ella, algún día encontraron la  suerte del deseo. Poco después, se dijo, creó una sastrería propia, a la que acudían mujeres sabiendo que no ofrecía ni abrigos de piel, ni largas bufandas. Quizá sí algún guante ligero, pero, sobre todo, aquel tipo de vestido, quizá para una ocasión señalada, que invitaba a una vida efímera, desaparecer para reivindicar la conquista de la esencial belleza femenina.

sábado, 13 de agosto de 2016

Pequeña odisea


Adormecido por una noche de cavilaciones incesantes, veo con cierta desesperación la llegada del amanecer. Me pesa la mochila de un día que no hace más que empezar, víctima del cansancio, el pesimismo y una excesiva carga laboral. Derramo los cereales sobre la mesa de la cocina, casi resbalo en la ducha y salgo a la calle con calcetines desparejos.

Me demoro un poco: he pensado que sería buena idea tomar un café bien cargado, aunque no sea santo de mi devoción. Entro en la cafetería y mi mirada se emborrona ante los pechos de la camarera: no hay una nítida percepción de lo que podría haber sido una sugestión matinal.

Salgo hacia el metro, pero el café parece que, o no ha hecho aún efecto, o no ha sido suficiente para despertar mis alertas: me subo en dirección contraria. Tardo un par de paradas en darme cuenta del desliz, pero el repente que me provoca caer en la cuenta me envía de un salto al andén. Finalmente, llego al hospital, donde me espera un paciente y el equipo de ayudantes. En el quirófano, noto un coro de voces hablando al capitán de un barco a la deriva y, finalmente, cuando voy a hacer la primera incisión con el bisturí, me desmayo. Estaba anunciado, dicen algunos en los rumores de pasillos. Volverá a ejercer, dicen otros, más afectivos.

Lo cierto es que no me doy cuenta ya de lo que pasa, mi vida transcurre entre un susurro de voces que se acercan y se alejan, algunas familiares. Un día, abro los ojos. Veo a una mujer con una bata blanca mirándome atentamente y tratando de comunicarse conmigo. Balbuceo, sonríe. Poco a poco, voy recuperando el tono: mi conciencia va volviendo a ubicarse con el tiempo, alcanzo a hablar con naturalidad y, por fin, me dan el alta en el hospital. Ese día es especial: paseo con mi compañera, cenamos con cava y hacemos el amor. La vida gira y gira, y no se detiene mientras siga dando vueltas, pienso antes de revolverme en la cama y caer en un plácido sueño.

sábado, 23 de julio de 2016

Volver a vivir


Navego cruzando las neblinas que surcan el contorno de mis pensamientos en busca de una orilla tranquila y poco rumorosa, donde poder apearme de esta barca que ha dado cobijo a mis noches de huida; una orilla donde poder empezar a reencontrarme. Atravesar la arena siguiendo un norte, con la esperanza de crear un hogar siquiera sea provisional, vencido el enemigo.

La neblina empieza a desdibujarse de repente, alcanzo a vislumbrar lejanamente esa orilla y el instinto se pone a la altura de mis esperanzas: los temores van desapareciendo, las energías vuelven a dar cuerda a la iniciativa. Siento que pongo el primer pie en tierra: noto alejarse una prolongada zozobra. Tanto se asemeja lo que dejo atrás a lo que vencí: amor, guerra… ¡y algún fruto de este árbol ya maduro!... sigo aquel norte. Una conclusión inmediata, sobrevivir.

Hago camino y mis pensamientos van dibujando el mapa de la personalidad que se rehace, resurge el espíritu protector de este árbol ya maduro, hacia los frutos de su esencia, suturar las costuras del sentimiento propio, para que germine desde una nueva tierra. Sentir de nuevo el hálito de la existencia: volver a vivir.

sábado, 9 de julio de 2016

Un tipo circunspecto


Un hombre, bastante entrado en kilos, de mediana estatura, permanece quieto en la puerta de una pastelería. Sus compañeros han accedido en busca de algo que endulce su tarde. Si tuviera ojos en la espalda, pues no les da la cara, les vería riendo y charlando: demorándose en un momento feliz. Él parece imperturbable.

 Al rato, uno de los compañeros, femenina charlatana, sale en su compañía y empieza a hacerle algún que otro comentario. Él, responde educado pero escueto, volviendo a su silencio. Quizá ella se pregunte qué pasa por la mente de este hombretón, o crea que le falta un hervor. Lo cierto es que, tras unas intentonas, se le acaban los recursos y desiste: vuelve, ella sí, su mirada hacia el interior de la pastelería, entreteniéndose en los enredos de sus compañeros y, cuando finalmente le va a avisar  de que ya salen, este ha desaparecido. Alza ella la mirada para observar con panorámica y lo detecta, de extrañado sopetón, hablando con un repartidor que se ha detenido a la salida de unos ultramarinos: escruta ella, en busca de averiguar qué clase de cosas pueden alterar el hierático estado del caballerote, y ve que se ha acercado para indicarle, simplemente, que  le ha caído la bandolera al suelo. Hace gala de una humildad que sí le conocían, al menos.

Finalmente, se reencuentran todos los compañeros: los unos con su plática y su pastel, la otra con sus interrogantes y, el último, con una mirada que habla de profundas respuestas y renuncias mundanales: es un tipo circunspecto, qué duda cabe.

jueves, 30 de junio de 2016

El río y el mito


En el paraíso del artificio, promesas de placeres abundantes. La atmósfera llama al banquete con cantos que agotan la cartera. El río fluye, el tiempo transcurre, y el ser empieza a darse cuenta de que no ha sido. Que sus vestiduras son de plástico, que la piel desnuda ante un espejo es algo que apenas retuvo la memoria de su sinceridad. Fluye y fluye el río y se percata de que el agua cristalina y rumorosa, que invade sus sentidos cuando se acerca, no es más que la pista de vida franca. Se sumerge en él con decisión, sus ojos cerrados tienen el interno despertar del frescor. Los pequeños baños de respiración pura… sale a flote… de la historia de su pasado vuelven al presente como si el río que fluye fuera hacia un eterno retorno, empezando a creer de nuevo en el mito de la vida propia, ensoñada y envuelta antaño como en un regalo hecho por manos muy ajenas.

martes, 14 de junio de 2016

Juegos del pensamiento


Días de tranquila soledad, vasos de agua que refresquen tras un paseo urbano acalorado. Fuera del país de las maravillas, en cualquier caso, quizá en la villa de una cierta alegría. La villa catalana que, aún misteriosa para mí… quizá sean los años transcurridos, que me hacen tener el corazón dividido entre las tierras que me dieron raíces, familiar de esta ciudad que va dando identidad a mi interior, yo sedimentado por territorios del pasado. La imaginación se lanza al recuerdo de los frutos del sentimiento. Y uno sabe que existe el amor, la amistad, el compañerismo, la tristeza o el tormento.


Una lanza de hierro candente siembra nuevos espacios de madurez en el mapa interno. Imagina uno, alguien diría que la ve, una piel blanca, sutilmente arropada en tonos azul, con un corazón de plata que sueña convertirse en dorado. Voz difusa en la incertidumbre de la imaginación, sonrisa feliz y ojos marinos. Imaginación de personalidades no descubiertas, mesura de la fantasía, esperanza, enigmas de rosa en esta villa catalana. Juego a pensar en un paseo montañés o una conversación que desvele el brotar de la empatía. Luego, vuelvo a mi concreto espacio en este hogar, que se ha ido formando a través de los recuerdos constituidos como formas concretas. Seguramente, mi espíritu haya tomado un tono humilde y refleje un corazón plateado que aspira a ser dorado.