martes, 14 de abril de 2015

Las sombras de mi conciencia


Las sombras de mi conciencia son el hastío de la dedicación a lo ajeno. Antaño cercano, ojos que me dieron vida, hoy cuido de los lazos marchitos. Mientras otros delegan. Con la pequeña luz que da el plafón de mi dormitorio, me fijo en el jarrón vacío sobre la mesa. Ese jarrón en que, en otro tiempo, me sentí ramo. Y hoy, azares de una masculinidad incapaz de arriesgar al esfuerzo compartido de lo menor, más ocupado en televisiones y viajes, viviendo en un limbo que elude la conciencia, sin darse cuenta, claro, que con ello provoca una sombra en la mía. Hace tiempo que vacié del jarrón la última flor marchita, y, hastiada, emití un grito interior de rabia y rebeldía.


Un buen día me pongo la vida por montera, y encuentro una cierta alegría. Tomo las riendas de mis amores, pero caigo en desamores. Lanzada, quizá en busca de un nuevo hálito, me guía el impulso, la ensoñación y la fuerza del orgullo y la rabia. Esquivé sus besos en busca de una consolidación emocional, y cuando yo deseé los suyos él había caído de mi femenino elixir ¿Qué camino tomar? ¿Renuncia? ¿Vuelta al principio en busca de un semblante que me diera suerte diferente? Los lazos que creí sonrosados pedían una afinidad azulada, y yo no supe, por entonces, si sería lo mío la amistad con eso que el escarmiento llama el hombre y la vida a veces da nombre sexualidad divergente. De modo que puse a la masculinidad que conformaba mi habitual convivir a darse un chute de compromiso doméstico, salí en busca de unas flores con que llenar mi jarrón y me adormecí con la pequeña luz del plafón con la ilusión de que, quizá, la noche me diera el sueño de la paradoja que disipara las sombras de mi conciencia.

La esencia de ser mujer


A ritmo de jazz, la mente bamboleándose. Un pajarillo sobre el árbol verdecido por la primavera en mi ventana luminosa. En la soledad del presente, asaltada por el recuerdo cercano, me debato entre la pulsión cercana y una nueva ilusión. El rato que me deja libre la cocina, el trabajo de mollera y un necesario descanso, lo empleo en mesarme el cabello, hacerme las uñas y regalarme la vista de mi cuerpo ante un bonito vestido de escote pronunciado. Y, mirándome al espejo, me sé hermosa, afianzada entre la pulsión cercana  y una nueva ilusión. Mario entra, cigarrillo en el labio, invadiendo una intimidad que se suponía compartida. El amor hecho por el roce y el cariño, dicen. Yo le miro atenta, su cuerpo musculado deja ver la longitud del brazo y el cuello de su camiseta invita a recordar, con el final de su cuello, el inicio de su pecho. Se me acelera el corazón, hoy más salvaje que sentimental; la noción del tiempo desaparece, su cuerpo, sus caricias, mi excitación irrefrenada. Sin culpa ni perdón, cuando hemos acabado, tranquila, sé que quizá he perdido la oportunidad de esa nueva ilusión. Instinto animal, pasión terrena. Y, con la pausa de un paseo con brisa tranquila por la avenida que ladea la plaza en la que se observa, cuca ella, la luna llena entre edificios reseñables, me lo cruzo y atraviesa mi corazón con una mirada que descubre la historia de mi atardecer y, más allá, me otorga la esencia de ser mujer.

jueves, 2 de abril de 2015

Artista y aventurero


Descubrió cuando tuvo uso de conciencia que la vida social sería un extraño desafío en su vida. Nació con una inteligencia privilegiada y un cuerpo desafortunado. Además, no tenía facultades para el habla y el oído. Aprendió a adaptarse a la silla de ruedas, pero no a tener expectativas conformistas ante la vida. Descubrió, leyendo los labios de sus conciudadanos, los primeros detalles de las intimidades de esta vida que le fueron soslayados por derecho de nacimiento. No podía conversar, hacer el amor o viajar. Eso decían, y ello le provocó más de una lágrima superada por una ilusión tenaz, desafiante ante el vacío de la realidad. Fue cogiendo el gusto a las conversaciones mudas que percibía de su entorno, y empezó a fabular para sí en noches de vigilia. Aparecía ante él una bella mujer que lo abordaba con gestos delicados, imaginaba plácidas sobremesas conversando con ella y viajes a mundos exóticos. Paulatinamente, el mundo de la noche, se fue convirtiendo en su realidad. Con el paso de los años, cuando ya peinaba canas y estaba hecho a esa su realidad, los avances de la ciencia le dieron la facultad de caminar y el poder de conversar. Entonces, viajó por los barrios de su hermosa ciudad, que tan conocidos como eran en la extraña memoria que había configurado su recuerdo, le chocaban de tan diferentes que eran en la nueva realidad que empezaba a palpar. Creyó que tendría que aprender a amar, pero aquello le vino de forma natural; y se adaptó con tanta voracidad a su nueva condición, eso que él, irónicamente, llamaba su nueva vida tridimensional, que se convirtió en un hombre viajado, amigable y feliz. Cuando se hizo viejo, y su cuerpo empezó a dejar de responder, le dio por recordar sus andanzas de antaño y, cuando se aburría de recordarlas, las convertía en una memoria nueva gracias a la vieja experiencia de quien había tenido que inventarse una vida. Se decía a sí mismo que había sido artista y aventurero, porque primero supo fabular y luego vivir, y finalmente se había convertido en un viejo sabio a quien un día llegó el final de su  vida durante el sueño tranquilo.

jueves, 19 de marzo de 2015

La chica de la cresta


La estrecha calle que daba la espalda al mercado municipal tenía recovecos. A la salida del trabajo, el gandul frutero, fortachón y bien plantado a sus treinta y dos años, se reunía cotidianamente con una joven que atraía las miradas por su cresta rubia rodeada de una cabeza rapada teñida de verde. Mujer alta, con formas y pantalón de cuero que desafiaba al viandante. Se solían coger de la mano, echarse unas risas y dar unas zancadas hasta uno de esos recovecos en que se besaban apasionadamente y, si ocasionalmente les caía la noche, se atrevían a algo más. Lo que más morbo daba a aquel pillo de la pasión de su chica no eran sus ojos en trance, ni el trasero, ni los pechos que tanto invitaban a jugar. Era el aro que colgaba de su labio superior y daba a los besos de aquella fiera encrespada un sabor metálico que le recordaba a la infancia junto a su padre en la herrería.


Era una muchacha inteligente, que daba tumbos entre los libros académicos, siempre logrando dar un paso adelante en su formación dejando que en ese recorrido sobresaliera la medalla de un nuevo episodio vital experimentado con intensidad. Sin embargo, un buen día ella le lanzó el gran desaire, y él quiso ser más orgulloso que conciliador. El resultado fue que la joven encrespada salió de la vida del esbelto frutero. Durante años, tuvo aquel hombre un recuerdo recurrente, a veces nostálgico, de la época de a dos. Con la edad, cuando caía en tal estado solía acabar por preguntarse qué habría sido de ella. El tiempo había hecho de él un padre sin más sueños que los del sustento, y la memoria que trazaba su recuerdo, convertida ya en una brumosa fantasía a base de su recurrencia, la imaginaba viviendo a cien en mundos alternativos. Sin embargo, un día cogido de la mano de su hijo y presa del febril celo con que lo solía observar su posesiva esposa, la vio por la calle, vestida con una chaqueta y falda, camisa azul y pañuelo. No la reconoció en un primer momento: venía caminando escondida tras unas gafas de sol en alegre conversación con un dandy. Pero ella, su amor, su deseo metálico, se paró a su altura, con un gesto de la mano se retiró las gafas negras y le miró directa y punzante… para luego calárselas de nuevo y seguir su marcha en un desaire que todavía mostraba el orgullo ante la vieja rencilla. 

viernes, 6 de marzo de 2015

El príncipe y la rosa


Unos ojos inconformes con el amor, quizá algo rebeldes, buscan día y noche, a través de calles, mercados, colas de cine y pubs con cierta aureola, un gesto, una palabra atrevida que les apunte certera. Buscan la frescura entre fértiles y lozanos cuerpos jóvenes, y sienten atracción por la madurez sedimentada de una inteligencia elaborada en rostros más transitados.

Percibe, el individuo que luce esa inconforme mirada, como una posibilidad de la madurez lúcida tras los desengaños de la fantasía prometida, que puede caer en la tentación de hacer suyo el lema de que en la variedad está el gusto. Cuando ve una sombra que le atrae hacia la realización de la ingenua pureza añorada y, creyó, perdida, su atención despierta a esa promesa de ternura, equilibrio, afecto y lazo. Camina, por un sendero con múltiples ramificaciones, buscando la senda oscura que le llame hacia esos significados dispersos aún: el libro de tu interior leído por ella. Porque sobre el papel acabará cayendo la lluvia, y quedará en papel mojado: más vale que se humedezca por lágrimas de amor que desdibujen las letras escritas con dedicación dejando que, ese sentimiento de tristeza o exaltada alegría ajena por nuestra voz tintada, penetre en nuestro interior.


Por un feliz encuentro con esa flor.

sábado, 21 de febrero de 2015

La Plaza de la Paloma


En la Plaza de la Paloma vieron como el atardecer tranquilo desde una terraza con estufas daba paso a la feliz noche de sábado, entre amigos sonrientes y amantes de mirada lasciva. Esta plaza tuvo como nombre hasta hace relativamente poco el de Plaza del Doctor Bosquejo, en honor al médico que dedicó su vida a cuidar de tuberculosos en la ciudad. Un día, hablando Margarita en esta misma terraza con algunos de estos mismos amigos pero con otro amante, mientras se refería a la tuberculosis contraída por el escritor praguense Franz Kafka, vio una paloma posarse en el suelo ajardinado junto al sauce que braceaba siguiendo la ligera brisa y fue abordada por un hombre toxicómano. El individuo se mostró humilde, honesto y amable, y ella no supo qué leches estaba haciendo, de repente, hablando con el falso infierno cuando instantes antes estaba loando a un profeta de las letras. No salió de su estupefacción porque el toxicómano no salía de su conversación gentil, como si aquello fuera lo único que deseara: empatía con el otro, la natural charla callejera a que tan acostumbrados nos tenía nuestra infancia. Ella empezó a sentirse cómoda, el hombre se animó y el grupo que había sentado a la mesa reaccionó felizmente extrañado al dejarle un sitio a aquel macarrilla de porte clásico. No en vano, habían pasado años de solidaridad aparente, que si un saludo o un favor a alguien cercano; pero nada tan genuino, tan real, como que un grupo de gente con formación superior dejase a un lado su pedantería y volviese a tocar el suelo con los pies. Y qué reales se sintieron por fin, ante un despertar a la cercanía y el cobijo fraternal. Supieron que aquel hombre salía de un centro de rehabilitación que habían abierto en el edificio más alto de los que abrazaban la plaza, aquel que, en sus años de estudiante, Margarita viera bajo el rótulo de Tejidos Pérez. El recién llegado era un individuo de mediana estatura, cabello albino y vestía camisa blanca y prendas vaqueras, y llegada cierta confianza con las copas del anochecer para unos y el vasito de agua para el albino, ella sintió una contradicción entre el pudor y la atracción. Las miradas del caballero eran elocuentes en su brillo y la virgen silente que pronto dejaría de serlo camuflaba su sonrojo. Un día al atardecer, llegó un hombre de la mano de una paloma posada en la hierba bajo un sauce. Ella diría que fue el milagro que debía hacerla entrar en la vida, y bautizó el lugar… como Plaza de la Paloma.

domingo, 15 de febrero de 2015

La vida efímera


Una luz tímida se proyectaba sobre el horizonte de mi mirada cuando salí del parking. Aceleré un poco y me incorporé al tránsito. Mientras circulaba, mi mente procuraba atender a la tertulia radiofónica y mi mano izquierda tamborileaba un poco por la prisa apoyada sobre el volante. El niño, en la parte trasera del coche, permanecía quieto, probablemente aburrido porque su padre se lo llevara a un rollo de adultos y esperando pasar el trámite para zamparse una buena hamburguesa con queso y cebolla. Pijillo él, más de una vez había protestado ante su padre porque estaba harto de hamburguesas de tres al cuarto, con sus amiguetes.

Una vez bajamos del coche, hice una foto al número de plaza en que lo había aparcado y salimos del parking con paso presuroso. El niño resoplaba y yo andaba pensando que ya estábamos jodidos porque no llegaría a tiempo de recibir al personaje. Nos adentramos en el restaurante atestado y mi hijo cogió al vuelo un refresco de cola de la bandeja de un camarero. Seguimos abriéndonos camino y encontramos al dueño de la clínica. Respiré un poco aliviado. Junto a él, estaba el traductor. El fotógrafo iba tomando instantáneas a la vez que las botellas de agua eran dispuestas sobre la mesa destinada a la presentación. Perdí de vista a mi hijo, pero andaba yo más preocupado en otros avatares, quizá víctima de mi adulta inmadurez. Por fin, vi llegar al ilustre médico francés, con su bufanda de color marrón claro, estatura media, abundante cabello canoso y aspecto de seductor. Se hizo la luz en mis ojos: pese a todo, había llegado con tiempo. Me puse un poco nervioso al ver acercarse la hora de saludarle, no en vano iba a ser la primera impresión tras un par de conversaciones con su secretaria y las pistas que me dieran algunos de sus ayudantes. Dijo unas palabras jocosas y sonreí estridentemente, luego nos presentó el director de la clínica y, tras unos minutos hablando del tiempo en Ávila en comparación con París, le solicitaron para firmar unos ejemplares de su último libro. Con el jefazo en la cara, estuve sumamente solícito y me saqué mil anécdotas de la chistera. Finalmente, nos interrumpieron para indicarnos que la presentación iba a comenzar, de modo que tomé asiento junto al célebre médico y la traductora, y disparé mi primera pregunta.


Estaba yo risueño y, alegre por la receptividad de tan egregio médico, a veces soltaba una ironía que me hacía mear fuera del tiesto ante el público. Fui tomando confianza y me enrollé a hacerle preguntas y preguntas. Llegó una en que afloró por fin la efigie borde de nuestro docto francés. Se limitó a ignorar mi pregunta, vacío ante el cual me vi obligado a hacer hincapié en la misma. Respondió con un seco “no es relevante” y puso una mirada entre contempativa y burlonamente angelical hacia las nubes. En aquel momento, recurrí de nuevo a mi risa estúpida y procuré encontrar una mirada comprensiva entre el público. Allí estaba mi hijo, haciendo mohines en los que creí ver que, a su tierna edad, quisiera que la tierra le tragase. Afortunadamente, pasó el incómodo momento con una oportuna intervención de la traductora apaciguando los ánimos. Hice un par de preguntas más pese a que ya me había excedido del tiempo fijado a tal efecto, y a la tercera irrumpió el entrevistado con su tono de voz grave y gesto serio para cortar en seco de nuevo el clima de esperanzada diplomacia y espetarme que ya era momento de pasar al turno de preguntas del público. Me sonrojé. Tras una semana de preparación de la entrevista y años de devoción hacia aquel genio, me hallaba en un momento que debiera haber sido exultante para mí con la mirada condenatoria del dueño de la clínica en primera fila, a mi izquierda la traductora con cara de no querer estar en mi pellejo y, entre el público carraspeante, a un niño que se tapaba la cara ante el ridículo desarraigo que le producía, ya, la relación con su padre. El turno del público hizo que el temporal de mis convulsiones amainase, con seguidores que le adulaban a base de sencillas preguntas complacientes. Entraban ya en la última de ellas, tuve el coraje de mirar directamente al docto francés y pude ver, tras la figura del superhombre adorado, reflejada la de un grotesco individuo al que apenas conocía. Concluyó el acto, recogí al chaval, que se avino a seguirme con el único motivo de su gastronómica recompensa y me puse a reflexionar sobre la imagen que tenía de mí aquel niño que debiera haber sido más adorado y seguramente me tomaba por un ser muy semejante al esperpéntico entrevistado. Llevarlo a un restaurante era la forma de tenerlo entretenido y que no agobiara demasiado, solía hacerse un silencio cuando mi hijo se ponía a comer en nuestras salidas. Aquel día, recuerdo, me sentí reflejado y, por fin, lo sorprendí con las historias de un padre que empieza a ver que la vida puede ser efímera y su mapa futuro estar en la que ha sembrado: el crío, que por primera vez en una eternidad, y tras una grande y grata sorpresa, me sonrió iluminado.