viernes, 6 de enero de 2017

De vidas y tormentas


Su vida llegó a la edad media de tiempos pretéritos, cuando no se alcanzaba la cuarentena. Tenía una tez blanquecina, los ojos se le achinaban cuando sonreía y llevaba el cabello negro en una melena revuelta. A su marido le conté mis secretos sobre el amor, que él encauzó dándoles luz. Una luz que ella temía y adoraba: gozaba de la invasión de un rayo matinal en su piel con lunares, y luego le invadía cierta incertidumbre. Ese recurrente temor. Me la encontraba, en las mañanas de aquella tormentosa juventud, dando atenciones a mis seres cercanos. Más allá de lo que un salario estipula, ella ofrecía cariño natural. Luego, llegó la tormenta esperada que se llevó una vida por los senderos del misterio ultraterreno. Aquella mujer de tez blanca, lunares y cabello negro, siguió participando de esa lejana etapa de nuestras vidas, cada vez más espaciadamente. La última vez que la vi, lucía un cabello corto a la luz de una esplendorosa tarde junto a la gran ventana de nuestra cocina. Luego, desapareció dejando tras de sí el rastro del misterio como única huella. Al cabo de un tiempo estimable, aquel que permite al ser querido asentar la asimilación del fuerte impacto, sonó el teléfono en la habitación contigua de nuestro hogar ya más chiquito y sin aquella hermosa cocina. Era su marido, que llamaba desde el sosiego para transmitir la pérdida del ser querido. Dos vidas se fueron, así, con sendas tormentas, pero su recuerdo se asentó en quienes les quisieron.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Premonición de la Navidad


Paseando por desiertas calles otoñales, haciéndose camino entre las hojas caídas, fue recomponiendo su alicaído estado de ánimo. Una leve punzada y ciertas expectativas le habían reconfortado ya un poco. Algo de reflexión serena y le vino a la mente la cercana Navidad. Perplejo porque la costumbre le llevaba habitualmente al decaimiento en tales fechas, esta vez su ánimo se iba agitando al pensar en las reuniones familiares con padres, hermanos y descendencia varia. Vibraciones de su atmósfera emocional: señales palpables o premoniciones dotadas de espiritualidad, el caso era que sentía ya esa morriña por la familia antaño arrinconada. Adiós, se decía, a pensar en su profesión de pensador del pensar de los demás durante un par de semanas; adiós a curar las penas del alma con la destreza de un bisturí que no permitiera agrietar con ellas la propia. Serían, sí, días de placer junto a la chimenea, escuchando a Mozart mientras tertuliaban con puros y cognac y la jarana de los chavales muy al fondo. Parecía que, esta vez sí, se acercaba de nuevo la Navidad. Tomó conciencia, las teclas de su corazón empezaron a resonar con ritmo vivo… seña de que la melodía del cariño se estaba afinando ya para tan señaladas fechas.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Una visita


Con la mente envuelta en tempranas telarañas, de valores y sueños, camino por la calle siguiendo una simple inercia. Dejándome llevar, soñando con un paraíso despejado. A lo lejos, veo nítidamente tu edificio, y sé que esa inercia ha sido fruto de un inconsciente que me ha llevado a las proximidades de tu existencia. De modo que me acerco más y más, con la certeza de que estarás en casa. Allí, en la penumbra, te veo oculta tras unas gafas de sol que te protegen de la muy escasa luz natural que logra colarse en el salón. Preguntabas “¿Quién es?”, con tu carácter decidido y algo de mala leche, y no pudiste dar un brinco cuando reconociste mi voz porque los huesos no te responden. Pero, ay, la alegría de tu voz.

Conversamos en torno a unas pastitas que había comprado en la panadería de abajo. La de siempre, la que te gusta por su sabor agradable y familiar. Te enseñé algún vídeo de tus nietas, ampliado para que pudieras discernir algo con tu herida mirada. Te dije “Ya en los noventa…”, y tú erre que erre, que no hubieras deseado llegar a esa edad, que no se te ha perdido nada en este nuevo mundo que ha tomado el relevo al tuyo, que tu vida ya pasó. Te confieso mis penas y tu mente todavía lúcida aclara mis neblinas interiores, en un intercambio de afectos que ha surcado nuestras existencias desde su primera confluencia, cuando tú me cogiste en brazos en el hospital porque mi padre no pudo asistir al parto.

Avanza la tarde, los dos empezamos a estar cansados y me pides que te coloque bien los cojines de la espalda en tu amplio sillón. Te doy un beso en la frente, me dices “Acércate, que no llego” y me correspondes con otro en mi mejilla. Cierro la puerta tras de mí, le echo el cerrojo y vuelvo a casa con los valores afirmados.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Hedonista


En su piso, decorado con delicados muebles, hermosura espera ignorando la palabra pecado. Está relajada, y se envía un guiño a través del espejo de la entrada cada vez que oye el timbre. Es un ritual. Aprendió temprano a luchar contracorriente, inteligente y placentera. Recuerda que, cuando despuntó su adolescencia, reconoció en sí el inicio de la senda hacia una mujer hermosa. Años de cuidados y experiencias, la condujeron por un camino que ya estaba en su mente. Vida placentera, dar y recibir. Y ahí se encuentra hoy día, ya ha llegado su nuevo cliente: se puede considerar una mujer de éxito, tarifas altas y servicio exclusivo. Sofisticada, celebra una vez más el juego, muestra sus pecas, acariciada en su cabello pelirrojo. Unos no la pueden ni ver, oscurantismo de una profesión a veces indigna; otros, la adoran hasta la irreflexión, algunos la aman en el sosiego. Pero ella vive ya, el esbozo del pensamiento adolescente convertido en la figura del hedonismo maduro.

domingo, 23 de octubre de 2016

Quisiera


Quisiera ser capaz de ver en unos ojos transparentes a mi mirada. Darles lo que no encontré, buscar en ellos lo que no tuve. Quisiera poder vivir. En estado compartido, confluir con su mano deslizando un dedo sobre una fotografía en la estantería. Formar un hogar, en el que poder tomar el sol durante los veranos a ras de hierba en el jardín, observando un ciruelo crecido. Mirar durante espacios sin tiempo a través de la ventana en espera de su llegada. Yo quisiera. Realizar los sueños del espíritu más abstracto, alzar mi pensamiento sobre los sentidos, volar a otros territorios con el tiempo de un ocio que gasta más imaginación que dinero. Alzo la mirada, hacia un cielo claro, y me digo: ansiedad por lo no alcanzado, confusión y ligera desesperación. Y, sin embargo, certeza de que ese momento llegará.

sábado, 8 de octubre de 2016

El dibujo de una vida


Permanezco tumbado en la acera húmeda de la principal avenida de esta ciudad, cansado. De hecho, empiezo a sentirme exhausto: días de no parar que suponen el colofón a una vida que ha ido desdibujando su sentido. Tomo conciencia de que, los últimos años, han sido un trayecto de paulatino alejamiento de mis estímulos vitales, de aquello que en un tiempo fui cociendo en mi interior, un día se manifestó como el particular modo de vida que deseaba para mí y, otro día muy concreto en mi recuerdo, supuso el pistoletazo de salida en busca de su consecución. Pasado el tiempo, llegué a sentirme henchido de felicidad, satisfecho de mis logros materiales, afectivos y espirituales.

Sin embargo, un día la persecución de aquellos sueños que se iban convirtiendo en obras de mi vida se topó con el cansino realismo. Fue, quizá, un momento de debilidad. Me cogió en una época floja. Desde entonces, asumí mi vida con una noción más apaciguada de responsabilidad. La asfixia continua y progresiva del día a día rutinario en atención al objetivo de un salario estable, una mujer dócil amante del hogar y un seguro de vida.

¡Patrañas! –pensaba mientras yacía sobre los adoquines de la acera, empapado el cuerpo ya entero: la espalda por el suelo húmedo, la frente por la lluvia que seguía cayendo.

Eché un vistazo: el paraguas, ya roto, a unos metros que parecían eternos, me llevó a sumergirme en la sinfonía del recuerdo: amores en fuga, piano inspirado, buen vino español… y, con una leve sonrisa, caí exangüe, exponiendo ante un público inconsciente, que, al fin y al cabo, había tenido más peso la vitalidad del sueño que el cansino realismo.

sábado, 17 de septiembre de 2016

El ayer


Sentados ante una mesa del Café Oriental, ella me decía, con la mirada húmeda, que el ayer no tenía nada para mí. Y, sin embargo, el ayer… llamaba a mi puerta. Me giraba hacia atrás y lo veía allí, en forma de una mujer veinte años más joven, dos noches y ya, parecía, una cuerda firme que nos unía.

Por qué entró en el local con aquel desparpajo, sabiendo que desafiaba el castillo de mi pasado, la construcción de una vida más pretérita que un ayer que venía para convertirse en futuro, lo intuí en el corazón marchito de Anaís y sus lágrimas, y se me reveló finalmente al darme la vuelta y ver directamente sus ojos, aquella actitud de decidida espera, determinada y determinante: Juliette. Dejé atrás el castillo que construyó mi vida y me fui con la pluma que venía para escribir sobre mi cuerpo los episodios del futuro.