domingo, 7 de febrero de 2016

Profecía


Me levanto somnoliento, recibido por la vaga luz de un domingo tempranero. La conciencia va asentándose en el realismo de los sentidos despiertos a un día que ya fluye y nos indica, dándonos continuas señales: su motor está en marcha. Me tranquiliza ver cómo, esa conciencia que pujaba durante el sueño por ordenar el propio mundo y su ser, a ratos sintiéndose errada, a ratos acertada, se siente firme en el acierto de las actitudes que llevaron a las decisiones de nocturno cavilar.


La mañana transcurre con una tranquilidad expectante, y mato el tiempo dejando mi hábitat impoluto, con la sombra de una ilusión por recibir su grata visita. Interferencias, tentaciones de la biología –divina juventud-, bifurcaron un camino que hoy puede unirse de nuevo. El tiempo, amigo de quien sedimenta el sentido de su vida plantando sin miedo el árbol de los sentimientos. Mi tranquilidad expectante da un súbito paso, toma la armadura, coge el caballo y se dirige a su encuentro. Lidiaré con el amor. Disculpas, confesiones, explicaciones, trabas superadas cuando voy recuperando la gracia de su sonrisa, el calor de su caricia. La fortuna me sonrió, recuperamos el sendero común, con esperanza, sin alharacas, conocedores de las trampas que nos puso el camino. Sonrientes, sin embargo, porque la profecía nos ha sido fiel.

domingo, 31 de enero de 2016

Puzzle


Las intermitencias de la lluvia, ahora sí, ahora no, la hacen volar del varón esbelto y decidido al tierno sentimental; una vez es un clarividente economista, otra un opaco administrador de fincas de quien ella saca la luz. En ratos de actividad, cuando se encuentra con él, un día se llamará Azul y otro Verde, se siente en el lugar adecuado. Sin embargo, sentada ante una copa en momento de asueto, cuando el silencio calma la charla y la reflexión aparece desde las sombras, se siente inquieta y vuelve a sus fantasmas. La palabra desprejuiciada la hace verbalizar el puzzle interior, y de ese verbo emanado de forma impetuosa aparece la templanza. Orientada en la experiencia del amor, insegura ante la vida actual, tan incierta y atada. En ratos muertos el puzzle ordenado se descompone, pensando que si Azul, si Verde… Y ella sigue tan hermosa, deseada, desafiante y esquiva. Mujer incierta.

sábado, 16 de enero de 2016

Calor


Inmerso en la taza caliente de café matutino, deja que vague el rumor de voces proveniente de las noticias en la radio. La cocina está resplandeciente: cuidada con cariño, tiene en un estante las especias, en otro el café en grano y las infusiones… Parece que siempre haya sido así, que el reino de la abundancia que, para él, es su ligero bienestar, fuera la historia con que forjó su valiente carácter. Y, sin embargo, la sonrisa picarona que dibuja sus alegrías se sabe creada sobre un lienzo que conoció la tristeza en la penuria.

Deposita el café a medias sobre la mesita, presta más atención a las voces de la radio y sonríe ante la frivolidad con que se nos comunica el devenir del mundo que nos rodea, ese carnaval, luminoso y sombrío, que pretenden hacernos ver como un escaparate de digestión sencilla. De repente, alza la mirada hacia el aparato de radio, se acerca, cambia de frecuencia en busca de genuina música rock y empieza a guisar.

Tiene invitados a comer, el uno irónico a más no poder; la otra frágil y trémula que te sorprende con un arranque de firmeza; el más anciano, lleno de historias que contar. Según la atmósfera que le envuelva, siempre lo dice, un guiso le puede salir de una manera o de otra, y esta vez, se teme, las ganas de calor en una reunión convertida ya en ceremonia familiar, le están dando un fuelle que, añadido al ritmo que está imprimiendo la energía de la música en sus manos, le van a conducir a un guiso con mucho cuerpo.


Los invitados van llegando mientras él ultima la cocción, la tertulia se aviva y renace el carnaval de la vida, con sus verdaderas luces y sombras, envuelto no obstante en el ser cercano. Almuerzan con apetito, dan cuenta de un par de botellas de vino, y, avanzada la reunión, se ponen francos. Entonces se reconocen los unos a los otros de nuevo, cómo siguen siendo las mismas personas con sus mismas historias que, a fuerza de amistad, han ido enhebrando en común. Y sin embargo, como cada amanecer que nos ilumina, se sorprenden con la nueva revelación del íntimo yo de cada uno. Son estas las ocasiones en que, naciendo de una sobria tristeza, se puede ver la evolución en el rostro del anfitrión hacia su picarona sonrisa sin trampa ni cartón. 

martes, 5 de enero de 2016

Sabía que sí, y sabía que quizá no


Por la mañana, se había levantado con una ilusión incierta. Sabía que sí, y sabía que quizá no.

Sí sabía que le hacía ilusión ver aquel mundo de variopintos tonos emocionales que descubrió en ella a través de largas conversaciones telefónicas en la intensidad de cinco o seis días desde que, en aquellas navidades tan monótonas y rutinarias, la descubriera a través de una accidental llamada de ella en tono iracundo reprochándole que no cambiara el contrato de la línea telefónica, aún a su nombre cuando la pareja ya se había disuelto entre los vapores de aguas volcánicas… Cuando su arrebato se apaciguó, tuvo que decirle que se equivocaba de persona, y a raíz de ahí…

Sabía que quizá no: que ella podía dudar entre salir al frío y coger un tren para verle o refugiarse en la soledad y, quizá, el capricho. Sabía todo aquello, y a pesar de todo le había comprado un caprichito con la ilusión de dar dulzura a sus navidades.

Sabía que sí, y sabía que quizá no, pero sobre todo sabía que había dado con una bonita coincidencia que le compenetraba con un pequeño huracán de metro setenta y un arcoíris de emociones. Y se gustaba aquella mañana porque, tras la incertidumbre, había una extraña sintonía que le hacía presentir que le había encontrado la tecla del por qué.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Marisa a la busca


El sol salía en un hermoso amanecer el día en que Marisa vistió su cuerpo con un ceñido pantalón corto beige, y una estampada camisa blanca. Siempre le había gustado ser algo cuca, y de ahí su gusto por el diseño de bolsos.

El sol ya se había alzado lanzando la luz del mediodía cuando ella, subida en el bote de recreo que la conducía los días de mar calma a tranquilos paseos con su pequeño Julio, un chiquillo aprendiendo a descubrir dónde estaba el norte en la vida, se atusó la melena rubia y, en un repente desesperado, miró al marítimo horizonte. Suspiraba y emergía de ella una profunda reflexión ¿qué hago? Entonces, empezó a ser consciente de la respuesta: se había centrado en su trabajo y la educación del pequeño hasta tal punto que se había quedado sin márgenes para una vida propia. El estímulo de la ilusión en una nueva pareja, el circo de las amistades. Suspiraba por salir, por viajar, necesitaba renovar el sentimiento del tacto ajeno hacia su piel.

Llegada a casa, era la hora del almuerzo. Dejó al niño comiendo y no dudó en acercarse a la parcela de su vecino Miguel, fotógrafo de profesión, quien se prestó a escuchar su plan. Bella de por sí, se hizo unas fotografías en su bonito jardín, sin miedo a lucir, con un significado renovado, sus sugerentes piernas. Luego, dejaron al niño jugando bajo los cuidados de la empleada de hogar de aquel oportuno caballero y se fueron en el jeep de él a una cala, donde Marisa se soltó levemente el cabello que había recogido en una trenza, resultando de ello un moldeado algo desenfadado que mostraba su bonita espalda, ocultando como en todas las fotos un rostro que se convertiría en enigma, y finalmente, cuando la tarde ya declinaba, tomaron el camino de vuelta.

Con el pequeño jugando feliz ante ella en el salón, Marisa se puso a mirar las fotos en el ordenador. Luego, redactó unas líneas bien meditadas, un mensaje claro que definiera su perfil y aquello que buscaba encontrar. Y colgó lo uno y lo otro en un tablón de anuncios en internet.

Las respuestas oscilaron de lo soez a un estimulante tacto. Inundada de mensajes, optó por hacer una criba curricular, y finalmente se quedó con dos hombres a quienes ofreció la posibilidad de conocerse el fin de semana. Con uno, quedó el viernes en una céntrica pizzería. Conversaron amigablemente acompañados de un buen vino, y todo fluyó bastante bien. Sintió que aquel hombre podría aportarle la ilusión que buscaba recuperar, y con suerte despertarle el gusanillo que, una vez, le despertara su exmarido. Se despidieron y quedaron en llamarse al entrar la semana.


El sábado fue diferente: su pequeño pasaba la noche junto a su tía y sus primos, mientras mamá, decidida ya, buscaba un canguro de confianza. Entonces, sin embargo, no iba tan convencida a su cita, y fue lo suficientemente precavida como para no empezar por una cena: quedaron en un bar de copas. Él apareció con una cazadora de piel sobre una elegante camisa azul marino y pantalones vaqueros de color marrón. Daban firmeza a sus pasos unos zapatos negros. Se sentaron en una mesa, tras intercambiar unas miradas, unas palabras, unos gestos, acogidos por el aura de la música chill out. Iba cavilando ella, en su subjetiva comparativa entre el hombre que tenía delante y quien la acompañó la víspera. No pasaron de la segunda copa, pero la conversación se dilató hasta que cerraron el pub. Entonces, al salir, un trivial comentario de él cuando les había invadido la relajación del día que se despedía, le entró como una descarga que encendiera su llama interior. Se sintió afortunada al caer en la cuenta de que, aquel caballero, había hecho aletear de nuevo mariposas en su vientre.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El pintor y su destino


Un día ventoso, frío y gris. Estaba algo triste: el invierno solía hacerle zozobrar. Llevaba todo el día encerrado, entre pinceles sin atinar a combinar el color adecuado en la paleta; las horas pasando despacio, la angustia invadiéndole en su soledad. Solía cumplir con su oficio como si de un ceremonial se tratara: bien ataviado, la larga melena recogida en una coleta mediante una goma de color intenso… La pausa para el té siempre era a las doce y a las cuatro.

Los días de creación transcurrían en la más absoluta soledad cuando, como entonces, se ocupaba de pintar paisajes. Hizo amistades entre sus modelos, no obstante, pues nunca recurría a fotografías: siempre observando del natural, tomando notas, trabajando con la memoria de la observación. Si bien bordeaba los cincuenta, había logrado que una modelo recién entrada en la juventud, de cuerpo formado, inquieta y con unas irrefrenables ganas de vivir, yaciese junto a él por puro placer cuando, había sabido a través de sus frecuentes conversaciones previas, mientras le pintaba la curva del seno o el hoyuelo de la sonrisa, tenía por costumbre ganarse la vida aprovechando su belleza a través de las artes del placer. Pintaba, o trataba de hacerlo, y añoraba el calor de la buena palabra o la caricia íntima; la observación natural de un bonito paisaje mientras respirara el aire puro.

Nunca se le vio perder la razón, lo que no le privó de gozar del buen vino y algún licor más fuerte. Su pequeño círculo siempre le apreció y, pese a creer haberse formado una fama de misántropo, era notoria su calidez. Cuando se hablaba del destino, él decía que una parte se la leyeron en las manos, otra a través de la inteligencia de un compañero penetrante y, el resto, decía, está por descubrir. Estaba, por ello, seguro de que ya había conocido al amor de su vida, y fue a una edad tan temprana que después se dedicó con arte a los placeres carnales; sabía que moriría solo, quizá pintando, quizá observando un bonito amanecer en lo alto del monte; pero no sabía si podría llegar a pintar la extrema belleza que su recuerdo conservaba del amor de juventud.


Se hicieron las cuatro y con ello la hora del té, lo removió con cariño mientras descansaba pensativo y, tras tomarlo, empezó a dolerle el pecho con intensidad creciente. Dejó la taza, cayó sobre el sillón y se desabrochó el cuello de la camisa. Respiraba trabajosamente, la cara le enrojecía ante el espejo, quiso tomar un pincel para esbozar la figura de la huella del amor sobre el hueco que dejaba el horizonte rosáceo del lienzo. Se le cayó el pincel, tiró el lienzo al intentar acomodar las piernas, y cerró los ojos angustiado. Entonces, cuando la vida ya se le iba, apareció iluminando las sombras de sus ojos la visión espléndida de su amada. La mejor creación de su imaginación le había llegado con su musa, que venía a a él para acompañarlo al final destino.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sedición


Enfundado en un galante traje negro, el caballero reflexiona, ajeno a los fastos de un carnaval que ya expira en los jardines de la casa. Sobre una roca fija su mirada, y ahí que va a posarse su zapato, torciendo su figura, que ahora apoya el brazo sobre la pierna mientras, con penetrante inteligencia, lanza su mirada al horizonte que ya anuncia la aurora. Una máscara llega impulsada por el viento a acompañarle. Se incorpora, la observa dar un par de vueltas como si de un leve remolino se tratara y la caza al vuelo. Observándola, se dice: “¡máscaras!” Aquello que en su juventud fuera un mundo poblado de virtud y camaradería, se ha torcido con el devenir de los tiempos, convirtiéndose en vicio sedicioso. Un padre recién desaparecido con quien todavía conversa a través del sueño y la memoria y todos a una buscaron el relevo en el longevo imperio de la costura y los viñedos. ¡Sedición! Camaradas derrotados por la fuerza del miedo.


Sólo hay un medio: el caballero se pone la máscara y vuelve al carnaval menguante. Los invitados duermen a su paso el opulento festín… una mujer alza la mano en busca de su copa, pero cae de nuevo rendida antes de dar el sorbo… y él se abre paso: atraviesa el vestíbulo; sigiloso, deja atrás el salón y, con gesto angelical, saluda a los guardias, que le rinden tributo. Su mente cavila con fuerza: desarmado, cerca ya de su dormitorio, le llega la valentía final. A las puertas, el último de los guardias vigila el descanso del padrastro traidor, quien difuminara con luz de gas la voluntad de una madre apenas reconocible. Títere y diablo duermen al otro lado de la puerta, el caballero da las buenas noches al vigilante y, tras ser correspondido, se para y le pide fuego. Un momento en que la mirada pierde su atención en busca del mechero y el hijo desheredado se lanza a por el arma del centinela último. Salvas de metralla, se hizo justicia y el traidor ya duerme el sueño eterno.