domingo, 13 de abril de 2014

El arte del café con leche

El arte del café con leche… ¿está en la cafeína o está en la leche? Si eres un crío, mejor mucha leche y poca cafeína, que damos descanso al pecho para que se dedique a otros placeres. Si se trata de la boca que dice este pecho es mío, quizá sea mejor un café de los que despiertan, alerta, lista para atacar a la cotidiana vida.

Puede que sean cafés solitarios o cafés compartidos. Un café solitario nos llevará a acompañarlo de su cigarrillo gallito quizá, mientras damos forma al mapa del día; un café acompañado será sujeto por manos firmes, con trago lento: paladar fino y oído pausado. Si la compañía es buena, le soltaremos un guiño o unas punzaditas provocadoras.

Rematemos la sobremesa: es sábado, la tarde tranquila por delante y su boca lenguaraz no escupe todas las verdades: convirtamos ese cafecito en un buen carajillo. Puede que estos dos cafeteros se nos alegren, se solacen en un paseo tranquilo buscando el equilibrio que ha hecho peligrar un chorrito del licor del ensueño y la verdad sobre la taza. Harán pausas en las que buscarán respiro y la mirada cómplice llena de lágrimas risueñas.

El sereno café mezclado creando elixires de alegría les ha unido en caricias sobre el vello del brazo o el cabello bien cuidado, se miran de un modo que ya descubre la experiencia de quien se ha abierto al otro porque han elegido la guardia baja a la deriva.


No me negaréis que son, en fin, diferentes formas de tomar café.

domingo, 6 de abril de 2014

Tú y yo


Tantos, tantos años creyendo que tenía que llegar a ser alguien en la vida, una persona distinta a lo que soy, quizás difuminada, partida o completa, no sé, pero dentro del marco social establecido. Tantos, tantos años dudando de la identidad, cargando con sufrimientos y desengaños; ensayando el amor de mil maneras, con respuestas de desamor y desaires. Fueron años en los que mantenía presentes las brumas de mi mente, como algo real, para darme cuenta ahora de que estaba equivocado.

Fue un arrebato y un posterior encuentro, las presunciones ya obsoletas… sólo quedé, embelesado, pero aún así cometí un traspié con el bien más preciado, pero fuiste tú quien aportó un nuevo camino de vida, me trasmitiste tu temple, tu firmeza, tus temores sin vergüenzas. Con toda esa picardía de la buena mano femenina, fuiste despojándote lentamente como las capas de una cebolla. Nada de descubrir el pastel a la primera.

Un buen día descubrí que me querías.

Tras nuestro habitual café, descalzos sobre la tierra de Central Park, cayó mi venda ante tu feminidad para ver la real identidad, a la mujer que tocaba la fibra sensible con una pureza que jamás había experimentado. Y recuperé las sensaciones, ya añejas, de juventud escuchando tu vitalidad, ingenio, picardía y brillante luz.

Te lo dije, el amor está en curso y el deseo es presente. Sabiendo como sé ahora y con certeza que el amor me ha tocado.


Miro adelante, al futuro y sé que disfrutaré de tu sonrisa en lugares sencillos. Me rodearás de gentes ansiosas por vivir, artistas y bohemios que resuenan ya en tus aventuras; me acogerán en su pequeño mundo gratuito de cafés, sillas reunidas y genios creativos. Cruzaré la noche con gastos menores, dejando atrás la época en que necesité el oro y el moro para gozar de un... tú eres mi capricho, la palabra que no me pide profesión ni posesión. Eres la carne que quiere gozar mi mirada. Quiero volar hacia ti, que me invitas desde el no te pido nada, tocándome el corazón de felicidad.



jueves, 3 de abril de 2014

Justicia poética

Un adolescente brillante busca el reflejo de su orgullo trabajosamente labrado en los ojos del padre, que tiene la vista llena de amor y sufrimiento por su viva encarnación, que no es el adolescente brillante. Así, el encandilamiento por el uno provoca cierta ingenuidad en la justicia del padre hacia el hijo que no encuentra en su mirada el merecido reflejo de su orgullo. Ello le confunde y proyecta la frustración en el ojito derecho, que por mimado algo de aprovechado tiene. Y, en la fuerza de su orgullo, le hiere en peleas emocionales. Lo cierto es que él, íntimamente convencido de su brillantez, se siente doblemente herido por la falta de correspondencia del padre encandilado y su propia ofuscación vertida hacia el ojito derecho. Unos y otros quedan heridos, y con el tiempo pierden de vista esos ojos que deseaban tanto el mimado como el orgulloso. El mimado queda con una fuerte cojera que surcará años de su vida, y el orgulloso pone tierra de por medio para establecer el mapa de un nuevo territorio. Transcurre parte importante de la vida y el orgulloso ha plasmado en tierra firme y, para él, celeste, su brillantez con la creación de un nuevo reino en el que procurará no perderse por el encandilamiento ante la solicitud de sus ojos, en la búsqueda de dar el cariño como pudo aprehenderlo de aquellos ojos, pero sin olvidar que el más amado también fue hijo del amor encandilado. Ve en lontananza, a través de reflejos indirectos; escucha a través de cariñosas palabras mensajeras, sobre la cojera del ojito derecho. Los años han hecho de él un hombre que ha dejado atrás con dolor, reflexión y sacrificio su ofuscamiento y, por fin, puede y quiere ejercer de hermano. Lo hará con visión, aquellos ojos que no vieron de su padre pero en los que él sí vio lo que su padre no creía ver. Porque quererlos, los quiso a todos, como ahora los quiere él al hacer justicia poética poniendo, cariñoso y cobijante, un vendaje al ojito derecho que ya empieza a salir, también, de su propia ofuscación. 

jueves, 27 de marzo de 2014

Ese reducto

El zulo. Habitaciones compartidas, el pequeño mundo del adolescente, la vivienda mínima de un adulto. En ese reducto, la mente gira y gira, como le giraba al célebre protagonista de Crimen y Castigo, la universal novela de Fiodor Dostoievski. Aquel personaje, en su miseria, se vio abocado al crimen, y en su pequeño reducto doméstico hizo que el hilo de la noria girara y girara en su mente hasta el desenlace final. Lo cierto es que, bien pensado, aquel personaje ansió lo que por sus medios no podía alcanzar. Le pudo la debilidad ante la avaricia. Y sin embargo, sorprende ver a personas con escasos recursos que hacen de su vida virtud. Quizá pinten en una habitación de un piso compartido, o lean libros de la biblioteca junto a la ventana de la pequeña cocina acompañadas de un café con toda su cafeína. Se darán duchas rápidas o tendrán un abono para la piscina. Quizá se acerquen el fin de semana a primera hora a la cala para disfrutar de la pleamar en soledad y ver el amanecer; quizá lo hagan ya de noche. Vivirán, y al final nadie les podrá decir que han recorrido el camino del fracaso, las ilusiones frustradas o la infelicidad. Porque han hecho de la inteligencia virtud logrando que el sueño se palpite en el terreno del día y en el aura de la noche.

jueves, 20 de marzo de 2014

Los adalides de las emociones

La gestión de las emociones es un arte que puede repercutir en la vida diaria, común, de cada cual. Si nos tiramos los trastos a la cabeza, mala cosa. En cambio, ese esforzarse por conocer al otro, leer sus emociones hasta ir conociendo más y más profundamente su personalidad, no hacen que nos deslumbremos ante un gran descubrimiento, pero sí que ahondemos en la serenidad del sentido de la vida.
La moderación, sin embargo, no siempre es suficiente. Sería utópico pensar que la gran felicidad llega siempre, o que esta lo hace siempre al lado de un remanso. La moderación, esa tendencia a la comprensión, debe saber decir no, y la felicidad llega también con el frenesí o la aventura.

La calma es bastante asimilable a la paz. Al menos, sin paz no hay calma. La moderación, por tanto, es más propia de los países dotados de un equilibrio político en una sociedad desarrollada. Sin embargo, uno cae en la duda de quién provoca realmente la gangrenación de la incertidumbre, la ira y la violencia: pueden nacer en una mente autócrata asentada en pistas de pádel en el desierto, pero son mantenidas con el asentimiento de los adalides de la moderación y la serenidad que, desde su más aventajada posición, lo que están haciendo es gestionar las emociones del débil para que, en su temblor o temor, permita la calma y el disfrute de la vida en el fuerte. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Viaje

Motocicletas de gran cilindrada, ambulancias, coches de policía. En el exterior, más allá de las paredes que forman su vida doméstica. Y, sin embargo, ¿qué es esta? Disputas, heridas emocionales que amenazan con llegar al desafío físico ¿Y qué genera? Intranquilidad, desasosiego. La incapacidad para caminar por la calle con paso firme, incertidumbre sobre sus propios proyectos ¿los hay? ¿no se han resquebrajado ya?

Sin horizonte, el caminante camina conducido por una inercia que lo va liberando de lastres: suelta el petate, sus suelas se desgastan, los pantalones van quedando raídos, con algún agujero. Hace alguna chapuza aquí y allá para poder comer, beberse una cerveza fresca y no dormir al raso. Y, a medida que se aleja, va descubriendo que no hay trasiego apenas: atravesando el bosque, olvida las motocicletas, ambulancias y coches de policía. Se sienta junto a un remanso de agua, saca su bocadillo y llena la cantimplora de agua fresca que bebe con gusto. Tras la comida, se apoya sobre un tronco acolchado por su abrigo, tranquilo, sosegado. Duerme profundamente y nadie le despierta de la paz de sus sueños, que es tan bella como la sencillez que encuentra al despertar.

jueves, 6 de marzo de 2014

Ingenio

               
  Existen en nuestro tiempo historias que nos templan la percepción cruda, directa y salvaje de la realidad en las películas que vemos en el cine o la televisión, de mayor o menor calidad, dándonos, con ello, una mayor o menor distorsión en nuestra percepción de la realidad de la que a veces huimos con ellas y, a veces, tratamos de comprender. Entre las historias que desde tiempos remotos cumplen esta función en las sociedades, imperaron primero las narraciones orales, las pinturas rupestres…

Sin embargo, si bien es cierto que la comodidad del sofá, una buena butaca en el cine o qué sé yo qué facilidades más dan la posibilidad de dar un par de vueltas al mundo y, dentro de la fábula en que estamos inmersos viendo quizá un simple telefilme, como receptores que somos, quizá fabular también a su vez organizando el mundo de esta o aquella manera… si bien todo ello es cierto existe la realidad de que cuando tenemos que recurrir al ingenio, este obra milagros. De tal modo, no sé bien si el natural estado cultural en que vive extendidamente nuestra sociedad es de por sí suficiente, o si realmente, la propia vida y por ende la propia cultura son más propicios a encontrarse con el, peligroso, estado natural de las cosas, hacer de la lucha ingenio, y de ahí, habiendo aprendido los sonidos antes que el abecedario, remontarse ya a los elevados estratos de la cultura. En caso contrario, temo que el espectador o el lector incurran en una irrealidad excesiva, y el artista o el intelectual en una pura abstracción, un excesivo análisis o, simplemente, en pura pedantería.