viernes, 20 de mayo de 2016

Fumata blanca


Desde un espacio tristón, cuatro almas respiran ateridas. La una se refugia en su mundo interior, de laberintos utópicos e ideas brillantes; otro, calla, observa y saca sus propias conclusiones con la calma como virtud; una tercera, se toma el frío, la falta de luz y el ligero esperpento con alegría; por último, él procura mostrarse social, sensible y a la vez con ideas muy propias. Terminado el cónclave, hay fumata blanca: habemus papam. Así que, la virtud del silencio ha sido recompensada con la observación ajena y, quien parecía un corderito, ha sido elegido guía por el resto de la manada. Sonrojado, empieza a hablar, hace preguntas en lugar de sacar conclusiones y dinamiza un poco su natural quietud, comenzando a transformar la calma en actividad como rasgo definitorio. Él, quien fuera objeto de todas las apuestas, se alegra de haber tenido ojo, valor y humildad para delegar; la una empieza a ver ideas brillantes en su alrededor que la saquen de sus paraísos utópicos y, la última, se serena al ver que empieza a llegar una ráfaga cálida y se ha hecho la luz.

sábado, 7 de mayo de 2016

Celebrado cincuentón


Un cincuentón con gafas a la moda de sus tiempos juveniles, se desplaza dando largas zancadas y alguna carrerita para hacer un recado… hombre de encargos, hombre de encargos es nuestro, no tan chico, de los recados. Silba con fuerza, y lo hace emitiendo una clara melodía. De vez en cuando, da incluso algún salto y, al caer nuevamente en tierra firme, alza la mirada al cielo como queriendo alcanzarlo.

De un lugar va a otro, a medida que avanza el día algo más cansado. Ventura que, entre recado y recado, le dan un buen refresco o incluso, la veterana de la charcutería, un agradecido bocadillo. A media tarde, tras hacerle cumplir con su última zancada, le da el jefe una buena palmada en la espalda, emplazándolo para el día siguiente.

Caballero cincuentón, recobra el silbido más preclaro. Disfruta del atardecer a paso lento, mientras detiene su mirada en patios interiores del bonito barrio que nunca podrá habitar. El aire entra fresco en los pulmones y, cuando llega a casa, el perro se apercibe de su celebrado estado de ánimo. Coge este veterano la correa y se lleva al can por el parque cercano. Mientras ve a su querido animal correr arriba y abajo, lamerle y juguetear con él, entra en un estado de calma que le permite empezar a realizarse: por fin, tras un largo periplo, ha logrado un empleo.

domingo, 24 de abril de 2016

Mi sueño


Aparco el coche, como de costumbre, cuando la madrugada todavía no piensa en el advenimiento del alba y camino con paso firme, determinación tras el cansancio, hacia el punto de encuentro con Raquel. El camino… ¡ah!... ha sido largo. Llegado, la espera se me hace ociosa, quizá por la tranquilidad que da el peso de la experiencia. Aquello que se llama oficio adquirido.

Veo despuntar, en la noche profunda, el alba de sus cabellos rubios, y, tras una sonrisa pícara, apago el cigarro y me pongo en marcha. Nos saludamos, y le indico el camino hacia mi coche. Una vez dentro, intercambiamos los paquetes. Ella analiza la joya que yo engarzaría en su cuerpo y yo cuento el dinero. Nos damos el visto bueno y salimos del coche. La acompaño un pequeño trecho, hasta que, llegados a la esquina, me guiña el ojo y se pierde al doblarla.

Determinación tras el cansancio, camino con paso firme dejando atrás el coche, sabiendo que ha perdido ya toda utilidad. Me pierdo entre callejas con el mapa bien desplegado en la mente, camino de mi taquilla. Neones susurrándome la noche, accedo al lugar. La veo a lo lejos, y procedo a pasar al servicio para cambiarme la ropa. Camuflaje urbanita. Luego, abro la taquilla, dejo el dinero discreto y me despido de él una temporada. Le perderán la pista: descansa.


Tras llegar a un hostal, corro las cortinas de la habitación cuando la llegada del alba coincide con la invitación del terrenal mundo al sueño. Duermo largo y tendido. Ella con la joya engarzada, entro en su cuerpo y, luego, cuenta el dinero: las mujeres se lo llevan todo… ¿hasta tu sueño? Después de un largo y reparador descanso, despierto. Abro las cortinas y me encuentro, por fin, con la plena luz del día. No, no se ha llevado mi sueño: ha sido un trabajo bien hecho.

sábado, 9 de abril de 2016

El rock y el veneno


A ritmo de rock puro, todo es veneno, o al menos tus labios lo parecen. Eso le advierte la canción mientras camina por la calle. El ritmo deviene acelerado, quizá porque la intuición le ha dicho que, a veces, el azar confluye con el destino y la señal es una premonición: tus labios son veneno. Ha mantenido un tiempo de distancia: quería que amainase la tormenta, se enfriase el peligro de un desliz hacia la pasión. Una intensa historia juntos, había cabos sueltos que se debían atar tarde o temprano. Así que la música rockera ahora ha adquirido un toque de música tradicional india norteamericana, y se prepara para la danza de la guerra. Sí, ha entrado en calor.


Entra en el restaurante, ella está elegante, aunque algo peripuesta. Al menos, se ha levantado de la mesa para saludarle: un cruce de miradas y palabras calculadas. Durante la cena, los tenedores acercan el sabor del pato y los cuchillos se unen al ambiente de guerra latente, que va emergiendo hasta que ella empieza el ataque. Una herida de importancia cerca del corazón, en la arteria de los sentimientos, pero nuestro hombre conserva las energías para seguir en la lucha. Escucha en su interior el redoble de tambores, tambores de guerra. Sí, el asalto a la fortaleza de la lengua viperina. Se acerca, pues, a terreno ajeno para luchar: guerra dialéctica. La asepsia emocional ha sido vencida. Llora ella, se derrumba. Él tiene la cortesía del triunfador, pero no el error de la misericordia. Sale, liberado, del restaurante, se venda la herida que empieza a doler en la arteria de los sentimientos, jugando a imaginar, con el sonido callejero del tráfico y las voces transeúntes, vital música genuina. Un rockero vencedor.

viernes, 25 de marzo de 2016

El callo de la longevidad


El cabello completamente cubierto de canas, hace un esfuerzo para levantarse de la cama. Los huesos le duelen horrores por la mañana, por ello apura las horas en horizontal, salvo cuando se ve urgida a ir al servicio antes del alba.

Ella solita, pues solita es como quiere vivir a pesar de tener la posibilidad de una residencia o ser acogida en el hogar de sus hijos, se prepara el desayuno, siempre con la muleta a mano. Unta las tostadas como puede, pues el tacto ya no es el mismo y la vista hace tiempo que se convirtió en un leve discernir. El cacao le ha caído, en parte, fuera de la taza, pero sabe por el gusto que todavía conserva que ha caído lo suficiente dentro como para darle sabor. Al acabar el desayuno, se dice “qué asco de vida, esta de la decrepitud”, y piensa que sería una suerte morirse.

Sin embargo, cuando a media mañana llegue su hijo, no precisamente lozano, pues se jubiló un par de años atrás, para verla y prepararle una comida de exquisito paladar, le dibujará una amplia sonrisa. Luego, sí, empezará a despotricar contra el mundo. Pero él la entiende y no se escandaliza. Atento, le dejará preparado un vaso de leche para media tarde y un consomé para la noche. Luego, dejándola medicada y acomodada en su amplio sillón, se despedirá hasta el día siguiente o, si le hace el relevo su hermano, hasta al cabo de un par de días.

Sola ella ya, se fija en la imagen de su marido sobre el estante junto a la televisión. Es una foto de los últimos años, pero conservaba la misma expresión que cuando le conoció. Aquella expresión que tanto amó y tanto detestó; la expresión, al cabo, que la acompañó en el viaje de su vida. Luego, deja que la mente vuele entre sonrisas y exabruptos a sentirse partícipe de la tertulia radiofónica. Se cansa de la radio cuando ya ha anochecido y, dejando el vaso de leche para el desayuno, se calienta la taza de consomé. Sentada con asco ante las tonterías de la televisión una vez terminadas las noticias, escucha un audiolibro en su Tablet y, tanto es su gusto por la lectura, que se siente, de un lado alegre por poder escuchar cuentos, y de otro nostálgica y frustrada por no poder leer ya aquellos novelones o sencillas poesías de antaño por su cuenta.


Finalmente, cansada, se dirige a tientas hacia la cama, se pone en una postura adecuada para que no le duelan los huesos al dormir y cierra los ojos con la sensación de que será más que probable que al día siguiente tenga que seguir dando el callo de la longevidad. 

viernes, 11 de marzo de 2016

La voz de alarma


Un sencillo conjunto de sauces fue plantado frente a la ventana de su habitación cuando sus padres le dieron un espacio propio donde crecer. Apenas gateaba cuando, de los pequeños montículos de arena, empezaban a sobresalir los tallos. Sin embargo, lo recordaría muchos años después como una de esas escasas pero vívidas escenas que le quedan a una persona grabadas de la infancia.

Corrió la ventura de unos primeros pasos en esta vida que le dieran impulso para el devenir futuro. Vivió con cierto rubor el desarrollo de su feminidad durante la adolescencia pero, cuando llegó la juventud, pasó de un estado introvertido que llegó a creer inmutable a florecer en la amistad y el amor. Superaba los reveses con una determinación que, inconscientemente, a ratos le hacía pensar por analogía en las fases iniciales de su vida: de nuevo, sentía la plena fuerza de vivir.

Lo cierto fue que, tras varios lances amorosos de los que nunca se arrepintió, encontró un extraño despertar por la simple compañía de un joven complejo y de aspecto poco llamativo. Se extrañó de que aquella rara deriva la hiciese dejarse llevar por impulsos que antes nunca hubo seguido, reflexiva como había sido siempre ella. Con el tiempo, la novedad agitada se convirtió en un tranquilo estado de pareja felizmente asimilado.

Un buen día, estudiando el último curso de medicina general, se dio cuenta de que, su vida, era ya su estado. Estudiando que estaba un sesudo tratado sobre el sentimiento humano cuando le saltó la voz de alarma: la felicidad en la vida, se puso a reflexionar como antaño, esta vez con el pensamiento algo acelerado, está sujeta a condicionantes ¿Podía ella supeditar la suya al casi exclusivo de un amor pleno? Se sintió repentinamente falta de libertad y, recobrando la rebeldía del impulso que tuviera en el segundo amanecer de su vida, creyó sentir una tercera oleada de vitalidad.


Hizo las maletas, concluyó la carrera como pudo y empezó a trabajar en un hospital. Todo el mundo la veía llena de iniciativa y fuerza en su entorno. Trabajaba, viajaba, disfrutaba de la cultura fina y del buen paladar. Pero, un día, de vuelta en su piso tras un día de trabajo poco intenso que, sin embargo, fue abriendo paso desde temprana la mañana a inconscientes balances emocionales, se sintió fatalmente cansada. Preparó una ensalada acompañada de algo de agua mientras su vida iba pasando ante ella: pensó en los sauces que crecieron con ella, en los años de timidez, en la feliz juventud y el colofón del amor. Le entró una prisa feroz por ponerse en contacto con su viejo amor abandonado. Lo primero que se le ocurrió cuando vio que los teléfonos de contacto personal habían sido dados de baja fue llamar a los padres de aquella víctima de la ingratitud o, quizá, el irreflexivo impulso juvenil. Se puso al aparato el padre, que reconoció al instante la voz de la chica. Con tono grave, le notificó su muerte por dolencias del alma tras quedar abandonado, y se disculpó acompañando con un suspiro de ingrato recuerdo el teléfono hasta colgarlo. Ella estalló a llorar, reconociendo en la ausencia querida lo que de vacío tenía, ya, su presencia bajo la bóveda celeste.

domingo, 21 de febrero de 2016

Estilio hace balance


En el crudo invierno del valle, Estilio había hecho por aprovechar las ganancias de una partida de cartas, comprarse una botella de aguardiente y un paquete de cigarrillos. Con ello a cuestas y bien abrigado, se acercó al río, a cuya orilla vio atardecer mientras el estómago digería el fuerte licor, entre calada y calada. Con la noche cerrada, en calor por la borrachera que ya le había entonado, fue cayendo en un estado de duermevela hasta que el sueño profundo le llevó a un fantasioso descanso.

Despertó cuando faltaban un par de horas para que el sol volviera a dar su luz. Entonces, aterido de frío, esta vez por la fiebre producto del descuido, hizo denodados esfuerzos por desandar lo andado hasta regresar a casa, dejando la botella vacía junto al río, pero apurando los últimos cigarrillos entre ataque de tos y ataque de tos. Entraba al pueblo con el alba, una profunda angustia se adueñó de su persona, como si despertando el día, despertase de nuevo él a su cruda realidad tras el viaje alcohólico, de penas ahogadas en la ilusión de un mundo mejor que, vio con crudeza, nunca existiría.


Tiritando, se quedó quieto, pensó en la familia y supo que nunca la tuvo ni la tendría; pensó en la amistad y supo que se contó con los dedos de una mano, amputados por la edad; pensó en el amor y sonrió recordando la lozanía de la juventud… luego, le vino a la cara la pesadumbre del amor de barra y hostal; pensó, por fin, en la valentía y creyó que debía tenerla para hacer confluir la sabiduría del momento adecuado con el paso hacia el fin. Sacó la pistola que le acompañaba día y noche en aquel antaño feliz valle y tuvo su último pensamiento para el recuerdo de la brisa sobre su rostro en los veranos juveniles junto al río.