martes, 14 de junio de 2016

Juegos del pensamiento


Días de tranquila soledad, vasos de agua que refresquen tras un paseo urbano acalorado. Fuera del país de las maravillas, en cualquier caso, quizá en la villa de una cierta alegría. La villa catalana que, aún misteriosa para mí… quizá sean los años transcurridos, que me hacen tener el corazón dividido entre las tierras que me dieron raíces, familiar de esta ciudad que va dando identidad a mi interior, yo sedimentado por territorios del pasado. La imaginación se lanza al recuerdo de los frutos del sentimiento. Y uno sabe que existe el amor, la amistad, el compañerismo, la tristeza o el tormento.


Una lanza de hierro candente siembra nuevos espacios de madurez en el mapa interno. Imagina uno, alguien diría que la ve, una piel blanca, sutilmente arropada en tonos azul, con un corazón de plata que sueña convertirse en dorado. Voz difusa en la incertidumbre de la imaginación, sonrisa feliz y ojos marinos. Imaginación de personalidades no descubiertas, mesura de la fantasía, esperanza, enigmas de rosa en esta villa catalana. Juego a pensar en un paseo montañés o una conversación que desvele el brotar de la empatía. Luego, vuelvo a mi concreto espacio en este hogar, que se ha ido formando a través de los recuerdos constituidos como formas concretas. Seguramente, mi espíritu haya tomado un tono humilde y refleje un corazón plateado que aspira a ser dorado.

domingo, 5 de junio de 2016

Ese camino


Recuerdos remotos, de juventud alboreante: sueños de épica, jugando a ser protagonista. El tiempo lleva a avanzar en el curso del camino. Crudeza, soledad, sentido, también, del genuino calor ajeno.

En el camino, unos, se ven siempre como queriendo evitar pensar en el final del sendero. Otros, afrontan el panorama con amplia perspectiva: el ojo bien abierto, consecuente y preparado para cualquier coyuntura futura. De estos últimos, unos afrontan el futuro con una sonrisa hacia el cielo, un temblor purgado o una lágrima infernal; otros, desafiando al Hades; los demás, ven en la visión científica de la vida su término al final del camino, sin más expectativa que vivir la que les ha tocado en suerte, sufriéndola o gozándola.

Y este camino, en sus albores, presenta una porcelana fina y delicada de infancia; que crece hacia la rebeldía huracanada de una adolescencia confusa, se consolida en la madurez modelando el genio a través de la prudencia y cierta claridad en el saber deseado y mínimamente fructificado ya. Al final del camino, en eso que llamamos vejez, se dice que se alcanza la mayor sabiduría y virtud; también es la edad de la decrepitud. En ella, claro, ven unos la puerta de la esperanza hacia un mundo mejor; otros, el final de un libro, el de su vida, que van releyendo en reflexiones meditativas postrados en una butaca ante una aburrida papilla de frutas.

En fin, ese camino, con sus múltiples interpretaciones y misterios, lo atravesamos de formas divergentes que muchas veces chocan entre sí por la simple ignorancia del sabio respeto o la animal, humana quizá al fin, lucha por la vida. 

viernes, 20 de mayo de 2016

Fumata blanca


Desde un espacio tristón, cuatro almas respiran ateridas. La una se refugia en su mundo interior, de laberintos utópicos e ideas brillantes; otro, calla, observa y saca sus propias conclusiones con la calma como virtud; una tercera, se toma el frío, la falta de luz y el ligero esperpento con alegría; por último, él procura mostrarse social, sensible y a la vez con ideas muy propias. Terminado el cónclave, hay fumata blanca: habemus papam. Así que, la virtud del silencio ha sido recompensada con la observación ajena y, quien parecía un corderito, ha sido elegido guía por el resto de la manada. Sonrojado, empieza a hablar, hace preguntas en lugar de sacar conclusiones y dinamiza un poco su natural quietud, comenzando a transformar la calma en actividad como rasgo definitorio. Él, quien fuera objeto de todas las apuestas, se alegra de haber tenido ojo, valor y humildad para delegar; la una empieza a ver ideas brillantes en su alrededor que la saquen de sus paraísos utópicos y, la última, se serena al ver que empieza a llegar una ráfaga cálida y se ha hecho la luz.

sábado, 7 de mayo de 2016

Celebrado cincuentón


Un cincuentón con gafas a la moda de sus tiempos juveniles, se desplaza dando largas zancadas y alguna carrerita para hacer un recado… hombre de encargos, hombre de encargos es nuestro, no tan chico, de los recados. Silba con fuerza, y lo hace emitiendo una clara melodía. De vez en cuando, da incluso algún salto y, al caer nuevamente en tierra firme, alza la mirada al cielo como queriendo alcanzarlo.

De un lugar va a otro, a medida que avanza el día algo más cansado. Ventura que, entre recado y recado, le dan un buen refresco o incluso, la veterana de la charcutería, un agradecido bocadillo. A media tarde, tras hacerle cumplir con su última zancada, le da el jefe una buena palmada en la espalda, emplazándolo para el día siguiente.

Caballero cincuentón, recobra el silbido más preclaro. Disfruta del atardecer a paso lento, mientras detiene su mirada en patios interiores del bonito barrio que nunca podrá habitar. El aire entra fresco en los pulmones y, cuando llega a casa, el perro se apercibe de su celebrado estado de ánimo. Coge este veterano la correa y se lleva al can por el parque cercano. Mientras ve a su querido animal correr arriba y abajo, lamerle y juguetear con él, entra en un estado de calma que le permite empezar a realizarse: por fin, tras un largo periplo, ha logrado un empleo.

domingo, 24 de abril de 2016

Mi sueño


Aparco el coche, como de costumbre, cuando la madrugada todavía no piensa en el advenimiento del alba y camino con paso firme, determinación tras el cansancio, hacia el punto de encuentro con Raquel. El camino… ¡ah!... ha sido largo. Llegado, la espera se me hace ociosa, quizá por la tranquilidad que da el peso de la experiencia. Aquello que se llama oficio adquirido.

Veo despuntar, en la noche profunda, el alba de sus cabellos rubios, y, tras una sonrisa pícara, apago el cigarro y me pongo en marcha. Nos saludamos, y le indico el camino hacia mi coche. Una vez dentro, intercambiamos los paquetes. Ella analiza la joya que yo engarzaría en su cuerpo y yo cuento el dinero. Nos damos el visto bueno y salimos del coche. La acompaño un pequeño trecho, hasta que, llegados a la esquina, me guiña el ojo y se pierde al doblarla.

Determinación tras el cansancio, camino con paso firme dejando atrás el coche, sabiendo que ha perdido ya toda utilidad. Me pierdo entre callejas con el mapa bien desplegado en la mente, camino de mi taquilla. Neones susurrándome la noche, accedo al lugar. La veo a lo lejos, y procedo a pasar al servicio para cambiarme la ropa. Camuflaje urbanita. Luego, abro la taquilla, dejo el dinero discreto y me despido de él una temporada. Le perderán la pista: descansa.


Tras llegar a un hostal, corro las cortinas de la habitación cuando la llegada del alba coincide con la invitación del terrenal mundo al sueño. Duermo largo y tendido. Ella con la joya engarzada, entro en su cuerpo y, luego, cuenta el dinero: las mujeres se lo llevan todo… ¿hasta tu sueño? Después de un largo y reparador descanso, despierto. Abro las cortinas y me encuentro, por fin, con la plena luz del día. No, no se ha llevado mi sueño: ha sido un trabajo bien hecho.

sábado, 9 de abril de 2016

El rock y el veneno


A ritmo de rock puro, todo es veneno, o al menos tus labios lo parecen. Eso le advierte la canción mientras camina por la calle. El ritmo deviene acelerado, quizá porque la intuición le ha dicho que, a veces, el azar confluye con el destino y la señal es una premonición: tus labios son veneno. Ha mantenido un tiempo de distancia: quería que amainase la tormenta, se enfriase el peligro de un desliz hacia la pasión. Una intensa historia juntos, había cabos sueltos que se debían atar tarde o temprano. Así que la música rockera ahora ha adquirido un toque de música tradicional india norteamericana, y se prepara para la danza de la guerra. Sí, ha entrado en calor.


Entra en el restaurante, ella está elegante, aunque algo peripuesta. Al menos, se ha levantado de la mesa para saludarle: un cruce de miradas y palabras calculadas. Durante la cena, los tenedores acercan el sabor del pato y los cuchillos se unen al ambiente de guerra latente, que va emergiendo hasta que ella empieza el ataque. Una herida de importancia cerca del corazón, en la arteria de los sentimientos, pero nuestro hombre conserva las energías para seguir en la lucha. Escucha en su interior el redoble de tambores, tambores de guerra. Sí, el asalto a la fortaleza de la lengua viperina. Se acerca, pues, a terreno ajeno para luchar: guerra dialéctica. La asepsia emocional ha sido vencida. Llora ella, se derrumba. Él tiene la cortesía del triunfador, pero no el error de la misericordia. Sale, liberado, del restaurante, se venda la herida que empieza a doler en la arteria de los sentimientos, jugando a imaginar, con el sonido callejero del tráfico y las voces transeúntes, vital música genuina. Un rockero vencedor.

viernes, 25 de marzo de 2016

El callo de la longevidad


El cabello completamente cubierto de canas, hace un esfuerzo para levantarse de la cama. Los huesos le duelen horrores por la mañana, por ello apura las horas en horizontal, salvo cuando se ve urgida a ir al servicio antes del alba.

Ella solita, pues solita es como quiere vivir a pesar de tener la posibilidad de una residencia o ser acogida en el hogar de sus hijos, se prepara el desayuno, siempre con la muleta a mano. Unta las tostadas como puede, pues el tacto ya no es el mismo y la vista hace tiempo que se convirtió en un leve discernir. El cacao le ha caído, en parte, fuera de la taza, pero sabe por el gusto que todavía conserva que ha caído lo suficiente dentro como para darle sabor. Al acabar el desayuno, se dice “qué asco de vida, esta de la decrepitud”, y piensa que sería una suerte morirse.

Sin embargo, cuando a media mañana llegue su hijo, no precisamente lozano, pues se jubiló un par de años atrás, para verla y prepararle una comida de exquisito paladar, le dibujará una amplia sonrisa. Luego, sí, empezará a despotricar contra el mundo. Pero él la entiende y no se escandaliza. Atento, le dejará preparado un vaso de leche para media tarde y un consomé para la noche. Luego, dejándola medicada y acomodada en su amplio sillón, se despedirá hasta el día siguiente o, si le hace el relevo su hermano, hasta al cabo de un par de días.

Sola ella ya, se fija en la imagen de su marido sobre el estante junto a la televisión. Es una foto de los últimos años, pero conservaba la misma expresión que cuando le conoció. Aquella expresión que tanto amó y tanto detestó; la expresión, al cabo, que la acompañó en el viaje de su vida. Luego, deja que la mente vuele entre sonrisas y exabruptos a sentirse partícipe de la tertulia radiofónica. Se cansa de la radio cuando ya ha anochecido y, dejando el vaso de leche para el desayuno, se calienta la taza de consomé. Sentada con asco ante las tonterías de la televisión una vez terminadas las noticias, escucha un audiolibro en su Tablet y, tanto es su gusto por la lectura, que se siente, de un lado alegre por poder escuchar cuentos, y de otro nostálgica y frustrada por no poder leer ya aquellos novelones o sencillas poesías de antaño por su cuenta.


Finalmente, cansada, se dirige a tientas hacia la cama, se pone en una postura adecuada para que no le duelan los huesos al dormir y cierra los ojos con la sensación de que será más que probable que al día siguiente tenga que seguir dando el callo de la longevidad.