sábado, 19 de agosto de 2017

Un chico inquieto


El privilegiado niño creció entre pintores que trasladaban sus talleres a casa para decorar el rico espacio doméstico. Al principio, los recibió con cierta aversión, como gente extraña que venía a invadir la paz de su intimidad. A medida que fue pasando el tiempo, el niño se acostumbró a acercarse curioso para ver cómo desarrollaban sus trabajos aquellos artesanos. Ello generó un trato afable del que surgieron afectos entrañables. Sin embargo, llegó el día en que los trabajos concluyeron, los lienzos quedaron expuestos con toda solemnidad en la casa y los pintores se fueron.

El niño ya se había convertido en un adolescente inquieto, que cubrió la falta de aquel mundo que le daban los secretos de la creación en curso callejeando por la ciudad entre chavales de menor linaje que hacían aflorar en él la vitalidad que creyó peligrar. Se escaparon por montes y pueblos, descubrieron ruinas medievales en espacios que no creyeran tan cercanos y el chico amó. Llegado un buen día, las noticias de las travesuras del chaval en prohibido mestizaje con clases inferiores alarmaron al padre, que lo recluyó no sin pena como castigo y ahuyentó a los entrañables amigos, temerosos ante su autoridad poderosa.

Tras un mes de doméstico cautiverio, el desconsolado chico pudo recuperar su perdida libertad de movimientos, perdonado por su padre. El chico, aunque algo temeroso de la figura de aquél, recorrió antiguos espacios en busca de sus amigos sin éxito. Apenado, un día cogió unos cuadernos de casa y se fue a aquellos lugares de su recuerdo, con el firme propósito de dejar huella indeleble en su memoria. Dibujó las calles, los montes, los pueblos y las ruinas, y, de memoria, reproducía en ellos las figuras de sus amigos. Viendo aquellos dibujos prodigiosos, su padre, conmovido, acabó capitulando y, no sólo le devolvió sus antiguas amistades, sino que aceptó su solicitud de entrar como aprendiz en el taller de uno de aquellos excelsos pintores que, tiempo atrás, decoraran su casa y dieran forma a su imaginario.

sábado, 29 de julio de 2017

El suicida barcelonés


Junto al mar calmo del puerto, entre transeúntes lugareños y turistas accidentados, reflexiona inspirado por la brisa suave que corre en el verano de la urbe. Recuerda una vieja canción, susurra poemas escritos en su juventud a la belleza imposible, todavía grabados en su mente. Se acerca al borde y puede ver nítidamente el agua sucia del puerto chocar suavemente con el límite  de tierra firme. Vieja canción de nostalgia por sueños no conquistados, que ahora le vienen al oído en forma de gritos de traición a la propia esencia. El sueño de ser uno. Poemas escritos al amor que nunca tuvo. Exhala un suspiro y se tira al agua.

Una turista, oronda y redonda, se tira a por él. Casi que hay que salvarlos a los dos. No se sabe si lo hunde o lo funde. Tal es su vehemencia. De forma que un italiano musculado se quita la camiseta y se lanza a por ellos. Los saca del agua, con una amplia sonrisa de salvador. Exhibe musculito y presta los primeros auxilios a nuestro aparente suicida, que retoma la conciencia ante los labios de tal atlético galán. La turista accidentada ha quedado de lado, suspirando impotente ante las flechas de Cupido que trató de conquistar en su viaje a las húmedas profundidades. Porque el suicida aparente vuelve a palpitar ante el rostro latino y casi le susurra unas líneas de un largo poema del imperio romano, pero en su lugar le canta el himno del primer equipo de fútbol italiano que le viene a la mente, y sellan la noche compartiendo una pizza, y se rozarán y se amarán en el apartamento para guiris que comparte con otros dos maromos, respetuosos ellos para con la primera noche de masculino amor de nuestro antaño desnortado suicida barcelonés.

domingo, 2 de julio de 2017

El valiente, la bestia y el oráculo


Un pequeño lugar. Almas que viven en salvaje libertad. Joven y fuerte, Juan aparta su mirada del fuego de la chimenea y se despide con voz seca de su mujer. Siempre fue un hombre de apariencia áspera y fondo tierno.

Con la escopeta a cuestas, saluda a la salida de la aldea al viejo Siabin, hombre curtido en mil batallas cuyo consejo es un oráculo sobre el futuro. Advertido por aquellos que le pidieron auxilio, orientado por el anciano, sube por la carretera hacia el monte frío y nevado. Hay un ciervo muerto a un lado de la carretera. Le sobrepasa un todoterreno y da un respingo. Se centra y se adentra entre los matorrales hacia la verde naturaleza vestida de blanco. Camina un buen rato, el silencio ya no lo altera ni el más valiente animal. Ve cerca el pequeño sendero oscuro que le indicó el viejo Siabin y sabe que el momento se acerca. Sostiene con firmeza la escopeta, penetra en el camino en busca de los retoños, a sabiendas de que allí estará, negra en la inmensidad de su cuerpo, la bestia custodiando. Los ve, niños de alma secuestrada en calma aterrorizada, silenciosos. Y ahí que aparece el temido enemigo. Descarga la escopeta: un tiro, dos, tres… cae al suelo zarandeado por la bestia. Ciega de rabia. Él recuerda el oráculo del viejo y, a merced de la ciega fuerza bruta, lanza una mirada nítida de ternura a los retoños. Sonríen, salen de su letargo y empiezan a gritar al fiero animal, que hace esfuerzos por cubrirse los oídos, pierde la orientación, el equilibrio y, finalmente, cae. El valiente se lleva a los retoños de vuelta, y el viejo Siabin, cuando los ve regresar, esboza una pícara sonrisa, sabedor.

sábado, 3 de junio de 2017

La sirena del sueño


En la noche cerrada, unos ojos repentinamente abiertos. El sueño quebrado por la súbita conciencia del choque del recuerdo. Unos grandes puentes sobre el río, descubiertos a medida que tu onírica vista de pájaro los va atravesando. Grandes y espaciados. Y, al final del camino, el presentimiento te dice que está ella, a quien creíste flor de un día. Intensa, aromática. El batir de tus alas te hace avanzar y avanzar, dejando con tu mirada el surco de tu huella reflejado en las aguas del río. El ancho cauce ha quedado atrás, los puentes han dado a pequeños pasos de piedras y te acercas al nacimiento del río. Allí, sentada, ves a la sirena de este sueño tuyo que antaño fue realidad. Te mira con ojos que expresan una larga espera. Sonríes, la besas por fin cubriendo de cariño los vacíos del pasado. La abrazas fuertemente, escuchas su voz trémula y, alzando la mirada agradecida al cielo, despiertas.

sábado, 13 de mayo de 2017

Escultor del espíritu


Nadie conocía el verdadero nombre de aquel hombre. Era un caballero que envolvía con el gesto y la oratoria. Atraía ingenuas mentes faltas de definición hacia sus promesas de un existente Paraíso. Y suturaba sus heridas, las moldeaba cual escultor del espíritu para dejarlas volar, libres ya.

Nadie entendía por qué, poseedor del secreto de la curación de los corazones, no despertaba en él un común instinto de posesión. Se llegó a especular que tenía el corazón roto por un lance de juventud, pero pronto se descubrió que también palpitaba la sensualidad de su masculina energía ¿Qué hacía, pues, que no surgiera de él el amor perdurable o el instinto de una cierta compañía? Los rumores continuos alcanzaron el nivel de la certeza: se le veía deambular por las noches de la ciudad, paseando por la catedral o sentado en una terraza ante una copa de vino… en una soledad contemplativa. Llegó un momento en que, aquella alma de fortaleza inquebrantable, venida de tierras sin huella, empezó a ver menguar la luz que irradiaba. La gente se preguntaba, preocupada, si no sería que las puertas del Paraíso se habían cerrado, pero fue entonces cuando los elegidos vinieron hacia él y, alados, se lo llevaron para glorificarlo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Espejo de la vida


Una nueva etapa, creo yo. Heridas suturándose poco a poco en una piel todavía herida de recuerdo. La huella de una efervescencia repentina, inesperada y, finalmente, desaparecida. Atisbo mis entrañas con la mirada interior, y un tenue brillo invita al movimiento. Sí, aquello que en mi conciencia era una nueva etapa, emerge en forma de actitud. De modo que me pongo en pie, camino. La tarde primaveral ofrece un sol radiante, lejos de las lluvias recientes. Pareciera que el clima viene reflejando mi estado de ánimo. Paseo por la ciudad sin rumbo fijo. Inmigrantes, gente humilde… me paro en una librería low cost y detengo mi tiempo en busca de historias nuevas que me permitan hilar realidades fantaseadas, espejo de la vida que conmueve y remueve creando sentidos nuevos. La sugerencia de un título me lleva a fisgar entre sus páginas, y salgo a  la calle con el libro bajo el brazo. Sigo caminando, el paseo se ha hecho largo, mis piernas cansadas buscan reposo y, ya en una cafetería concurrida, me pido un cruasán artesano acompañado de un café. Sentado, miro en derredor expresiones de vida acomodada y estudiantes enérgicos. Quizá, soy el único circunspecto. Saco el libro de la bolsa, lo abro por el primer capítulo y, mientras el rumor de la cafetería desaparece surgiendo un silencio introspectivo, me adentro en nuevas historias que crean el reflejo en mis pensamientos de que sí es posible ese otro mundo.

lunes, 17 de abril de 2017

Virtud y juventud


La mañana tranquila, de calles vacías y tiendas cerradas, invita al paseante a navegar sin rumbo por las calles de la ciudad. Embutido en unas zapatillas deportivas y con los auriculares dejando sonar genuino rock español, camina con ritmo y alegría mientras analiza minucioso los detalles de su interior estado. Feliz y afortunado, es consciente sin arrepentimientos de que vida solo hay una.

Callejea, entra en una gran avenida y ya está en el centro. Por allí, hay quien empieza a salir a la calle y alguna cafetería abierta. Entra en uno de estos locales, coge el periódico de encima de la máquina de tabaco y se pide un refresco con un buen bocadillo matutino. Lo come con gusto, y el refresco de devuelve a la vida. En la mesa de al lado, ve a una mujer mayor leer un tomo de filosofía. Se dice que debe ser una mujer sabia. Él la observa un rato más. Ella, discreta, observa que la observa. Finalmente, la virtud decide entablar conversación con la juventud, quizá porque en ambas vidas hay, aún, curiosidad. Poco a poco va descubriendo las inquietudes que anidan en el interior del reciente paseante, y él va descubriendo, asombrado, que a sus reflexiones se les puede poner palabras. En su conciencia hay un halo de asombro, y la anciana le mira con la serenidad de la sabiduría asentada. Le ha invitado a que acuda a sus clases un día como oyente, y él ha aceptado ilusionado.

Con la sensación de la misión cumplida, la anciana se disculpa arguyendo que debe irse. “Hasta otra ocasión, pues”, le dice. Y él, vuelve a sumergirse en sus pensamientos por un momento, queriendo asimilar la verdad que ha asomado a su conciencia esa mañana aparentemente tranquila. “Tienes suerte: hay camino en ti”, le había dicho ella. Y el paseante se levanta y recupera la senda.