lunes, 20 de noviembre de 2017

Sueños


Camino por senderos inciertos. Alzo la vista y veo al pájaro acompañarme, de árbol en árbol, de rama a rama. El trayecto se hace arduo, sueños que una vez me prometí impulsan con fuerza mi paso. Firme. Los caminos confluyen en uno, pequeño, largo, sinuoso. Pedregoso y muy arbóreo. A pesar de tanta vegetación, del rumor de los arroyuelos que van quedando a un lado, alzo la vista y veo al pájaro seguir. Afino el oído y lo escucho gorjear. Es mi compañero en este largo camino hacia la realización. El camino termina y me deja ante un gran valle de verde vegetación, con el canto de su gorjeo y el movimiento de mi dedo índice buscando dar con su ritmo. Miro al frente y veo la tierra firme, el mundo terrenal donde mis sueños se convierten en floración vital. Alzo la vista y veo el cielo, lugar donde proyectarme hacia el futuro y evocar figuras del pasado. Quedaron en el sendero y me acompaña el recuerdo de su calor. Entre la tierra y el cielo vivo y, de repente, con una nitidez de ideas que da el lugar al escogido, escucho de nuevo la llamada de mi ave acompañante. Se acerca a tierra, se posa en el ella y pierde sus alas dando paso a unos estilizados brazos blanquecinos. De las patas, crecen unas piernas y va surgiendo la hermosa figura de una mujer que me susurra cosas bonitas. Adivino que está en celo, me acerco a ella y nos fundimos en el paraíso de los sueños realizados.

sábado, 14 de octubre de 2017

Aprender a vivir


Un chaval fue creciendo hasta convertirse en hombre. Constituido como tal, creyó llegado el momento del dinero, la perspectiva vital y tantas otras cosas que habían anidado en sus sueños a temprana edad. Sin embargo, caminando día tras día en trayectos que se hacían especialmente similares, no veía que la experiencia de la vida ni el nacimiento de la conciencia adulta llegaran. Había nadado con determinación en busca de la isla del tesoro, el remedio universal de la madurez. Pero lo cierto era que no crecía su bolsillo, ni conquistaba por su elocuencia, ni mucho menos había alcanzado un añorado sosiego. Un día, al salir de la panadería, se fijó en el mendigo al que siempre esquivaba con la mirada. Al día siguiente, inició una conversación con una mujer anciana que le dejó perplejo y luego pensativo. Con el tiempo, fue dejando de soñar y notó que iba conectándose con lo más cotidiano de la vida. Ya no añoraba el dinero, ni la conquista de la feminidad con la que ya fantaseara su adolescencia, ni sentía la ansiedad por saber con certeza la verdad de las cosas que le había acompañado prolongadamente. Simplemente, aprendió a estar en el presente, proyectarse un poco en el futuro ante un café y amar sin compromiso ni requisito. Aprendió a vivir.

jueves, 5 de octubre de 2017

La sombra de un milagro


El gran creador lidiaba con la flor y nata de la economía del lugar. Era un hombre vanidoso, visionario y torrencial. Siempre pensaba a lo grande. Los edificios que creaba eran de una singularidad que dejaba a todas luces su impronta. Sin embargo, el vuelo celeste de su pensamiento necesitaba de alguien que lo enraizara en la tierra. Un aventajado discípulo se convirtió en su ayudante. De él surgirían distinguidos detalles de la obra que pasaban para todos como creación del afamado maestro. Hacía algún proyecto por su cuenta, pero él lidiaba con el tendero que había logrado unos ahorros para realizar, a través de las dotes del discípulo, el sueño de su vida. Nada de corbatas, trajes y brindis en salones distinguidos para el terrenal creador. Él creía que en una impronta más humilde, en las personas y en el recuerdo de las formas inmateriales. Mientras su maestro fue un cascarrabias de solitario ego sin lazos familiares ni demás afectos más allá de la sombra de un milagro, las apariencias artificiales y su obra material, su discípulo le dio una  tierra sobre la que asentar sus delirios y un hombro sincero sobre el que llorar sus ocultas debilidades. Al final, la grandeza estuvo, no tanto en la  vista alzada al sueño celeste, sino en la tierra firme sobre la que se produjo aquella feliz confluencia de talentos. Nada más que la sombra de un milagro.

sábado, 19 de agosto de 2017

Un chico inquieto


El privilegiado niño creció entre pintores que trasladaban sus talleres a casa para decorar el rico espacio doméstico. Al principio, los recibió con cierta aversión, como gente extraña que venía a invadir la paz de su intimidad. A medida que fue pasando el tiempo, el niño se acostumbró a acercarse curioso para ver cómo desarrollaban sus trabajos aquellos artesanos. Ello generó un trato afable del que surgieron afectos entrañables. Sin embargo, llegó el día en que los trabajos concluyeron, los lienzos quedaron expuestos con toda solemnidad en la casa y los pintores se fueron.

El niño ya se había convertido en un adolescente inquieto, que cubrió la falta de aquel mundo que le daban los secretos de la creación en curso callejeando por la ciudad entre chavales de menor linaje que hacían aflorar en él la vitalidad que creyó peligrar. Se escaparon por montes y pueblos, descubrieron ruinas medievales en espacios que no creyeran tan cercanos y el chico amó. Llegado un buen día, las noticias de las travesuras del chaval en prohibido mestizaje con clases inferiores alarmaron al padre, que lo recluyó no sin pena como castigo y ahuyentó a los entrañables amigos, temerosos ante su autoridad poderosa.

Tras un mes de doméstico cautiverio, el desconsolado chico pudo recuperar su perdida libertad de movimientos, perdonado por su padre. El chico, aunque algo temeroso de la figura de aquél, recorrió antiguos espacios en busca de sus amigos sin éxito. Apenado, un día cogió unos cuadernos de casa y se fue a aquellos lugares de su recuerdo, con el firme propósito de dejar huella indeleble en su memoria. Dibujó las calles, los montes, los pueblos y las ruinas, y, de memoria, reproducía en ellos las figuras de sus amigos. Viendo aquellos dibujos prodigiosos, su padre, conmovido, acabó capitulando y, no sólo le devolvió sus antiguas amistades, sino que aceptó su solicitud de entrar como aprendiz en el taller de uno de aquellos excelsos pintores que, tiempo atrás, decoraran su casa y dieran forma a su imaginario.

sábado, 29 de julio de 2017

El suicida barcelonés


Junto al mar calmo del puerto, entre transeúntes lugareños y turistas accidentados, reflexiona inspirado por la brisa suave que corre en el verano de la urbe. Recuerda una vieja canción, susurra poemas escritos en su juventud a la belleza imposible, todavía grabados en su mente. Se acerca al borde y puede ver nítidamente el agua sucia del puerto chocar suavemente con el límite  de tierra firme. Vieja canción de nostalgia por sueños no conquistados, que ahora le vienen al oído en forma de gritos de traición a la propia esencia. El sueño de ser uno. Poemas escritos al amor que nunca tuvo. Exhala un suspiro y se tira al agua.

Una turista, oronda y redonda, se tira a por él. Casi que hay que salvarlos a los dos. No se sabe si lo hunde o lo funde. Tal es su vehemencia. De forma que un italiano musculado se quita la camiseta y se lanza a por ellos. Los saca del agua, con una amplia sonrisa de salvador. Exhibe musculito y presta los primeros auxilios a nuestro aparente suicida, que retoma la conciencia ante los labios de tal atlético galán. La turista accidentada ha quedado de lado, suspirando impotente ante las flechas de Cupido que trató de conquistar en su viaje a las húmedas profundidades. Porque el suicida aparente vuelve a palpitar ante el rostro latino y casi le susurra unas líneas de un largo poema del imperio romano, pero en su lugar le canta el himno del primer equipo de fútbol italiano que le viene a la mente, y sellan la noche compartiendo una pizza, y se rozarán y se amarán en el apartamento para guiris que comparte con otros dos maromos, respetuosos ellos para con la primera noche de masculino amor de nuestro antaño desnortado suicida barcelonés.

domingo, 2 de julio de 2017

El valiente, la bestia y el oráculo


Un pequeño lugar. Almas que viven en salvaje libertad. Joven y fuerte, Juan aparta su mirada del fuego de la chimenea y se despide con voz seca de su mujer. Siempre fue un hombre de apariencia áspera y fondo tierno.

Con la escopeta a cuestas, saluda a la salida de la aldea al viejo Siabin, hombre curtido en mil batallas cuyo consejo es un oráculo sobre el futuro. Advertido por aquellos que le pidieron auxilio, orientado por el anciano, sube por la carretera hacia el monte frío y nevado. Hay un ciervo muerto a un lado de la carretera. Le sobrepasa un todoterreno y da un respingo. Se centra y se adentra entre los matorrales hacia la verde naturaleza vestida de blanco. Camina un buen rato, el silencio ya no lo altera ni el más valiente animal. Ve cerca el pequeño sendero oscuro que le indicó el viejo Siabin y sabe que el momento se acerca. Sostiene con firmeza la escopeta, penetra en el camino en busca de los retoños, a sabiendas de que allí estará, negra en la inmensidad de su cuerpo, la bestia custodiando. Los ve, niños de alma secuestrada en calma aterrorizada, silenciosos. Y ahí que aparece el temido enemigo. Descarga la escopeta: un tiro, dos, tres… cae al suelo zarandeado por la bestia. Ciega de rabia. Él recuerda el oráculo del viejo y, a merced de la ciega fuerza bruta, lanza una mirada nítida de ternura a los retoños. Sonríen, salen de su letargo y empiezan a gritar al fiero animal, que hace esfuerzos por cubrirse los oídos, pierde la orientación, el equilibrio y, finalmente, cae. El valiente se lleva a los retoños de vuelta, y el viejo Siabin, cuando los ve regresar, esboza una pícara sonrisa, sabedor.

sábado, 3 de junio de 2017

La sirena del sueño


En la noche cerrada, unos ojos repentinamente abiertos. El sueño quebrado por la súbita conciencia del choque del recuerdo. Unos grandes puentes sobre el río, descubiertos a medida que tu onírica vista de pájaro los va atravesando. Grandes y espaciados. Y, al final del camino, el presentimiento te dice que está ella, a quien creíste flor de un día. Intensa, aromática. El batir de tus alas te hace avanzar y avanzar, dejando con tu mirada el surco de tu huella reflejado en las aguas del río. El ancho cauce ha quedado atrás, los puentes han dado a pequeños pasos de piedras y te acercas al nacimiento del río. Allí, sentada, ves a la sirena de este sueño tuyo que antaño fue realidad. Te mira con ojos que expresan una larga espera. Sonríes, la besas por fin cubriendo de cariño los vacíos del pasado. La abrazas fuertemente, escuchas su voz trémula y, alzando la mirada agradecida al cielo, despiertas.