sábado, 21 de febrero de 2015

La Plaza de la Paloma


En la Plaza de la Paloma vieron como el atardecer tranquilo desde una terraza con estufas daba paso a la feliz noche de sábado, entre amigos sonrientes y amantes de mirada lasciva. Esta plaza tuvo como nombre hasta hace relativamente poco el de Plaza del Doctor Bosquejo, en honor al médico que dedicó su vida a cuidar de tuberculosos en la ciudad. Un día, hablando Margarita en esta misma terraza con algunos de estos mismos amigos pero con otro amante, mientras se refería a la tuberculosis contraída por el escritor praguense Franz Kafka, vio una paloma posarse en el suelo ajardinado junto al sauce que braceaba siguiendo la ligera brisa y fue abordada por un hombre toxicómano. El individuo se mostró humilde, honesto y amable, y ella no supo qué leches estaba haciendo, de repente, hablando con el falso infierno cuando instantes antes estaba loando a un profeta de las letras. No salió de su estupefacción porque el toxicómano no salía de su conversación gentil, como si aquello fuera lo único que deseara: empatía con el otro, la natural charla callejera a que tan acostumbrados nos tenía nuestra infancia. Ella empezó a sentirse cómoda, el hombre se animó y el grupo que había sentado a la mesa reaccionó felizmente extrañado al dejarle un sitio a aquel macarrilla de porte clásico. No en vano, habían pasado años de solidaridad aparente, que si un saludo o un favor a alguien cercano; pero nada tan genuino, tan real, como que un grupo de gente con formación superior dejase a un lado su pedantería y volviese a tocar el suelo con los pies. Y qué reales se sintieron por fin, ante un despertar a la cercanía y el cobijo fraternal. Supieron que aquel hombre salía de un centro de rehabilitación que habían abierto en el edificio más alto de los que abrazaban la plaza, aquel que, en sus años de estudiante, Margarita viera bajo el rótulo de Tejidos Pérez. El recién llegado era un individuo de mediana estatura, cabello albino y vestía camisa blanca y prendas vaqueras, y llegada cierta confianza con las copas del anochecer para unos y el vasito de agua para el albino, ella sintió una contradicción entre el pudor y la atracción. Las miradas del caballero eran elocuentes en su brillo y la virgen silente que pronto dejaría de serlo camuflaba su sonrojo. Un día al atardecer, llegó un hombre de la mano de una paloma posada en la hierba bajo un sauce. Ella diría que fue el milagro que debía hacerla entrar en la vida, y bautizó el lugar… como Plaza de la Paloma.

domingo, 15 de febrero de 2015

La vida efímera


Una luz tímida se proyectaba sobre el horizonte de mi mirada cuando salí del parking. Aceleré un poco y me incorporé al tránsito. Mientras circulaba, mi mente procuraba atender a la tertulia radiofónica y mi mano izquierda tamborileaba un poco por la prisa apoyada sobre el volante. El niño, en la parte trasera del coche, permanecía quieto, probablemente aburrido porque su padre se lo llevara a un rollo de adultos y esperando pasar el trámite para zamparse una buena hamburguesa con queso y cebolla. Pijillo él, más de una vez había protestado ante su padre porque estaba harto de hamburguesas de tres al cuarto, con sus amiguetes.

Una vez bajamos del coche, hice una foto al número de plaza en que lo había aparcado y salimos del parking con paso presuroso. El niño resoplaba y yo andaba pensando que ya estábamos jodidos porque no llegaría a tiempo de recibir al personaje. Nos adentramos en el restaurante atestado y mi hijo cogió al vuelo un refresco de cola de la bandeja de un camarero. Seguimos abriéndonos camino y encontramos al dueño de la clínica. Respiré un poco aliviado. Junto a él, estaba el traductor. El fotógrafo iba tomando instantáneas a la vez que las botellas de agua eran dispuestas sobre la mesa destinada a la presentación. Perdí de vista a mi hijo, pero andaba yo más preocupado en otros avatares, quizá víctima de mi adulta inmadurez. Por fin, vi llegar al ilustre médico francés, con su bufanda de color marrón claro, estatura media, abundante cabello canoso y aspecto de seductor. Se hizo la luz en mis ojos: pese a todo, había llegado con tiempo. Me puse un poco nervioso al ver acercarse la hora de saludarle, no en vano iba a ser la primera impresión tras un par de conversaciones con su secretaria y las pistas que me dieran algunos de sus ayudantes. Dijo unas palabras jocosas y sonreí estridentemente, luego nos presentó el director de la clínica y, tras unos minutos hablando del tiempo en Ávila en comparación con París, le solicitaron para firmar unos ejemplares de su último libro. Con el jefazo en la cara, estuve sumamente solícito y me saqué mil anécdotas de la chistera. Finalmente, nos interrumpieron para indicarnos que la presentación iba a comenzar, de modo que tomé asiento junto al célebre médico y la traductora, y disparé mi primera pregunta.


Estaba yo risueño y, alegre por la receptividad de tan egregio médico, a veces soltaba una ironía que me hacía mear fuera del tiesto ante el público. Fui tomando confianza y me enrollé a hacerle preguntas y preguntas. Llegó una en que afloró por fin la efigie borde de nuestro docto francés. Se limitó a ignorar mi pregunta, vacío ante el cual me vi obligado a hacer hincapié en la misma. Respondió con un seco “no es relevante” y puso una mirada entre contempativa y burlonamente angelical hacia las nubes. En aquel momento, recurrí de nuevo a mi risa estúpida y procuré encontrar una mirada comprensiva entre el público. Allí estaba mi hijo, haciendo mohines en los que creí ver que, a su tierna edad, quisiera que la tierra le tragase. Afortunadamente, pasó el incómodo momento con una oportuna intervención de la traductora apaciguando los ánimos. Hice un par de preguntas más pese a que ya me había excedido del tiempo fijado a tal efecto, y a la tercera irrumpió el entrevistado con su tono de voz grave y gesto serio para cortar en seco de nuevo el clima de esperanzada diplomacia y espetarme que ya era momento de pasar al turno de preguntas del público. Me sonrojé. Tras una semana de preparación de la entrevista y años de devoción hacia aquel genio, me hallaba en un momento que debiera haber sido exultante para mí con la mirada condenatoria del dueño de la clínica en primera fila, a mi izquierda la traductora con cara de no querer estar en mi pellejo y, entre el público carraspeante, a un niño que se tapaba la cara ante el ridículo desarraigo que le producía, ya, la relación con su padre. El turno del público hizo que el temporal de mis convulsiones amainase, con seguidores que le adulaban a base de sencillas preguntas complacientes. Entraban ya en la última de ellas, tuve el coraje de mirar directamente al docto francés y pude ver, tras la figura del superhombre adorado, reflejada la de un grotesco individuo al que apenas conocía. Concluyó el acto, recogí al chaval, que se avino a seguirme con el único motivo de su gastronómica recompensa y me puse a reflexionar sobre la imagen que tenía de mí aquel niño que debiera haber sido más adorado y seguramente me tomaba por un ser muy semejante al esperpéntico entrevistado. Llevarlo a un restaurante era la forma de tenerlo entretenido y que no agobiara demasiado, solía hacerse un silencio cuando mi hijo se ponía a comer en nuestras salidas. Aquel día, recuerdo, me sentí reflejado y, por fin, lo sorprendí con las historias de un padre que empieza a ver que la vida puede ser efímera y su mapa futuro estar en la que ha sembrado: el crío, que por primera vez en una eternidad, y tras una grande y grata sorpresa, me sonrió iluminado.

viernes, 30 de enero de 2015

Yo


Ayer, como siempre, las leyes de la vida, me acosté. La noche ventosa agitaba las vidas, pájaros buscando buen recaudo; algún transeúnte despistado; árboles que luchaban por no ser vencidos en el zarandeo del temporal. Entretanto, yo buscaba la postura para encontrar la manera más cómoda con que encontrar el sueño, e iba perdiendo la agitación de la respiración que traía la estela de un día movido para ir entrando en un estadio de mar calma que despertó la conciencia de mis recuerdos: leves vibraciones en mi mente que se extendían placenteramente por un cuerpo progresivamente sedado. El mundo se iba recomponiendo y, yo, caía en el sueño plácido y profundo que empezaría a cerrar un nuevo círculo de sentido y madurez en mi vida.


Temprano por la mañana, serían las seis, mi sueño se desvaneció, o quizá se recogió tras la plataforma de la vigilia, como la luna se oculta tras la plataforma del sol. Seguía habiendo cierta agitación en el viento perseverante de las azarosas existencias exteriores, y la calle estaba cercana a salir de su pesadilla: faltaba una hora para que las farolas se apagaran dando paso a la luz natural, los peatones se atreverían, quizá sin otro remedio, a emprender el camino hacia sus destinos, salidos ellos también de un plácido sueño nocturno o, es posible, contagiados de la tormentosa noche exterior. A medida que me sumergía en las rutinas de primera hora, el sol de mi conciencia trabó amistad con su luna. El lapso de tiempo que recorre una vida hasta su madurez, tormentoso a ratos, confuso y enredado, sombrío, efusivo, amoroso y despechado, encontró la presencia bajo la definición personal de la clase, el decoro y la cortesía; el significado de aquello que había desafiado en la infancia, el raro instinto de supervivencia de la adolescencia asfixiante y los valores asentados en la juventud. Me di cuenta de que el molde que había ido creando en aquellos lejanos años se había ido llenando a base de perseverar y atravesar los obstáculos del tiempo para dar corporeidad a la figura que hoy soy. Porque, ante todo, soy yo.

jueves, 15 de enero de 2015

Péndulo amoroso


Sentado en una céntrica cafetería de la ciudad, el poeta esbozaba versos sobre papel blanco impoluto con su estilográfica. Se dejaba llevar por los largos cabellos rizados de un claro color castaño, por la juventud surcada en los rasgos de aquella cara pura.

 La mirada perdida en el fondo de su ideación regresaba sobre el ambiente abigarrado y mundanal, y sus ojos volvían a gozar de la privilegiada vista que le otorgaba su mesita redonda de mármol esquinada: ante sí, la amplia sala, la entrada acristalada, los grandes espejos en las paredes reflejaban vestidos cálidos.

Volvió sobre sus versos, hizo algún borrón y amó de nuevo el idealismo; las gafas afirmadas, el sombrero a un lado de la mesa, el reloj, tic tac, marcando la hora ignorado en el chaleco que sobresalía de la chaqueta. Allí, al fondo, absorto. Escritura rápida, tachaduras, caligrafía pausada… al cabo de unos minutos, alzó de nuevo la mirada y exhaló un suspiro de amor espiritual, blanco, celebrando que había tatuado sus rasgos en un hermoso poema.


 El elevado literato dio aquella misión por cumplida y pasó a buscar el beneplácito de un amor más mundano: se encendió un cigarrillo, lo fumó pausado mientras oteaba de nuevo el horizonte; miró la hora en su reloj y los concurrentes supieron que el artista ya podía ser abordado.

viernes, 2 de enero de 2015

El molde de la vida


Aquel anciano había sido un hombre joven y rudo. Al otro lado de la ley, se había dedicado al dinero fácil y la fuga rápida. Un día, con su bien preciado botín ya en el saco, perdió el favor de la fortuna: los policías le esperaban a la salida de la farmacia que acababa de robar. El destino fue la prisión y, cuando parecía llegarle el final del túnel con la condicional, fue atrapado en un nuevo robo. Los años fueron pasando y la rebeldía quedaba domada en un molde de madurez.

Pasados ya los cincuenta años, salió definitivamente libre. No era moco de pavo, pensó, el tiempo que había pasado en la cárcel. Reinsertarse, en un primer momento, fue difícil. Pasó penurias mendigando unas monedas y durmiendo en albergues. Sin embargo, la consistencia de la sabiduría adquirida hacía que su sentido de la justicia no se torciera.

Con el transcurrir de los años, se dio cuenta de que había pasado la mayor parte del tiempo, desde que sus canas recuperaron la libertad, en los alrededores de la catedral. Conocía todo tipo de anécdotas sobre la misma y, entre la gente que sabía, era ya un personaje que estampaba la zona con su aire humilde, ojos profundos y voz templada.

Pasaba los últimos tiempos sentado junto a la entrada del monumento, abrigado y debilitado por los achaques de la edad. Un turista japonés se le acercó, y le hizo una pregunta. Él no se movió. Se armó un revuelo.


Convaleciente en el hospital, pensó que la catedral había obrado un milagro; lo cierto era que volvía a sentirse vivo tras haber visto el umbral de la muerte. Los habituales del templo, tanto feligreses como paisanos de éticas más mundanas, se unieron para reivindicar un feliz final al curso de su dura vida: así, se hizo habitual ver una silla bien mullida en una sala a cubierto de la cafetería lindante con el majestuoso edificio, en la que nuestro anciano disfrutaba de un café bien caliente mientras contaba las anécdotas de la zona a quien quisiera acercarse a tomar una consumición al local. Gracias a las ayudas de la catedral y el distrito, el anciano pudo además tener cama y domingos de ocio. Y sintió, en el último suspiro, que había vencido al ladrón, al preso y al vagabundo para recibir la plenitud de sentirse un hombre útil y respetado.

domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Qué fue de mi Rolls Royce?


La verdad es que se había convertido en una gustosa costumbre llevar en la mochila el pequeño ordenador de camino al despacho que, con sangre, sudor y lágrimas, tenía alquilado en la calle Vientos del barrio de Bienso. No sé que tiene la gente contra los barrios suburbiales: si uno tiene reflejos, buenas piernas y sabe poner la voz en grito, todo va sobre ruedas.

Allí llegué yo con mi mochila que, además del ordenador, llevaba el túper con la comida para calentarla en el microondas que me había montado en el despacho. Colgué el abrigo en el armario mientras el suelo con pelusilla se removía un poco. Saqué el ordenador y lo dejé en el pequeño escritorio junto a la ventana que daba al patio interior, minúsculo y sin apenas luz. Una diminuta ventana por la que mi mirada muchas veces se perdía en reflexiones de índole diversa. Conecté el ordenador a la fuente de energía para que la batería me fuera fiel durante un rato y, mientras tanto, puse una infusión de manzana con canela a calentar en el pequeño microondas.

Durante la hora intensa que pude aprovechar para desarrollar las notas del sesudo informe en el ordenador, sentí esa peculiar satisfacción del profesional realizado con un trabajo que ama, y considera realizar con entrega y provecho. Se acababa la batería, sin embargo, cuando ya estaba a punto de empezar a desarrollar el título tercero, y decidí, conociendo a aquella máquina con la complicidad con que una mujer conoce su cabello, dejarlo en el final del título segundo y aprovechar para hacerme otra infusión y leer detenidamente los datos adjuntos a las notas del título tercero.

Estaba yo trabajando ya en otra oleada de energía sobre el título tercero y me paré a pensar en lo afortunado que era por poder gozar de un diminuto aparato que, si bien algún iluminado consideraba estaba anticuado, me llevaba la oficina encima. Tiempos aquellos en que empleaba la máquina de escribir. Con el título ya concluido y el trabajo, así, listo para la entrega, pensé en hacerme un homenaje con un buen cruasán en la pastelería de la esquina. Apagué el ordenador, a falta de imprimir el trabajo a la vuelta, y salí escopeteado a ese excelente nido de dulces que mi antigua socia Greta decía no era más que una fuente de colesterol industrial.

A la vuelta, tras haber saboreado mi café y mi pastita, me senté en el apañaíco escritorio, le di al botón de encendido en el ordenador y me empezaron a salir datos y datos con números interminables y colecciones de letras. Extrañado por la insólita pérdida de fiabilidad de mi ordenador, decidí apagarlo y esperar unos minutos a ver si se calmaba para encenderlo de nuevo. Procuré llamar a los buenos augures mientras miraba hacia el patio interior y, pasados unos minutos, lo intenté de nuevo convencido de que la repentina pereza de mi compañero de viaje se habría disipado. Sin embargo, volvieron a aparecer la misma retahíla de números y letras sin orden ni concierto. Me resultaba imposible transmitir mi voluntad al ordenador que se había vuelto, de repente arisco.

Nervioso e irritado, apagué la máquina, traté de considerar la mejor opción para obtener la impresión del documento concluido y no tuve otra elección que coger la mochila con el túper y el ordenador y acudir al informático del barrio. Arrepentido por haberme gastado los duros en el café con la pasta cuando no sabía el desfase que iba a crear en mis cuentas el imprevisto. Entré con la curiosidad de quien, como era mi caso, recurre por primera vez a los servicios de un profesional en particular, pues mi ordenador no había dado nunca problemas de muelas, fiebre, o similares que se le puedan achacar a un compañero que es ya como un hermano. Me sorprendió ver la figura de un hombre con el rostro rojo y venoso, de carácter nervioso y con ciertas manías propias de su avanzada edad. Me conciencié de que debía cargarme de paciencia y le di mi mascota.

Lo primero que me dijo fue que el ordenador no servía para nada, que por el dinero de la reparación me vendía uno nuevo. Pero a mí no me la cuelan. Un Rolls Royce Phantom II será un Rolls Royce Phantom II por mucho que pasen los años, me reafirmé sonriendo ante el nombre que tan cariñosamente le había puesto a mi ordenador cuando, hacía nada menos que cinco años, me lo regalara mi sobrina después de acabar la selectividad con excelentes notas y sus padres la recompensaran con un ordenador más adecuado para sus estudios universitarios de artes gráficas. Así que, sin demora, lo que hice fue plantarme en seco desde el fondo del corazón y exteriorizar una diplomacia que le indicaba mi voluntad de obtener el ordenador reparado. Tras suspirar y chistar un poco, me dijo que necesitaba un poco de tiempo para mirarlo, y que lo pasara a recoger al día siguiente a última hora de la mañana. Con toda mi buena voluntad, le dije que lo necesitaba para media mañana, pues debía entregar el trabajo antes de mediodía. Me contestó, azorado, que tenía visita con el cardiólogo a primera hora de la mañana, pero que dada la excepcionalidad del caso se pondría con el ordenador tras cerrar a última hora y lo tendría listo para cuando llegara al día siguiente del médico. Se lo agradecí infinitamente y me interesé con cortesía por su salud. Encogido y con temores, confesó que estaba pendiente de un by-pass. Le deseé que le fuera bien la prueba, recomendándole calma, y me fui tranquilo de nuevo al despachito, donde comí pausado las sabrosas salchichas de mi túper y pasé la tarde trabajando a la vieja usanza: boli y folio en mano.

Al día siguiente, llegué a su tienda a la hora convenida. Me extrañó ver el local cerrado y esperé contando los minutos para recibir mi ordenador, imprimir el documento y correr a entregarlo para recibir la minuta. Tuve tiempo de acordarme de toda su familia, pero cuando llegó un cuarto de hora más tarde, acelerado y con la cara más roja si cabe que el día anterior, me compadecí de él y no chisté. Entramos en la tienda, me comentó que el ordenador ya funcionaba perfectamente y se dispuso a encenderlo ante mí para demostrármelo. Mi viejo Rolls Royce Phantom II seguía emitiendo esas letras y números aceleradamente y sin concierto. El hombre me juró que lo había arreglado, despotricó contra las carencias del avejentado aparato y fue alzando y alzando la voz, y hablando cada vez más rápido. Le temblaban los brazos al gestualizar, se le inflamaban las venas del cuello, los ojos se desorbitaron por fin y cayó con toda la fuerza de su cráneo sobre mi querida mascota, que no soportó el golpe seco y se quebró como años antes se quebrara mi querido scooter en la autovía del Levante. Caí de rodillas en duelo, me brotaron las lágrimas y los ojos húmedos dejaron de discernir el entrañable ordenador y aquel cabezón viejo achacoso que había dado al traste con la fiabilidad alemana de mi mascota y los ingresos que me debía reportar la entrega del documento.


No soy yo muy católico, así que no velé a mi Rolls, tan sólo lo entregué a un desguace para que sus órganos fueran aprovechados por aparatos jóvenes y saludables como lo fue él en su larga vida. Junto a la pequeña ventana del despacho, todavía triste, pensaba en qué fortuna quiso deshacer la sociedad que formábamos, el lazo que teníamos. Y por fin, quitándome una cana de la ceja ante el reflejo del cristal, pensé que era simplemente que unos y otros nos hacemos irremediablemente viejos. 

martes, 16 de diciembre de 2014

Puentes


Pasar unos días junto a ti, en un lugar que me vio disfrutar de la juventud y amanecer a la madurez, recordar aquellos tiempos de conversaciones tímidas, confesiones maduradas ante un modesto manjar y abrazos frecuentes de la más pura amistad. Todo ello me remueve y me conmueve, y ansío ver, tras años de noticias esporádicas ante la distancia en el espacio y aquella que provocaron las personas que se nos cruzaron, los compromisos que no nos atrevimos a adquirir; esa cara que ya no será la de una chiquilla noble, fina en su delgadez y maneras.

En el autobús que me conduce a lo que muchos llaman su casa y tú siempre has llamado prosaica “mi humilde morada”, cruzo unas palabras con el joven despistado que se acaba de sentar a mi lado, exhausto tras dejarse la mochila sobre el regazo. Las aceras lluviosas me hacen evocar los otoños de antaño; el tiempo que refresca, me lleva al recuerdo caprichoso de la cazadora que me regalaste un día no muy diferente a priori de cualquier otro. Sonrío irónico ante el vuelo de nuestro juego: ¡no estoy lejos de casa! La lluvia atiza, los cristales crean una cortina que impide ver con nitidez el exterior y me sorprendo ante el reflejo de mi cara, unos cuantos años más viejo que en las fotos revisitadas estos últimos días ¿Cuál fue nuestra tozudez, nuestro sangrado desencuentro?

Desciendo del bus, resguardado del chaparrón bajo mi amplio paraguas gris, suspiro en un amago de congoja e invade mi cuerpo una ola de bienestar. Quizá sea eso que llaman esperanza. He cruzado estas calles incontables veces en el paréntesis de los años, unas veces con destino a un encuentro ocioso, otras medio dormido de camino a una tempranera cita laboral. Cada vez se hacía más vaga la huella, más difuminado el recuerdo de nuestra amistad.

La lluvia cede a mi paso. A punto de llamar al timbre, escucho tu inconfundible voz darme un grito desde lo alto. Veo tu balcón con plantas: recuerdo algo extrañado aquella ineptitud juvenil para las aficiones tópicamente femeninas. Me sorprende ese cuerpo fondón embutido en un vaquero y un jersey grueso que parece de lana negra. Llevas gafas y me impeles a que te dé muestras de que no me he quedado mudo durante estos años. Así que te saludo efusivo, bromeo, te pido que me abras y me acerco de nuevo al telefonillo del portal, con mi absurda maleta de fin de semana y el paraguas, con el espíritu agitado. Recibida la señal, atravieso el primer umbral del edificio.

El ascensor sube con decisión hacia el séptimo. La mujer que se ha subido junto a mí refunfuña a su perro, que olfatea mi paraguas. La respiración se acelera, hago un gesto nervioso con el paraguas que hace ladrar al animal. El ascensor se detiene y, Misia, abres la puerta, ocultando las canas de tu cabello negro con artificios de peluquería. Tras despedirme con voz entrecortada de la señora que subía conmigo, me fundo en un abrazo contigo que contiene el anhelo compartido, y la angustia de la soledad en el recuerdo de aquello que se creía perdido ¿Qué estamos haciendo? Una llamarada de ilusión tras la desesperación y la irreverente reaparición de tu mirada.

Quisiste ser ingeniera y ahora tan sólo queda de ello la pista de un piso repleto de fotografías de grandes construcciones: puentes, industrias aparentemente estériles en colores fríos... engalanados por cuidados marcos. Me conduces risueña a la habitación de invitados, donde dejo rápidamente las cuatro cosas que he traído y me vuelvo a meter en esa fiesta a dos que tiene un aire a picoteo de buena cocinera y alcohol ligero. Sentados entre sonrisas ilusionadas mientras, de vez en cuando, nos exaltamos ante un trueno o la fuerza repentina que cobra el aguacero.


Quizá pensemos los dos que este pequeño lapso de tiempo que nos ofrecemos empezó a desvanecerse cuando nos vimos. El tiempo en una cuenta atrás. Tratando de hacer rebrotar aquella química añeja, comprobamos cómo el tiempo que nos ha hecho duros y más fríos, nos da otro varapalo: la compañía cotidiana que alimentaba nuestra amistad se ha convertido en un lugar al otro lado del abismo que no puede enlazar con el presente ni uno de tus bonitos puentes deseados. La frustración se manifiesta en nuestra actitud incómoda, silencios prologados. El organillo de nuestra felicidad desapareció. Con los platos vacíos ya ante una mesa que quedará grabada en la memoria, me invitas con una lágrima resbalando del ojo a desaparecer hacia la habitación de invitados. Pero, mañana, no te extrañarás de que haya optado por el sigilo durante la noche para largarme y poner, con ello, la tirita sobre el sueño frustrado de una recuperada amistad.