miércoles, 1 de julio de 2015

Reconquista


La noche profunda, sueña él en un tranquilo descanso… un rapto y se agita: la armadura de sí mismo ante la selva humana y divina se está construyendo a base de esforzados pulsos con la tentación, una fácil opulencia o la tendencia al conformismo. Siente que aún no puede despertar, que la armadura no ha cubierto todo su ser, y sigue esforzado por dar forma, a través de gotas de su esencia, al acero de una existencia hacia la vida airosa. Resuelve dilemas profundamente asentados en su inconsciente, que ahora afloran a raíz de ese extraño rapto, fuerza del destino que tenía olvidada, latente para emerger en el momento adecuado lejos de artificios engañosos. Surgió con una nueva emergencia del instinto de supervivencia, la retomada conciencia de un camino hacia la plenitud mano a mano con la medieval damisela de coraje, instinto y convicciones. Como un tiburón blanco que enseña su aleta unos momentos para luego volver a la profundidad del mar, él se agita resuelto una última vez y entra de nuevo en calma.


Amanece, el destronado rey de la tierra despierta con voluntad de conquistar su territorio, ese espacio que una vez fue la amplitud de su felicidad, y recuerda, con fe, a aquellos que le guiaron y a aquellos que le trabaron. Por fin, como el gran tiburón blanco, abre sus fauces y pasa de la contemplación a la acción. Surca las tierras, blande su espada, besa a su amada. En un abrir y cerrar de ojos, lo que fue un dilatado letargo se ha convertido en palpitación y la mirada multicolor de, mano a mano, reina que encontró su trono, refleja un horizonte de arcoíris tras el que se intuye el Paraíso, ulterior descanso de la mujer encinta y el valiente que le dejó su simiente. Entretanto, bajo la luz celeste, viven su reinado afortunado.

martes, 16 de junio de 2015

Agua perfumada


Tararea la canción del anuncio mientras deambula por su habitación tras salir de la ducha arropada por una toalla blanca. Se dice a sí misma que todavía es bella como ese agua perfumada que, unas gotas ahora sobre su cuerpo tras dejar el frasco sobre la mesilla… el tapón verde esmeralda por los suelos…, le susurra secretos de longeva juventud. Se acerca a la ventana y retira con mucha discreción un poco de la cortina, una mínima expresión convertida en ranura que le permite ver el luminoso día de la plaza monumental, con sus grandes escaleras renacentistas. Eleva el cuello en una expresión de gozo y deja caer de nuevo la cortina y, de paso, la toalla para encontrarse a solas con ese agua joven que surca su cuerpo y la subida autoestima de una mañana que la eleva a bonito cisne. Se regodea acariciándose los brazos, moviendo los pies con gestos de bailarina y… despertando por fin a una mañana que tiene comprometida la aventura de un corriente paseo de dama de rancio abolengo por su turística ciudad italiana, a juego con el aire cuco de esta mujer que se resiste a perder la belleza, viste ropas delicadas, pendientes a juego con la exquisita gargantilla y sale a la calle embutida en un tacón alto de zapato rojo sin más gafas de sol que sus penetrantes ojos claros. 

sábado, 6 de junio de 2015

Evocaciones musicales


Me dijeron que no fuera a un concierto en vivo, de los que empiezan a las diez de la noche con un gentío ya borracho. Me dijeron en la chula tienda de música que comprara el álbum y lo escuchara tranquilamente en casa. Volví al hogar con una sonrisa dibujada en la cara y el peso ligero del CD en la bandolera.

Comí un poco de queso camembert acompañado de pan con tomate y una copita de vino: ya empezaba a hacerse de noche. Recargadas las energías, me puse el álbum en el equipo de música y empecé a evocar los inesperados tiempos de reencuentros. Viejas amistades aparentemente truncadas, los dos habíamos seguido nuestra vocación por caminos diferentes. Él, recordaba, era letrista de música, poeta y estudioso de las costumbres hispanas en el S. XVI; yo, me mantenía con un humilde empleo de dependiente en una tienda de ropa y escribía obras de teatro en noches insomnes.

Nada me hubiera hecho pensar que, pasados quince años, después de haber escapado yo, desengañado y hasta hastiado de aquella ciudad sin futuro buscando otras latitudes, nos encontraríamos en la terraza de un café a media tarde de un sábado, cada uno con su caña y la mirada absorta en la fauna urbana transeúnte, en busca, nos reímos después al revelársenos aquella perenne coincidencia de caracteres, de historias que contar. Apuramos varias cervezas a lo largo de la noche, recordamos a Leo y a su perro, y empezamos a desgranar lo que cada uno había podido averiguar de las vidas de los demás gigantes de nuestra promoción. Qué fue de María con sus medias coloristas cuando, los jueves, le tocaba cantar en un bar del barrio canciones de Chavela; de José, con su pluma de tinta azul escribiendo versos tras una copa de whisky con hielo mientras los demás bailábamos al son de rockera música nacional; o de Nuria, con su carrera por gastarse el sueldo en cafés que la pusieran a tono. El uno se había casado, la otra, se decía, se había ido a México y allí cantaba en un garito. José, dejó el whisky y se llevó la pluma y sus versos tras una cubana a La Habana… Todos, unidos en aquella época, revivíamos de nuevo en una feliz reunión a través de la conversación de aquella tarde con mi entrañable Juan. Y, sin embargo, el cabrón un día volvió a desaparecer con una rubia. Esta vez no era de Alcalá de Henares, el tío se había adaptado a los tiempos y engatusó a una rusa jovencita. Yo, en un repente, reaccioné con una noche disparada con una copa de aguardiente y escritura desenfrenada, de nuevo en la soledad del creador.


Y el álbum llegó a su fin: me dijo en otra ocasión un músico que no hay que buscar una concentración racional en la melodía, sino dejarse llevar por la fuerza de esta hacia la evocación.

jueves, 28 de mayo de 2015

Las noticias del buzón


Cada mañana, Agustín salía hacia el campo de entrenamiento con el interrogante de saber qué cartas habría en el buzón. Era habitual que le enviaran misivas del club deportivo. Respecto a los compañeros que conociera a través de sus viajes por los terrenos de juego nacionales, se trataba de gente con carácter fuerte, curtida a base de lucha pero poco letrada. Agustín agradecía las noches en que su padre le leía cuentos hasta que caía dormido en la cama, el interés que despertó aquella desaparecida figura familiar en él por cultivarse más allá de su irrenunciable sueño deportivo.

Así pues, pocas cartas podía esperar de entrañables compañeros de lances deportivos. Sin embargo, una ocasión en que creyó tener una lesión severa, fue atendido de urgencias por una doctora alicantina que, si bien le devolvió la confianza en su salud, le robó el corazón. Morena, media melena, ojos eternamente azules y penetrante voz suave. Dicen por ahí, recordaba él después, que más vale un instante auténtico que una eternidad de lo común. Sin embargo, él le dejó su dirección; ella le comentó que le escribiría. Y, así, el romance fugaz se convirtió en un idilio que descubría los estados de ánimo en la curvatura de la caligrafía en cartas que, por esperadas, encendían las esencias interiores del joven deportista.


Aquel día tocó carta. La leyó en el autobús de camino al entrenamiento, con la respiración agitada. Una escritura acelerada hablaba de trabajo en el extranjero, la encrucijada de acompañarla en la aventura o seguir en el lugar de sus raíces. Lo cierto fue que, cumplido el sueño de la pasión fugaz, tomó la determinación de seguir con la ruta que le había impuesto su vocación. Pasó toda la mañana observando a sus compañeros en pleno esfuerzo físico, y supo que, como ellos, las elecciones empezaban a convertirle en un hombre moldeado a base de sacrificios que no difuminaban la incerteza del futuro.

viernes, 15 de mayo de 2015

Una Harley echa raíces


Una vida a salto de mata, de las cálidas costas del levante al lluvioso norte gallego. Llega un momento, al llegar con su Harley a Finisterre, tras comer unas ostras en un chulo restaurante, en que siente que, pese a que el mundo sigue dando vueltas y vueltas, él toca tierra firme. Justo en el límite, de lo infinito, firme, sí. Se sube a la roca, acercándose un poco al borde. Su chupa de cuero desabrochada, le entra todo el aire, fresco, llegado a la costa de la aventura atlántica. Mira a lo lejos, respira profundo: la línea del horizonte azul. Tras calarse las gafas, saca el paquete de tabaco y lo mira con un definitivo desdén: la mano fuerte y grande lo estruja y dice vida por fin. Allí donde creyó la Historia que se acababa la tierra, surge el instinto en ese indomado motero de echar raíces. La Harley ruge, se coloca el casco y, las gafas caladas, se acerca al centro del pueblo. Aparca junto a un edificio de cuatro plantas, fachada blanca, y, tras quitarse las gafas de sol, afina la vista para ver, a través de la ventana del primero, una luz encendida. Sus botas suben las escaleras, llama a la puerta y, en el umbral, Rosalía identifica con un hormigueo intenso en el cuerpo que la despierta de golpe al padre, ahora canoso. Al fondo, Laura alza la vista con curiosa despreocupación. Los ojos marrones de ella se cruzan firmes con la mirada profunda y directa en los ojos marinos de Antonio. Cae un jarrón al suelo y se hace el silencio. Luego, las botas negras entran en el hogar, dejando el petate sobre la silla de mimbre junto a la entrada. Con la chica siguiéndole los pasos, se acerca a la mujer y, finalmente, ella da un paso al frente para reunirse con él y fundirse en un profundo abrazo. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Ventana abierta


La cabeza revuelta: pensamientos difusos, inconexos y disconformes. El escondite de la mente, que me sirviera para vivir en un ecosistema natural, arcádico, a medida, se revela poco ejemplificante. En mi ideal moralidad, viví tranquilo hasta que, un día, quizá más en pruebas sucesivas, oí el crack, el choque con la práctica realidad, que exigía contacto con la hoja perecedera, los campos en flor que, oh despiste, al cambiar de estación perderían su hermosura. Así, un día peinando canas me di cuenta de que la vida es aquello que una vez acaricié con la yema de los dedos de joven y que, a base de choques, cracks, cracks, progresivos, ha ido llamando a mi ventana de nuevo, con piedrecillas cuya llamada quedaba antaño neutralizada por la sensibilidad apagada. Ahora, abro y dejo el aire puro y fresco entrar. Me fijo en los campos en flor desde la distancia, y cojo una de esas piedrecillas traídas por el viento. Mientras la observo, un pajarillo se ha posado sobre el alféizar, y yo respiro profundamente sintiéndome despertar. 

lunes, 27 de abril de 2015

Reivindicación del alfil


Un hombre amante del rock escucha la elegía de una banda con solera a través del equipo de música de su coche mientras, liberado, sale del trabajo. Pese a que la luz de la tarde ya es tenue, se cala las gafas de sol y se lanza al pensamiento: afortunado se siente por un empleo que alcanzó por una educación aventajada y los contactos adecuados. No se siente más válido que otros muchos que han corrido peor suerte, pero cree que tiene conciencia, y, en su secreto orden de las cosas, lo valora más que una cualificación destacada.

Circula nuestro hombre, plácido, en su coche de primera mano, henchido de confort. Con una sonrisa exterior que genera la envidia de un vendedor de pañuelos en la espera del semáforo: cuéntese que el pobretón ve el cuadro completado por las gafas caladas, la ropa elegante y el bonito coche… Con una sonrisa exterior, observa al vendedor de pañuelos y le entra una ligera punzada en el corazón. Es el arte de tener conciencia. No baja la ventanilla cuando el vendedor da unos golpecitos en ella, pero lo sigue por el retrovisor, sacrificado, expuesto. Ejercita esa privilegiada conciencia de la que hace gala, y se pregunta por qué, por qué la ventura comete tales dislates. Avanza con su coche cuando el disco se pone verde, y empieza a imaginar su propia elegía rockera en torno a las almas perdidas de nuestra común vida cotidiana. Exhausto de humanidad, recorre su mente la película de ejecutivos capacitados que rodean su ámbito laboral, y se reafirma en que, hecha un lío como está la vida, no lo es menos dentro de la empresa, reflejo de esa crisis del humanismo que cantó el profeta de nuestro siglo. De modo que, se dice, que le den al exceso de especialización, a la ambición y que me dejen ocupar mi discreto lugar en este tablero de ajedrez. Jugaré a ser alfil protector de un rey huérfano de cobijo, vendedor de pañuelos a pie de calle, o de una reina extraviada en las lides de estéticas superfluas y promesas de amores centelleantes que se difuminan en el mercado como la neblina con la venida del sol. Sí, seré el alfil.