Paseando por desiertas calles otoñales, haciéndose camino
entre las hojas caídas, fue recomponiendo su alicaído estado de ánimo. Una leve
punzada y ciertas expectativas le habían reconfortado ya un poco. Algo de
reflexión serena y le vino a la mente la cercana Navidad. Perplejo porque la
costumbre le llevaba habitualmente al decaimiento en tales fechas, esta vez su
ánimo se iba agitando al pensar en las reuniones familiares con padres,
hermanos y descendencia varia. Vibraciones de su atmósfera emocional: señales
palpables o premoniciones dotadas de espiritualidad, el caso era que sentía ya
esa morriña por la familia antaño arrinconada. Adiós, se decía, a pensar en su
profesión de pensador del pensar de los demás durante un par de semanas; adiós
a curar las penas del alma con la destreza de un bisturí que no permitiera
agrietar con ellas la propia. Serían, sí, días de placer junto a la chimenea,
escuchando a Mozart mientras tertuliaban con puros y cognac y la jarana de los
chavales muy al fondo. Parecía que, esta vez sí, se acercaba de nuevo la
Navidad. Tomó conciencia, las teclas de su corazón empezaron a resonar con
ritmo vivo… seña de que la melodía del cariño se estaba afinando ya para tan
señaladas fechas.
Un lugar donde expresar libremente las reflexiones más variopintas, desde la plácida mañana a una dosis de buena literatura.
domingo, 18 de diciembre de 2016
viernes, 25 de noviembre de 2016
Una visita
Con la mente envuelta en tempranas telarañas, de valores y
sueños, camino por la calle siguiendo una simple inercia. Dejándome llevar,
soñando con un paraíso despejado. A lo lejos, veo nítidamente tu edificio, y sé
que esa inercia ha sido fruto de un inconsciente que me ha llevado a las
proximidades de tu existencia. De modo que me acerco más y más, con la certeza
de que estarás en casa. Allí, en la penumbra, te veo oculta tras unas gafas de
sol que te protegen de la muy escasa luz natural que logra colarse en el salón.
Preguntabas “¿Quién es?”, con tu carácter decidido y algo de mala leche, y no
pudiste dar un brinco cuando reconociste mi voz porque los huesos no te
responden. Pero, ay, la alegría de tu voz.
Conversamos en torno a unas pastitas que había comprado en la
panadería de abajo. La de siempre, la que te gusta por su sabor agradable y
familiar. Te enseñé algún vídeo de tus nietas, ampliado para que pudieras
discernir algo con tu herida mirada. Te dije “Ya en los noventa…”, y tú erre
que erre, que no hubieras deseado llegar a esa edad, que no se te ha perdido
nada en este nuevo mundo que ha tomado el relevo al tuyo, que tu vida ya pasó.
Te confieso mis penas y tu mente todavía lúcida aclara mis neblinas interiores,
en un intercambio de afectos que ha surcado nuestras existencias desde su
primera confluencia, cuando tú me cogiste en brazos en el hospital porque mi
padre no pudo asistir al parto.
Avanza la tarde, los dos empezamos a estar cansados y me
pides que te coloque bien los cojines de la espalda en tu amplio sillón. Te doy
un beso en la frente, me dices “Acércate, que no llego” y me correspondes con
otro en mi mejilla. Cierro la puerta tras de mí, le echo el cerrojo y vuelvo a
casa con los valores afirmados.
domingo, 6 de noviembre de 2016
Hedonista
En su piso, decorado con delicados muebles, hermosura espera
ignorando la palabra pecado. Está relajada, y se envía un guiño a través del
espejo de la entrada cada vez que oye el timbre. Es un ritual. Aprendió
temprano a luchar contracorriente, inteligente y placentera. Recuerda que,
cuando despuntó su adolescencia, reconoció en sí el inicio de la senda hacia
una mujer hermosa. Años de cuidados y experiencias, la condujeron por un camino
que ya estaba en su mente. Vida placentera, dar y recibir. Y ahí se encuentra
hoy día, ya ha llegado su nuevo cliente: se puede considerar una mujer de éxito,
tarifas altas y servicio exclusivo. Sofisticada, celebra una vez más el juego,
muestra sus pecas, acariciada en su cabello pelirrojo. Unos no la pueden ni ver,
oscurantismo de una profesión a veces indigna; otros, la adoran hasta la
irreflexión, algunos la aman en el sosiego. Pero ella vive ya, el esbozo del
pensamiento adolescente convertido en la figura del hedonismo maduro.
domingo, 23 de octubre de 2016
Quisiera
Quisiera ser capaz de ver en unos ojos transparentes a mi
mirada. Darles lo que no encontré, buscar en ellos lo que no tuve. Quisiera
poder vivir. En estado compartido, confluir con su mano deslizando un dedo
sobre una fotografía en la estantería. Formar un hogar, en el que poder tomar
el sol durante los veranos a ras de hierba en el jardín, observando un ciruelo
crecido. Mirar durante espacios sin tiempo a través de la ventana en espera de
su llegada. Yo quisiera. Realizar los sueños del espíritu más abstracto, alzar
mi pensamiento sobre los sentidos, volar a otros territorios con el tiempo de
un ocio que gasta más imaginación que dinero. Alzo la mirada, hacia un cielo
claro, y me digo: ansiedad por lo no alcanzado, confusión y ligera
desesperación. Y, sin embargo, certeza de que ese momento llegará.
sábado, 8 de octubre de 2016
El dibujo de una vida
Permanezco tumbado en la acera húmeda de la principal avenida
de esta ciudad, cansado. De hecho, empiezo a sentirme exhausto: días de no
parar que suponen el colofón a una vida que ha ido desdibujando su sentido.
Tomo conciencia de que, los últimos años, han sido un trayecto de paulatino
alejamiento de mis estímulos vitales, de aquello que en un tiempo fui cociendo
en mi interior, un día se manifestó como el particular modo de vida que deseaba
para mí y, otro día muy concreto en mi recuerdo, supuso el pistoletazo de
salida en busca de su consecución. Pasado el tiempo, llegué a sentirme henchido
de felicidad, satisfecho de mis logros materiales, afectivos y espirituales.
Sin embargo, un día la persecución de aquellos sueños que se
iban convirtiendo en obras de mi vida se topó con el cansino realismo. Fue,
quizá, un momento de debilidad. Me cogió en una época floja. Desde entonces,
asumí mi vida con una noción más apaciguada de responsabilidad. La asfixia
continua y progresiva del día a día rutinario en atención al objetivo de un
salario estable, una mujer dócil amante del hogar y un seguro de vida.
¡Patrañas! –pensaba mientras yacía sobre los adoquines de la
acera, empapado el cuerpo ya entero: la espalda por el suelo húmedo, la frente
por la lluvia que seguía cayendo.
Eché un vistazo: el paraguas, ya roto, a unos metros que
parecían eternos, me llevó a sumergirme en la sinfonía del recuerdo: amores en
fuga, piano inspirado, buen vino español… y, con una leve sonrisa, caí exangüe,
exponiendo ante un público inconsciente, que, al fin y al cabo, había tenido
más peso la vitalidad del sueño que el cansino realismo.
sábado, 17 de septiembre de 2016
El ayer
Sentados ante una mesa del Café Oriental, ella me decía, con
la mirada húmeda, que el ayer no tenía nada para mí. Y, sin embargo, el ayer…
llamaba a mi puerta. Me giraba hacia atrás y lo veía allí, en forma de una
mujer veinte años más joven, dos noches y ya, parecía, una cuerda firme que nos
unía.
Por qué entró en el local con aquel desparpajo, sabiendo que
desafiaba el castillo de mi pasado, la construcción de una vida más pretérita
que un ayer que venía para convertirse en futuro, lo intuí en el corazón marchito
de Anaís y sus lágrimas, y se me reveló finalmente al darme la vuelta y ver
directamente sus ojos, aquella actitud de decidida espera, determinada y
determinante: Juliette. Dejé atrás el castillo que construyó mi vida y me fui
con la pluma que venía para escribir sobre mi cuerpo los episodios del futuro.
domingo, 28 de agosto de 2016
El sastre
El invierno llegó. Recordaba el sastre que aquella mujer de
porcelana jugaba con un cigarrillo mentolado en la comisura de los labios.
Llevaba años perdido en la sensación de deriva desde que llegara a la ciudad y
entrara a trabajar en la sastrería. Se decía que algún día crearía su propio
negocio: era conocida su destreza para adornar el cuerpo femenino. Y,
acostumbrado a ver mujeres de mundo, elegantes y cuidadas, a quienes tomaba
medidas con seguridad, se mostró sorprendido ante aquella dama. Amaneció entre
ellos una sincronía a primera vista, en lo que parecía un encuentro largamente
esperado. Sintió Guillermo que volvía a tocar el suelo con los pies, y, de
repente, el impulso le llevó a sentir su cabello entre las manos. Nunca se
había atrevido a cruzar la frontera del deseo con sus clientas, y sin embargo.
Embargado de pasión, fue
quitando las piezas del vestido de su cuerpo, acariciando las formas de su piel
suave. Pensó, viéndola como vino al mundo, tras el arrebato de la pasión y con
una copa de champán, que la carne morena que daba forma a su cuerpo, de
constituidas caderas y proporcionado pecho, descubría la verdadera belleza que
sugerían los vestidos que, habitualmente, cubrían cuerpos de clientas que, como
ella, algún día encontraron la suerte
del deseo. Poco después, se dijo, creó una sastrería propia, a la que acudían
mujeres sabiendo que no ofrecía ni abrigos de piel, ni largas bufandas. Quizá
sí algún guante ligero, pero, sobre todo, aquel tipo de vestido, quizá para una
ocasión señalada, que invitaba a una vida efímera, desaparecer para reivindicar
la conquista de la esencial belleza femenina.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






