El público expectante ve la tribuna, desde donde la esperada
celebridad pronunciará sus palabras, todavía vacía. La espera se hace larga, la
gente rumorea. Ajustándose la pajarita, el afamado orador saldrá a pronunciar
su discurso. Al verle aparecer, el público aplaude atronadoramente. Mientras,
él camina con paso firme hacia la tribuna. Lanza acusaciones al fantasma de la
represión, odas al arte y elogios a la ciudad que, con motivo del acto en
curso, le acoge. Haciendo gala de su renombre, lleva su discurso desde la
superficie de la ligereza cotidiana hasta la profundidad de las almas más
pantanosas. La gente está en un silencio casi religioso, conmovida por el fluir
de sus palabras. El foco, sin duda, en la agenda del día en la histórica ciudad
es él. Consciente de la importancia de sus palabras, responsable de su carácter
de personaje público, se emplea a fondo en el último tramo de su discurso. No
le queda mucho tiempo para dejar huella en las almas de su época y tiempos
venideros, acechado por la enfermedad. Finalmente, concluye su discurso y se
limpia la frente sudorosa. El público en pie, él observándolos con mirada
nítida mientras agradece el reconocimiento. Los asistentes se van calmando y él
se retira de la escena, dejando la huella de su visionaria sabiduría en las almas
de esas gentes, que se esparcen cavilantes.
Un lugar donde expresar libremente las reflexiones más variopintas, desde la plácida mañana a una dosis de buena literatura.
domingo, 10 de febrero de 2019
domingo, 27 de enero de 2019
Palpitación y agonía
Pensativo, cigarro en mano, Lucas observaba desde la butaca
de su despacho cómo, a través de la ventana, jugaban los niños. Corriendo,
cayéndose aparatosamente, riendo y llorando. Por detrás suyo, apareció
Federico. Bien ataviado como siempre, lucía una flor en el ojal de su americana
que le había regalado nuestro pensativo hombre durante un momento de
distracción de la amplia familia: las esposas conversaban y ellos aprovecharon
el fugitivo tiempo que les concedía la carne para estrecharse en un abrazo. El
corazón de Lucas se agrietaba, temiendo por la fractura del hogar, y palpitaba,
invadido de una pasión que sólo había concebido en el ideal. Federico se
acercó, Lucas alejó su mirada de la ventana, unos ojos frágiles que cedían al
impulso de sentirse vivo. Se sintió arropado cuando su amante le rodeó con el
brazo y, cuando notó que Federico le besaba la mejilla, una instintiva mirada
hacia los muchachos a través de la ventana pudo discernir a su mujer
observándole inmóvil, con la expresión quebrada.
Airadamente, Lucas se deshizo de su amante. Esfumado este,
Lucas se acercó a la ventana, el corazón ya no le palpitaba, la respiración se
le hacía agónica, y ya no vio a nadie a través. Volvió pesadamente hacia su
butaca, se sentó y observó su balanza de jurista con la severidad de su sangre
conservadora. Miró al cajón, lo abrió y sacó la pistola que, sin dudar, dirigió
hacia su cabeza dando fin a su vida.
lunes, 7 de enero de 2019
La banda de música
Muevo las caderas, salto, bailo y sigo las melodías de
nuestra banda favorita con la voz bien alta. Mi pareja se fija en el
guitarrista, delgado, con una curiosa melena de galán medio calvo que no
renuncia a un estilo propio.
Bien entrada la noche, a las tantas. De regreso a casa, el
espíritu extasiado, el cuerpo agotado. La mente suspirando por un descanso. Nos
abrazamos en la cama un instante. Luego, cada uno se gira hacia su lado del
colchón, acomodándose para una larga noche de descanso.
Al día siguiente. Ya es mediodía y la escucho preparándose un
café. Me levanto y voy a su encuentro. Nos miramos, no hablamos. Ella sonríe
como leyendo a través de mis ojos la energía que la memoria reciente va
sedimentando en mi interior. Y, para activarla, se acerca al equipo de música y
pone, a un volumen suave, una balada de la banda de música. Se me acerca,
bailamos, los dos solitos en el lugar habitualmente destinado a los fogones,
lentamente, juntitos, lanzándonos miradas furtivas o mirando al pequeño
horizonte de las cuatro paredes que conforman nuestro matutino paraíso
doméstico.
martes, 18 de diciembre de 2018
Espíritu navideño
Ignacio despertó triste. Era temprano, aún de noche,
y, al subir las persianas, vio con toda claridad la iluminación navideña de la
calle. Él no había tenido energías ni tan siquiera para montar un pequeño árbol
para tales festividades en casa. Recordaba tiempos de antaño y se sumergía en
la añoranza de épocas mejores. Sí, por aquellas fechas era ya un hombre que
vivía en soledad.
Siguiendo un poco la inercia del día, se acicaló Ignacio y,
tras leer un rato mientras dejaba que la mañana despertara, dejando que
aflorara con ella la luz del sol y la vitalidad de la algarabía callejera, que
siempre le daba una grata compañía a modo de rumor de fondo, salió a comprar
unos turrones hacia una tradicional tienda del centro de la ciudad. No le
importó la larga cola. Escuchaba a la mujer que le precedía susurrar a quien
parecía la progenitora de aquélla. Hacía ella movimientos extraños, nerviosos y
llamativos aunque parecieran buscar el anonimato.
Finalmente, la aparente progenitora le dio un empujón, animándola
a descubrirse, y ella se giró. Era María José, la gran amiga con quien
compartiera Ignacio tantas cenas y paseos años atrás. Y le saludó: para
sorpresa de él, le saludó. Tantos años de distanciamiento y silencio y, de
repente, surgió primero una charla improvisada y luego el fluir pausado de un
nuevo paseo tranquilo en la más agradable de las compañías. Le invitó ella a
comer por Navidad y supuso ello, para quien a primera hora despertara
marcadamente tristón, la recuperación del entrañable espíritu de tan señaladas
fechas.
lunes, 3 de diciembre de 2018
El sol de su vida
Amaneció con lluvias torrenciales, algo que acompañaba bien
su turbulento estado de ánimo tras el sueño nocturno. A medida que fue
avanzando la mañana, el aguacero se apaciguó, convirtiéndose en una lluvia
ligera. Coincidió con su salida a la calle, en busca de frutas y bebidas.
Protegido por un paraguas, su pensamiento se iba descomprimiendo. Llegada la
tarde, la lluvia desapareció, dando paso a un sol radiante. Horas aquellas en
que nuestro hombre fue al encuentro del motivo de su tormento matinal,
apaciguado a mediodía y convertido en el sol de su vida cuando, radiante, la
besó y fue correspondido.
domingo, 18 de noviembre de 2018
Jerez
El anciano apuraba sus últimos días en una serena agonía.
Paseaba con lentitud, siempre acompañado de su nieto, a quien confesaba íntimos
secretos que no se quería llevar a la tumba, e invitaba a gozar de la vida.
Un día, hablando al chico de sus sinsabores durante la
posguerra, recordó con súbito arraigo su tierra natal, Jerez. Le comunicó su
necesidad de tomar asiento y descansar, y el joven le llevó al coqueto bar
cercano. Allí, iba a retomar el hilo de sus andanzas cuando le entró la
profunda necesidad de saborear un brandy de Jerez. El joven hizo que se lo
sirvieran, sabedor de que el anciano deseaba vivir cada instante de su vida con
plenitud. Retrotrayéndose a su juventud, aquel hombre bebió el espiritoso con
lentitud y deleite. Luego, cerró los ojos y entró en un plácido trance del que
ya no saldría.
sábado, 27 de octubre de 2018
Ritmos de tango
Tras una semana de trabajo gris, Adriana despertó al sábado
descansada, con el estímulo propio de quien es consciente de que el tiempo
corresponde al propio ocio y deleite. Lo cierto es que se había despertado
tarde, remolona. Había dado la bienvenida al día con una buena tostada de
confitura de higos acompañada de su cafecito, bien calentito. Si por la mañana
sentía que tenía un mundo por delante para sí, como quien observa el vasto mar
con hipnótica calma, a medida que fue llegando la tarde se apoderó de ella la
excitación. Había elegido vivir a su aire, sin grandes ataduras. Lanzada a la
aventura. Y el momento del vestido, el tacón y el baile se acercaba, cada vez
más. Maquillada, peinada, engalanada, lucía su figura muy consciente de que su
cuerpo le daba autoridad para ello. Lo hacía de camino a la discoteca, donde
sonaron ritmos de tango. Buenos Aires, tierra de sus ancestros que evocaba
mientras hacía giros de sensual dificultad con una ocasional pareja. Se olvidó
de que el domingo por la mañana empezaría a pesarle la cercanía del lunes
laboral y rutinario, inmersa en sí misma, en las caricias de su compañero de
baile, en el estilo de vida que había elegido para sentirse, una vez por
semana, feliz.
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