Llegada una edad temprana, las turbulencias hacen mella en el
desarrollo de una persona de hermoso interior. Dudas y tormentos. Su entorno se
pregunta cuándo se encontrará a sí misma, cuándo se manifestara, de nuevo, ese
hermoso carácter al exterior que la aprecia. Y es, se dice, el peaje. Hay que
atravesar un puente hasta alcanzar el otro lado del río, aquel en que se ha
conquistado la primera madurez. Y es entonces cuando, súbitamente, descubre ese
bello carácter que sus padres ya peinan muchas canas, que él mismo debe asumir
retos nuevos derivados de una nueva condición, sin otro objetivo que proseguir
su camino en el recorrido de la vida, de maduración continua. Disfrutando de
cada suspiro y preparando el camino a los que le sucederán. Hacia el final,
sólo quedará su huella en el recuerdo de un puñado de seres y, quizá en papeles
y fotografías dispersos. Por último, desaparecerá cualquier vestigio de sus
tormentos, amores, amistades, bailes y desesperaciones, en el ciclo de la vida para
la que fuiste esplendor y eres nada.
Un lugar donde expresar libremente las reflexiones más variopintas, desde la plácida mañana a una dosis de buena literatura.
sábado, 6 de octubre de 2018
sábado, 25 de agosto de 2018
Paraíso distante
Un lugar tranquilo.
Verde hierba alfombra la tierra habitada. Tan sólo se ve la huella del veloz
progreso en el camino que ha creado el transitar de coches hasta este apartado
lugar. Me acerco al agua, procurando aliviar la angustia de mi soledad, y el
chorro cayendo de la fuente me hipnotiza por momentos. Luego, sacio mi sed,
absorto en el frescor del agua. Podría quedarme por un tiempo indefinido en
este paraíso distante de la civilización. Arrancar las raíces que me unen a
ella: olvidar y emprender un nuevo camino. Pero mi corazón palpita,
revigorizado por el agua natural, la memoria despierta y, tras una intensa
reflexión, emerge con toda su fuerza desde mi interior el sentido de la responsabilidad.
Que me une a una vida alejada de campos verdes y aguas puras.
lunes, 20 de agosto de 2018
Juego de los sentidos
Sonido de fondo: una pelea doméstica. Escuchada mientras uno
pretendía acicalarse ante el espejo. Aquello que llaman embellecerse. Ante ese
espejo, el cabello húmedo por el agua del peine, y los ojos ejercen de
imitadores en ese juego de los sentidos que, desde el sonido del tormento,
invoca la tormenta de unos ojos que todo lo ven: caen gotas de un iris húmedo recorriendo
la cara por las mejillas.
Despiertas de repente y no ves tu cabello revuelto, ni te
haces todavía consciente de la larga siesta. La tarde ofrece sus últimas horas
de sol, del salón se escucha vagamente una película musical acompañada de
comentarios alegremente escandalizados. Y te llega el impacto del recuerdo del
sueño, donde poca cosa era armonía. La historia de la vida privada de las
personas, te dirás quizá, plagada de tormentas ocultadas como si de furtivos se
tratara, cuando de heridos humanos trata la cosa. Así pues, felicitándote de
estos instantes de armonía en los que más que un protagonista ausente, eres un
actor mudo y atento, te acercas al salón a reunirte con los tuyos. Alejándote
del recuerdo de la tormenta y entrando en una melodía alegremente escandalizada.
sábado, 21 de julio de 2018
Ciclos
Recuerdos de una tarde de verano. Cuando el sol
resplandeciente ofrece un descanso bajo la copa de un árbol. Allí, en el valle,
en pleno espacio natural, conversas escuchando tu voz masculina con confianza,
y recibes una melodía femenina de frases largas que encanta hasta a los
pajarillos circundantes. La mujer rebelde de voz trémula y accesos de ira,
aquella que se perdió en el remolino de heridas provocadas por enemigos
circunstanciales, ha logrado salir a flote, encontrar la serenidad, buscar las
fuentes de su afecto y, por fin, deleitarse de la vida. Saliendo del ciclo de
la búsqueda de sí misma, por derecho propio. Ojos radiantes, sonrisa
contagiosa: objetivo alcanzado.
Saliendo del sueño, tu mente va retomando el contacto con el
presente de la sala de estar de aquello que los años han convertido en tu hogar
y escuchas al niño tamborilear con unos cacharros en la cocina. Es entonces
cuando se completa un ciclo en una vida que es la tuya. El momento en que
percibes que, el lejano recuerdo en la nitidez del sueño, se liga a la plenitud
del presente. Y escuchas, de repente, aquella voz que te provoca la misma
sensación melodiosa que antaño, espabilando, poniéndote en pie de un salto y
dando gracias a la vida.
miércoles, 20 de junio de 2018
Paseo hacia el cariño
La salida de una casa humilde. Caminando aletargado por el
calor acuciante, escucho las tertulias provenientes de casas con las ventanas
abiertas. Subo las escaleras hacia el parque, una tras otra con pesadumbre.
Ante mi mirada se alzan los árboles que ofrecen sombra y murmullos de parejas
enamoradas. Algún perro corre, veloz. Da la impresión de sentirse pletórico.
Conozco de sobra el parque. Sigo por el pequeño montículo que hay en su zona
central y atravieso un puente, en medio del cual a la sombra que ofrece un
viejo e imponente árbol, vegetación con toda una historia detrás, se reúnen
cuatro ancianos con sus pajarillos enjaulados. Finalmente, tras haberme
impregnado del olor a vegetación, salgo del parque y me acerco al mercado.
Allí, una mujer en los cuarenta, como yo, vende embutidos. Sé que ya está
acabando su turno. Cuando me ve, me guiña un ojo. Cuánto sube la autoestima ese
goteo de cariño que recibe uno en el día a día de su roce con la que se ha
convertido, por el azar de un primer encuentro feliz y el cuidado en el trato
emocional de aquello que llaman la sutileza de la compañía, en dilatada
compañera de este trayecto por la vida.
domingo, 3 de junio de 2018
Guía
Con un inmenso dolor, Julio dejó que le cogieran por los
brazos y le llevaran a una habitación fresca y ventilada donde poder reposar.
Allí, en la penumbra de un espacio donde percibía voces difusas en su calidez y
cercanía, iba perdiendo la noción del tiempo. Una lejana intuición, cuando la
razón ya le fallaba, le hacía estremecerse al sentir que se acercaba el momento
en que alma y cuerpo se separarían. Le dieron un poco de agua, le pusieron una
toalla húmeda sobre la frente caliente. Los familiares estaban sumidos en la
desesperación, en un ambiente que se hacía consciente de que se iba la brújula
de la manada ¡Tantos años! Habían tenido tiempo de hacerse una idea de ello y,
sin embargo, llegado el momento el estado de parálisis era nuevo e inesperado.
Se acercó Miguelito, el pequeño del clan, esquivando cuerpos gesticulantes de
adultos con mayor conciencia, y mostró la senda con su instinto de vida,
cariñoso hacia el patriarca agonizante. Le susurró unas palabras al oído, que
el abuelo respondió alzando un grito de sagrado agradecimiento, y acarició el
brazo del anciano. El brazo de un cuerpo que, ya, yacía inerte. Se giró el niño
hacia la concurrencia, con un rostro que transmitía una plena conciencia del
momento, y los familiares entendieron como señal divina que ahí estaba el nuevo
guía de la familia.
viernes, 25 de mayo de 2018
Perder el norte
Después de dormir en la tumbona un largo sueño, desperté
aletargado. Era un regreso obligado a la vigilia, al mundo de la conciencia. Un
regreso a mi vida que no deseaba en absoluto. Cinco noches de pasión y, como
resultado, el desaire que me demostraba que todo había sido un engaño de sutilezas
femeninas. Su regocijo era el dominio de mis emociones, un lujo ocasional
proporcionado por mi bolsillo fácil para los agasajos y la sensación de triunfo
final.
Lo más agradable ha sido el descanso de mi mente, en la
veraniega terraza de una suite que no sé
cómo pagaré, trasladada a mundos infantiles y otros de fervores más inocentes.
El último cubata de anoche sobre la mesa aún, junto al escritorio. La cama
deshecha magnetiza mi recuerdo con la evocación de sus formas en las huellas
del lecho. Me creo sollozar, porque no controlo ya el norte de mi vida. Una
pasión ausente cuyo fantasma pervive. Me acerco a la cartera y la constatación
acierta lo que era una intuición: bien que se cobró las horas de entrega al
placer. El pánico me impide llamar al camarero para que me traiga un café. Miro
el cubata semivacío sobre la mesa y dejo que mis manos lo alcancen. Sorbo su
líquido, ya carente de toda frescura o magia que pudiera invocar el brindis
nocturno. Me giro de nuevo hacia la terraza, el sol luce enérgico, decidido a
caminar hacia allí, trascender la barandilla y caer en el sueño eterno.
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