Una jornada particular. Tras compartir una bebida tonificante
con los amigos de este ambiente formado por pintores taciturnos, arquitectos
que enraízan su origen en el trabajo humilde de albañil y escritores entre
seductores y místicos, me evado de la atmósfera de humo y alcohol para
dirigirme a la soledad del lienzo. No busco que brote de ahí una naturaleza
muerta, un retrato de sociedad o unos rasgos fieles a la realidad. Exploro pero
en el fondo busco la esencia de mí mismo. Y así va plasmándose una figura
ensoñada por la idealización de mi memoria que no es otro sino quien yo
desearía ser en un futuro.
Un lugar donde expresar libremente las reflexiones más variopintas, desde la plácida mañana a una dosis de buena literatura.
viernes, 30 de marzo de 2018
domingo, 11 de marzo de 2018
La voz de mi memoria
En la soledad de mi rinconcito, el lugar que me invita a
soñar, huir de este mundo que me mira como a un extraño, para crear la arcadia
del encuentro feliz, escucho de fondo una voz inconfundible. Es la del viejo
amigo, que quedó atrás con los azares de la vida: traslados, cambios de ciclo y
su nombre siempre en el recuerdo. Es su recuerdo el que me habla, la voz de mi
memoria que le sabe en algún lugar, acompañado de su eterno cigarrillo mientras
consume su vida torrencial en una dinámica de amores efímeros escogida por
propia voluntad. El recuerdo es la biografía de un sendero, el que nos ha
conducido por esta vida aún por transitar que, aunque probablemente nunca más
dé lugar al encuentro con el pasado de montañas nevadas en días de esquí, deja
por siempre su huella perenne, fruto de la semilla que generó la feliz,
tortuosa y al cabo cómplice amistad juvenil. Alimento de la edad adulta.
sábado, 17 de febrero de 2018
Experiencia
En su juventud floreciente, Carlos elaboró grandes sueños en
su mente. Lo hacía mientras charlaba con los amigos a la salida de un trabajo mal remunerado y
duro. Se sentaban en un banco del paseo marítimo y, agradeciendo la brisa que
les hacía sentir un poco más vivos, aventuraban planes, compartían opiniones y
buscaban, entre todos, el medio de salir del submundo en que vivían.
Carlos, sin embargo, maduró en aquel ambiente gris y falto de
promesas. Cuando alcanzó la treintena, era ya un vagabundo que no había tenido
ocasión de aprender a leer ni escribir. La única vía que tenía para desarrollar
sus sueños era el instinto vital, que se traducía en movimiento, supervivencia
al límite y la calidez de una hoguera en compañía de conflictivos desposeídos a
los que, gracias a su instinto, era capaz de sacar un gesto de afecto: una
sonrisa amable, un golpe ingenioso.
Cuando llegó a los cuarenta años, Carlos era ya un hombre
viejo, con unas facciones muy arrugadas que dibujaban un marcado carácter. Fue
entonces cuando, al recoger unos zapatos viejos que alguien decidió abandonar a
un destino incierto en una papelera, le reconoció un viejo amigo de la
juventud. Sorprendido de que le observaran tan detenidamente, tantos años
habían pasado, su espíritu adormecido vio cómo se le presentaba el viejo amigo.
Su voz y sus gestos hicieron el resto para que el desafortunado vagabundo
supiera de qué le hablaban. El amigo había tenido más suerte en la vida. Le
había sonreído la fortuna y tenía un bonito piso en propiedad, familia y un
buen trabajo. Se lo llevó consigo, hizo que le atendieran los servicios
sociales y la fuerza de la amistad que un día creyeron sueño del pasado les
llevó a dar largos paseos por las tardes, lo que suponía un estímulo añadido
para Carlos en sus esfuerzos por entrar en ese mundo del arraigo tan extraño
para él.
Su amigo tenía cierta facilidad para escribir, y él nunca
había dejado de soñar. Además, su característico instinto para vivir le había
llevado en mil ocasiones a bajar su ingenio del mundo de la imaginación al de
la más resolutiva vida real. Y fue así que él le iba narrando sus andanzas,
mezcladas con algún sueño de gloria, a su entrañable amigo, que tomaba nota y
luego encajaba las piezas elaborando un bello texto en casa.
Pasó el tiempo y la narración de las andanzas del Carlos
llegó a su fin, su compañero articuló un libro completo con las mismas y ambos
estaban felices; el uno porque había conseguido que el amigo se reinsertase en
la sociedad, el otro por haberlo logrado. No sabían qué hacer con aquella
historia, sin embargo. Finalmente, Carlos se vio circulando de biblioteca en
biblioteca, colegios, centros cívicos y residencias de ancianos, trasladando a
unos y a otros sus experiencias. Sus últimos años fueron felices, porque la
comunicación de sus vivencias provocaba un agradecido afecto por parte de su
auditorio. Y así, en su temprana vejez, llegó a ser una persona muy querida que,
lastrada por una dura vida, murió tras respirar henchida por última vez y dibujar
su última sonrisa.
sábado, 3 de febrero de 2018
Barcelona
Pienso en la ciudad que me ha ofrecido tantos amaneceres,
tantas tardes de paseos en sus calles. He visto a turistas atiborrarse de sidra
en Las Ramblas, otros embelesados por la impresión de ver las obras de Gaudí y
aquellos que se adentraron en barrios cucos de la ciudad, procurando
impregnarse de su ambiente. Tuve yo, también, tiempos de atracción por lo
exótico en esta ciudad, producto de una visión primeriza. El paso del tiempo me
invitó a ver que no sólo existía el mercado de La Boquería o el parque Güell, y
que quizá se me hacía más interesante escuchar hablar a alguno de esos
incesantes turistas en su idioma nativo, verlos con sus fisonomías, ropas y
gestos distintivos. Me adentré en la lengua del lugar, procurando no caer en el
error de catalanizar el castellano ni castellanizar el catalán y fui, así,
conociendo a sus gentes, con sus diferentes hábitos. Los barrios más
acomodados, los barrios humildes y aquel más cultural. Viví tiempos de armonía
y tiempos de tensión. Y, dándome cuenta
de que ya ha transcurrido un buen puñado de años, creo que esta ciudad
ofrece los mismos amaneceres, las mismas tardes a una persona que sigue
paseando por sus calles con la mirada distraída o atenta, pero cuyos ojos ven
ya desde dentro este lugar que no es tan bello como lo pintaron, ni tan oscuro
como algunos lo vean hoy, pero que, indiscutiblemente, cobra su propia aura
para quien logra palpitar con sus calles. Un lugar que fue desconocido, hoy me
resulta conocido y del que mañana seguro me quedarán cosas por conocer.
domingo, 14 de enero de 2018
La realización
Desayuno con mermelada de ciruela. Voy saliendo del
adormecimiento mientras mi paladar se deleita y los sueños se funden con la
vigilia. Utopías del pasado maduradas en una noche de descanso se convierten en
proyectos palpables. Así, donde ayer temblaba la supervivencia del alimento,
hoy se crea el espacio para que una persona haga crecer su nido. Ella duerme,
yo me voy acabando la tostada y el café, y noto como la temblorosa inseguridad
de antaño se convierte en pulso firme. El pulso de quien se atrevió a idear, a
madurar planes contra viento y marea y, por fin, tras mucho bregar en
solitario, impulsado tan sólo por la fuerza del convencimiento y el calor del
amor, bajó del carro de su obligado individualismo y se atrevió a tender su
mano al prójimo para confiarle la brújula hacia el mapa de la tierra firme. Y
es así como salgo de casa, enlazo ideas, se crean diálogos constructivos, lazos
del progreso y vuelvo a casa con prendas de abrigo, comida y satisfacción.
Ella me da un beso y me pregunta por qué no cocino. Mis
proyectos en marcha en este patriarcado que, paso a paso, va dejando de serlo,
ella se sienta en mi despacho, crea espacio entre tantos papeles y empieza a
plasmar su propio proyecto. Poco a poco, me veo dando de comer a la criatura
que el impulso de mi determinación logró hacer viable. He bajado del mundo de
los proyectos ideados y realizados a la tierra firme de la vida cotidiana, y
ahora es mi amor quien se columpia entre fantasías de ensoñaciones
emprendedoras mientras se le encienden los ojos de ilusión. Un día algo se
mueve junto a mí en la cama y noto que es ella, que se ha despertado temprano.
Sigo durmiendo y no la veré hasta la tarde, cuando me dirá que, esa mañana, la
mermelada de fresa le ha sabido a capricho divino, que su ensoñaciones por fin
han cuadrado, y se me muestra henchida, radiante y realizada por haber podido
plasmar, ella también, sus un día utópicos proyectos en una realidad concreta,
que amplía nuestro nido, da más sentido a nuestro hogar y nos colma de
felicidad.
viernes, 29 de diciembre de 2017
La verdadera enseñanza
Un buen día, me enseñaron algo que nunca había descubierto
por mí mismo. Ensimismado, llevaba tiempo reservándomelo todo para mí. Y fue un
buen día, sin comerlo ni beberlo, aunque lo cierto es que estábamos compartiendo
un café con su dulce. Sin comerlo ni beberlo, llegó la enseñanza con el
estómago trabajando. Me pregunto si tantas teorías, si tantas reflexiones y
análisis de los sentimientos tuvieron algún efecto más allá de otorgarme cierta
predisposición al entendimiento. Porque lo cierto es que el reflejo de las
enseñanzas librescas lo vi claramente en sus ojos, en sus gestos y en el
discurso de su voz. En aquellos momentos, me di cuenta de que la verdadera
enseñanza provenía de una mañana de invierno, de una cafetería en una mesa de
dos, de su grata compañía y el arte de vivir.
La magia de una nota musical
Todo el día confuso, encerrado en mi habitación con el único
refugio de un concierto de música para guitarra española. El gran maestro
sacando sonidos celestiales de sus cuerdas. Poco a poco, cae la noche, el
concierto que no se cansa de resonar en mis oídos, sigue despertando mi
imaginación. La musicalidad logra ya, a esas horas, que me penetre su calma.
Sin duda, ayuda el cansancio, aunque a lo largo del día llegué a sospechar que
no conciliaría el sueño. Las turbulencias de mi confusión, así, van dando paso
a la claridad mental que invita a pensar en una revelación. En la linde del
sueño y la vigilia, de la lucidez y la pérdida del juicio, se ha producido la
magia de una nota musical en el flujo de mi concierto vital, acechado,
acechante y, ahora, complacido por su vislumbre.
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