El gran creador lidiaba con la flor y nata de la economía del
lugar. Era un hombre vanidoso, visionario y torrencial. Siempre pensaba a lo
grande. Los edificios que creaba eran de una singularidad que dejaba a todas
luces su impronta. Sin embargo, el vuelo celeste de su pensamiento necesitaba
de alguien que lo enraizara en la tierra. Un aventajado discípulo se convirtió
en su ayudante. De él surgirían distinguidos detalles de la obra que pasaban
para todos como creación del afamado maestro. Hacía algún proyecto por su
cuenta, pero él lidiaba con el tendero que había logrado unos ahorros para
realizar, a través de las dotes del discípulo, el sueño de su vida. Nada de
corbatas, trajes y brindis en salones distinguidos para el terrenal creador. Él
creía que en una impronta más humilde, en las personas y en el recuerdo de las
formas inmateriales. Mientras su maestro fue un cascarrabias de solitario ego
sin lazos familiares ni demás afectos más allá de la sombra de un milagro, las
apariencias artificiales y su obra material, su discípulo le dio una tierra sobre la que asentar sus delirios y un
hombro sincero sobre el que llorar sus ocultas debilidades. Al final, la grandeza
estuvo, no tanto en la vista alzada al
sueño celeste, sino en la tierra firme sobre la que se produjo aquella feliz
confluencia de talentos. Nada más que la sombra de un milagro.
Un lugar donde expresar libremente las reflexiones más variopintas, desde la plácida mañana a una dosis de buena literatura.
jueves, 5 de octubre de 2017
sábado, 19 de agosto de 2017
Un chico inquieto
El privilegiado niño creció entre pintores que trasladaban
sus talleres a casa para decorar el rico espacio doméstico. Al principio, los
recibió con cierta aversión, como gente extraña que venía a invadir la paz de
su intimidad. A medida que fue pasando el tiempo, el niño se acostumbró a
acercarse curioso para ver cómo desarrollaban sus trabajos aquellos artesanos.
Ello generó un trato afable del que surgieron afectos entrañables. Sin embargo,
llegó el día en que los trabajos concluyeron, los lienzos quedaron expuestos
con toda solemnidad en la casa y los pintores se fueron.
El niño ya se había convertido en un adolescente inquieto,
que cubrió la falta de aquel mundo que le daban los secretos de la creación en
curso callejeando por la ciudad entre chavales de menor linaje que hacían
aflorar en él la vitalidad que creyó peligrar. Se escaparon por montes y
pueblos, descubrieron ruinas medievales en espacios que no creyeran tan
cercanos y el chico amó. Llegado un buen día, las noticias de las travesuras
del chaval en prohibido mestizaje con clases inferiores alarmaron al padre, que
lo recluyó no sin pena como castigo y ahuyentó a los entrañables amigos,
temerosos ante su autoridad poderosa.
Tras un mes de doméstico cautiverio, el desconsolado chico
pudo recuperar su perdida libertad de movimientos, perdonado por su padre. El
chico, aunque algo temeroso de la figura de aquél, recorrió antiguos espacios
en busca de sus amigos sin éxito. Apenado, un día cogió unos cuadernos de casa
y se fue a aquellos lugares de su recuerdo, con el firme propósito de dejar
huella indeleble en su memoria. Dibujó las calles, los montes, los pueblos y
las ruinas, y, de memoria, reproducía en ellos las figuras de sus amigos.
Viendo aquellos dibujos prodigiosos, su padre, conmovido, acabó capitulando y,
no sólo le devolvió sus antiguas amistades, sino que aceptó su solicitud de
entrar como aprendiz en el taller de uno de aquellos excelsos pintores que,
tiempo atrás, decoraran su casa y dieran forma a su imaginario.
sábado, 29 de julio de 2017
El suicida barcelonés
Junto al mar calmo del puerto, entre transeúntes lugareños y
turistas accidentados, reflexiona inspirado por la brisa suave que corre en el
verano de la urbe. Recuerda una vieja canción, susurra poemas escritos en su
juventud a la belleza imposible, todavía grabados en su mente. Se acerca al
borde y puede ver nítidamente el agua sucia del puerto chocar suavemente con el
límite de tierra firme. Vieja canción de
nostalgia por sueños no conquistados, que ahora le vienen al oído en forma de
gritos de traición a la propia esencia. El sueño de ser uno. Poemas escritos al
amor que nunca tuvo. Exhala un suspiro y se tira al agua.
Una turista, oronda y redonda, se tira a por él. Casi que hay
que salvarlos a los dos. No se sabe si lo hunde o lo funde. Tal es su
vehemencia. De forma que un italiano musculado se quita la camiseta y se lanza
a por ellos. Los saca del agua, con una amplia sonrisa de salvador. Exhibe
musculito y presta los primeros auxilios a nuestro aparente suicida, que retoma
la conciencia ante los labios de tal atlético galán. La turista accidentada ha
quedado de lado, suspirando impotente ante las flechas de Cupido que trató de
conquistar en su viaje a las húmedas profundidades. Porque el suicida aparente
vuelve a palpitar ante el rostro latino y casi le susurra unas líneas de un largo
poema del imperio romano, pero en su lugar le canta el himno del primer equipo
de fútbol italiano que le viene a la mente, y sellan la noche compartiendo una
pizza, y se rozarán y se amarán en el apartamento para guiris que comparte con
otros dos maromos, respetuosos ellos para con la primera noche de masculino
amor de nuestro antaño desnortado suicida barcelonés.
domingo, 2 de julio de 2017
El valiente, la bestia y el oráculo
Un pequeño lugar. Almas que viven en salvaje libertad. Joven
y fuerte, Juan aparta su mirada del fuego de la chimenea y se despide con voz
seca de su mujer. Siempre fue un hombre de apariencia áspera y fondo tierno.
Con la escopeta a cuestas, saluda a la salida de la aldea al
viejo Siabin, hombre curtido en mil batallas cuyo consejo es un oráculo sobre
el futuro. Advertido por aquellos que le pidieron auxilio, orientado por el
anciano, sube por la carretera hacia el monte frío y nevado. Hay un ciervo
muerto a un lado de la carretera. Le sobrepasa un todoterreno y da un respingo.
Se centra y se adentra entre los matorrales hacia la verde naturaleza vestida
de blanco. Camina un buen rato, el silencio ya no lo altera ni el más valiente
animal. Ve cerca el pequeño sendero oscuro que le indicó el viejo Siabin y sabe
que el momento se acerca. Sostiene con firmeza la escopeta, penetra en el
camino en busca de los retoños, a sabiendas de que allí estará, negra en la
inmensidad de su cuerpo, la bestia custodiando. Los ve, niños de alma
secuestrada en calma aterrorizada, silenciosos. Y ahí que aparece el temido
enemigo. Descarga la escopeta: un tiro, dos, tres… cae al suelo zarandeado por
la bestia. Ciega de rabia. Él recuerda el oráculo del viejo y, a merced de la
ciega fuerza bruta, lanza una mirada nítida de ternura a los retoños. Sonríen,
salen de su letargo y empiezan a gritar al fiero animal, que hace esfuerzos por
cubrirse los oídos, pierde la orientación, el equilibrio y, finalmente, cae. El
valiente se lleva a los retoños de vuelta, y el viejo Siabin, cuando los ve regresar, esboza una pícara sonrisa, sabedor.
sábado, 3 de junio de 2017
La sirena del sueño
En la noche cerrada, unos ojos repentinamente abiertos. El
sueño quebrado por la súbita conciencia del choque del recuerdo. Unos grandes
puentes sobre el río, descubiertos a medida que tu onírica vista de pájaro los
va atravesando. Grandes y espaciados. Y, al final del camino, el presentimiento
te dice que está ella, a quien creíste flor de un día. Intensa, aromática. El
batir de tus alas te hace avanzar y avanzar, dejando con tu mirada el surco de
tu huella reflejado en las aguas del río. El ancho cauce ha quedado atrás, los
puentes han dado a pequeños pasos de piedras y te acercas al nacimiento del
río. Allí, sentada, ves a la sirena de este sueño tuyo que antaño fue realidad.
Te mira con ojos que expresan una larga espera. Sonríes, la besas por fin cubriendo
de cariño los vacíos del pasado. La abrazas fuertemente, escuchas su voz
trémula y, alzando la mirada agradecida al cielo, despiertas.
sábado, 13 de mayo de 2017
Escultor del espíritu
Nadie conocía el verdadero nombre de aquel hombre. Era un
caballero que envolvía con el gesto y la oratoria. Atraía ingenuas mentes
faltas de definición hacia sus promesas de un existente Paraíso. Y suturaba sus
heridas, las moldeaba cual escultor del espíritu para dejarlas volar, libres
ya.
Nadie entendía por qué, poseedor del secreto de la curación
de los corazones, no despertaba en él un común instinto de posesión. Se llegó a
especular que tenía el corazón roto por un lance de juventud, pero pronto se
descubrió que también palpitaba la sensualidad de su masculina energía ¿Qué
hacía, pues, que no surgiera de él el amor perdurable o el instinto de una
cierta compañía? Los rumores continuos alcanzaron el nivel de la certeza: se le
veía deambular por las noches de la ciudad, paseando por la catedral o sentado
en una terraza ante una copa de vino… en una soledad contemplativa. Llegó un
momento en que, aquella alma de fortaleza inquebrantable, venida de tierras sin
huella, empezó a ver menguar la luz que irradiaba. La gente se preguntaba,
preocupada, si no sería que las puertas del Paraíso se habían cerrado, pero fue
entonces cuando los elegidos vinieron hacia él y, alados, se lo llevaron para glorificarlo.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Espejo de la vida
Una nueva etapa, creo yo. Heridas suturándose poco a poco en
una piel todavía herida de recuerdo. La huella de una efervescencia repentina,
inesperada y, finalmente, desaparecida. Atisbo mis entrañas con la mirada
interior, y un tenue brillo invita al movimiento. Sí, aquello que en mi
conciencia era una nueva etapa, emerge en forma de actitud. De modo que me
pongo en pie, camino. La tarde primaveral ofrece un sol radiante, lejos de las
lluvias recientes. Pareciera que el clima viene reflejando mi estado de ánimo.
Paseo por la ciudad sin rumbo fijo. Inmigrantes, gente humilde… me paro en una
librería low cost y detengo mi tiempo en busca de historias nuevas que me
permitan hilar realidades fantaseadas, espejo de la vida que conmueve y remueve
creando sentidos nuevos. La sugerencia de un título me lleva a fisgar entre sus
páginas, y salgo a la calle con el libro
bajo el brazo. Sigo caminando, el paseo se ha hecho largo, mis piernas cansadas
buscan reposo y, ya en una cafetería concurrida, me pido un cruasán artesano
acompañado de un café. Sentado, miro en derredor expresiones de vida acomodada
y estudiantes enérgicos. Quizá, soy el único circunspecto. Saco el libro de la
bolsa, lo abro por el primer capítulo y, mientras el rumor de la cafetería desaparece
surgiendo un silencio introspectivo, me adentro en nuevas historias que crean
el reflejo en mis pensamientos de que sí es posible ese otro mundo.
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